Opinion

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ATENCIÓN DE SALUD

Cuarta meta ODM: Vamos muy mal

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

El cuarto componente de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) establece que debíamos reducir, en dos terceras partes, la mortalidad de niños menores de cinco años de edad, entre 1990 y 2015. Panamá partió con una cifra de 24.5 por cada mil nacidos vivos, apostando por disminuirla hasta 8.2. Para el año 2007, las casuísticas oficiales señalan que habíamos logrado bajar a 20.8, un avance tristemente irrisorio. Con la política partidista metida hasta el tuétano en todos los ministerios de sanidad de las últimas dos décadas, en las que el afán por el espectáculo, votos y engorde en las finanzas personales priva sobre la obligación, metas y enfoque en bienestares colectivos, no veo forma posible de alcanzar el digno compromiso de Naciones Unidas.

Un análisis minucioso de las estadísticas, desglosando la data numérica de acuerdo a variables relevantes, nos permite identificar las áreas que debemos fortalecer para aproximarnos a índices más deseables de mortalidad infantil. Lo primero es fijarse en la iniquidad de las tendencias. En las áreas más urbanas y modernas (Panamá, Chiriquí y provincias centrales), la cifra baja a niveles de 12, mientras que en regiones rurales e indígenas (Darién, Bocas y comarcas), sube a más de 60.

Lo segundo es analizar la edad de las víctimas. Casi un 70% de las fatalidades ocurre en lactantes antes de cumplir su primer año de vida. Lo tercero es indagar las causas de los fallecimientos. Las principales razones son las afecciones perinatales, las malformaciones congénitas y las infecciones bacterianas o virales, exacerbadas por vulnerabilidades de fondo como prematuridad, desnutrición y falta de vacunación.

Con este diagnóstico de situación, resulta más fácil implementar soluciones. Urge sentarse a dialogar con líderes tribales y campesinos para, en un marco de respeto a cultura y diversidad, encontrar fórmulas efectivas de actuación sanitaria. Hay necesidad de construir puestos bien equipados de atención primaria, facilitar el traslado rápido de enfermos graves a centros de mayor complejidad y reforzar los programas de nutrición y vacunación. Si hay escasez de médicos y enfermeras, pues contratemos temporalmente a extranjeros capacitados para acelerar el proceso resolutivo mientras se forman más nacionales.

Es peligroso empezar a graduar apresuradamente a panameños porque arriesgamos la calidad resultante. Ya lo estamos viendo. Este año, ha habido una proliferación de plazas para residentes y, pese a que algunos no pasan los exámenes generales, se presiona para que la calificación sea más laxa y puedan ser admitidos. Insisto, prefiero vacantes a chamanes.

Dedicar más esfuerzos al primer año de vida es fundamental. Incentivar la lactancia materna, invertir en programas de nutrición complementaria y mejorar el acceso y ampliación del calendario nacional de inmunizaciones son estrategias vitales a ejecutar. Debemos incrementar las coberturas de vacunación, que han caído últimamente a valores peligrosos. La vacuna contra rotavirus ha logrado reducir la hospitalización y letalidad por diarrea aguda. Requerimos, ahora, incorporar nuevas vacunas contra neumococo (Synflorix® o Prevenar13®) y varicela. Para mañana es tarde.

El mayor énfasis debe ser canalizado para afrontar la mortalidad perinatal y neonatal. En este campo, lamentablemente, dependemos de instancias educativas. Toca minimizar la cantidad de embarazos no deseados y gestaciones en adolescentes, factores inductores de prematuridad, parto riesgoso y maltrato infantil. Una política contundente de salud reproductiva, masificación de la anticoncepción y educación sexual integral es todavía la asignatura pendiente de una nación que se jacta de acercarse al primer mundo. Tenemos que extender el manejo obstétrico óptimo a lo largo de nuestra geografía.

Donde más cojea nuestro sistema de salud es en el manejo de las malformaciones orgánicas, particularmente las de índole cardiaca. La incidencia de cardiopatía congénita es aproximadamente ocho por cada mil recién nacidos. En países desarrollados, esta patología representa un 10%-15% de todas las muertes en los primeros 12 meses de vida. Tan solo en el Hospital del Niño, 25-35 muertes anuales (2-3 cada mes) por defectos cardiacos graves ocurren durante la etapa neonatal.

En Estados Unidos, por ejemplo, menos del 5% de los lactantes operados por transposición de los grandes vasos termina en deceso, mientras que acá la mayoría muere, ante la táctica de frentes fruncidas y brazos cruzados. Los pocos que se salvan es porque los padres consiguen ayuda para un oportuno viaje a centros especializados de países vecinos o tienen la suerte de participar en programas en los que cirujanos cardiovasculares experimentados son traídos a suelo patrio. La única forma de cambiar estas realidades es provocando la vergüenza de autoridades y galenos involucrados.

Cumplir con los ODM, a través de políticas inteligentes y rotundas, es el deber de un Ministerio de Salud responsable. La construcción y administración de hospitales públicos deben ser delegadas a la CSS, para que no haya pacientes A y B. Todas estas verdades duelen y mi deber es visibilizarlas. Cuando está en juego la vida de indefensas criaturas, perder amistades es intrascendente. La conciencia no me dejaría dormir.


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