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INFORMALIDAD
1544831Carlos Guevara MannAlgunos definen a Panamá como “país de servicios”. Lo irónico es que en un país así definido, la calidad de los servicios deje tanto que desear.
En el ámbito estatal y municipal, el maltrato al usuario contribuye a erosionar el sistema democrático. Pero la sociedad política, que tiene a su alcance las posibilidades de crear una cultura de atención ciudadana, no manifiesta la voluntad necesaria para corregir la falta de vocación cívica y la negligencia que caracterizan la prestación de servicios públicos en Panamá.
Si en el Gobierno llueve, en la empresa privada no escampa. En el sector privado, son comunes la informalidad, la falta de respeto y la dejadez. Al respecto, la lectura del reportaje de Mary Triny Zea, apropiadamente titulado “‘¿Qué quieren?’ ‘Dime mami’”, no tiene desperdicio (La Prensa, 24 de abril).
Lo de “mami” o “papi” –un coloquialismo pintoresco y muy panameño– es lo de menos. Lo malo es el abuso al consumidor, que se repite cientos de veces por minuto en este istmo que se pretende parte del primer mundo.
El transporte público es el servicio en el cual, con toda probabilidad, más abusos se registran. Del transporte colectivo no hay más que decir, pues acerca de ese desastre nacional se ha derramado tanta tinta que podría con ella inundarse el desierto de Sarigua.
Sobre el mal denominado “transporte selectivo”, el periodista Hernán Posada publicó una columna, rotulada “El riesgo de tomar un taxi en Panamá”, con observaciones muy sensatas (La Prensa, 19 de abril). De los países en que he estado, este es el único en que los taxistas se niegan a llevar a los clientes adonde éstos necesiten ir y meten pasajeros adicionales en el automóvil.
Ese es el menor de los atropellos que podría usted sufrir en un taxi panameño. De acuerdo con una advertencia oficial que circula entre funcionarios extranjeros, como usuario de nuestro transporte “selectivo” usted podría ser objeto de insultos, golpes, robo, secuestro y hasta asesinato. ¿País de servicios en el umbral del primer mundo? Lo dudo.
En muchos almacenes la calidad de la atención es deplorable. Un problema grave es que en el afán de los vendedores de ganarse una comisión –o por su deficiente entrenamiento– proveen información incompleta que perjudica al cliente.
En una conocida tienda de electrodomésticos sucedió que, al adquirir un pequeño tocadiscos, el vendedor no dijo que el aparato servía para hacer girar el disco pero no para escuchar su sonido. Para ese propósito eran necesarios unos parlantes que –por supuesto– se vendían aparte, pero el vendedor no dijo nada y el cliente (yo) tuvo que descubrirlo por su cuenta una vez se había finiquitado la transacción. ¿Desidia o ineptitud? Determínelo usted, amable lector.
En muchos restaurantes, la mala atención (para no hablar de las malas condiciones higiénicas) es lamentable. En días pasados tuve que llamar varias veces a un famoso restaurante oriental antes de que pudiera enterarme del contenido del menú para un evento especial que organicé. Cuando, en la cuarta llamada, expresé mi descontento por semejante incompetencia, la respuesta de la dependiente no se hizo esperar: “Con calma, papi, no te alteres”.
Ese tuteo generalizado, por cierto, es otro tema que choca y molesta, pues evidencia la propensión a tomarse excesivas confianzas y la inclinación al “juega vivo” que caracterizan tanto al sector público como al ámbito privado en Panamá. Antes, a toda persona fuera del entorno familiar o amistoso se la trataba de “usted”. Ahora, prevalece el “tú”, como si en vez de usuarios o clientes se tratase con compinches de barriada o secuaces de una misma pandilla.
Según algunas fuentes del reportaje de Mary Triny Zea, la solución para mejorar la calidad de los servicios en Panamá pasa por el sistema educativo. “Actualmente todos los estudiantes de cuarto, quinto y sexto año deben dar las materias de cívica y ética, moral, valores y relaciones humanas”, dijo, al respecto, algún burócrata de esos a quienes debemos el excelente estado de la educación nacional.
Sabe Dios qué les enseñan en esos cursos y quiénes son sus instructores (quizás sean Pedro Navaja y Yatzury Yamileth). Si me pidieran una opinión al respecto, sugeriría que desempolvaran el Manual de Carreño y se lo hicieran memorizar a los estudiantes, así como a los musulmanes devotos se los conmina a aprender de memoria el Corán.
El manual, por cierto, está en la internet, por lo que sería muy fácil reproducirlo masivamente e integrarlo a los nuevos planes de estudio que nos llevarán, en cohete, a la postmodernidad (http://www.copan.edu.mx/docs/dessecu/Carreno%20Manuel%20-%20Urbanidad%20Y%20Buenas%20Maneras.pdf).
• Casco Antiguo, ¿patrimonio de la humanidad o del mercado?: Magela Cabrera Arias
• La universidad silenciada o propositiva: Eduardo Flores Castro
• País de servicios: Carlos Guevara Mann
• Al César lo que es del César: Alfredo Arias Grimaldo
• Una Corte Suprema para el país: Giovanni Olmos Espino
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