Opinion

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EL MALCONTENTO

Diccionario de la hipocresía

1541145Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Los políticos de nuestra era no gobiernan los países que dicen gobernar. Meros asistentes administrativos de los poderes reales, han vaciado los discursos hasta dar lástima, aunque la inestimable ayuda del sistema industrializado de comunicación y opinión pública permite que las mayorías se enzarcen en discusiones vanas sobre lo periférico en lugar de arremeter contra el meollo de los asuntos. Vamos a ver algunas palabras claves en el diccionario de la hipocresía política:

Democracia: Dícese del sacrosanto término que todo lo cura y justifica. Da igual si la democracia es real o no, siempre hay que sacarla en procesión (ya que estamos en la Semana Santa católica) para justificar lo injustificable. Se puede gobernar en otro sistema (autocracia, dictadura, despotismo ilustrado…) pero jamás hay que confesarlo.

Cualquier cosa que las clases dominantes quieran justificar será denominado como “democracia” y cualquiera que lo niegue será catalogado de enemigo de la paz social, el sistema y el progreso “democrático”. Hay que destacar que el calificativo “demócrata” puede variar en función de si el régimen en cuestión pasa de ser “amigo” a “enemigo” (véase la definición de “países amigos”).

Derechos humanos: Estas dos palabras parecen inequívocas, pero en realidad provocan suma confusión. De reciente implantación en el diccionario político (apenas 60 años), los derechos humanos son “otorgados” por los gobiernos en función de su conveniencia y la negación de estos jamás podrá ser reconocida en caso de ser un gobierno “demócrata” y con el suficiente poder como para que no sea penalizado. Por ejemplo, Estados Unidos puede violar los derechos humanos en Afganistán o en Texas, pero al tiempo puede emitir un informe mundial de derechos humanos en el que aparecerá como un juez exigente en el cumplimiento de estos, o puede exigir que sus soldados no entren en la jurisdicción planetaria de la Corte Penal Internacional. Otro ejemplo, España puede dar cátedra internacional sobre derechos humanos, pero puede tratar a los emigrantes como escoria o vender bombas de racimo a Libia al mismo tiempo que fomenta la alianza de las civilizaciones o combate a los aviones libios que tiran las bombas de racimo vendidas por la misma España para “salvar” a la población civil.

Países amigos: Uno de los términos más laxos de la semántica política. Cierto es que la amistad es un valor voluble y muy marcado por lo emocional, mas en el caso de la política dependerá más de intereses económicos, geoestratégicos o incluso de factores internos. Por ejemplo: Estados Unidos puede ser el mejor aliado de Panamá hoy y mañana, después de unos cuantos cables de Wikileaks o de algún primo encarcelado, se puede convertir en un conocido al que no nos gusta cruzarnos en los pasillos de la ONU. O Egipto, Líbano o Túnez… sus gobiernos pueden ser de los mejores aliados de los países occidentales ricos hoy y, en unas horas, pasar a ser enemigos terribles a los que hay que sacar del poder, perseguir y, si es posible, humillar. Hay amigos incondicionales, eso sí, porque si en Arabia Saudita o China pasa lo mismo que en Libia o Túnez, la OTAN no moverá un solo avión para no molestar al aliado del alma (y del bolsillo).

Seguridad jurídica: Uno de los términos más sexys de los últimos años. Su relatividad es absoluta siempre que no se toque la seguridad jurídica de los grandes inversores mundiales. Es decir, la seguridad jurídica de un ciudadano de a pie es proporcional a su fortuna, poder o influencias, pero la seguridad jurídica de Petaquilla Gold, de AES Panamá o de Odebrecht es incuestionable, hagan lo que hagan.

Comunidad Internacional: Masa viscosa y pululante que se atribuye la sabiduría universal y el derecho de hacer lo que le dé la gana. Es fundamental hacerse un sitio a codazos en esta autodenominada comunidad internacional para poder sancionar en lugar de ser sancionado; para poder atacar en lugar de ser atacado; para redactar las resoluciones de Naciones Unidas y no acatarlas…

Nacionalismo: Positivo placebo si se aplica en pequeñas dosis. En casos de nacionalismo extremo resulta un discurso falaz y fácil que utilizan los mandatarios cuando no tienen argumentos para defender sus posturas. Alimentar la xenofobia y la autoestima patria es de extrema utilidad entre poblaciones anestesiadas (todas) y suele quedarse en una anécdota sin consecuencias excepto cuando sale una nación vecina respondona o en la que hay un político que utiliza el mismo argumento. El nacionalismo extremo prende bien en personas de inseguridad demostrada y poco disfrute de la vida.

Estos son solo algunas de las entradas de este diccionario de la hipocresía que es aceptado a pies juntillas por los ciudadanos de bien y que, aunque nos pese, domina el ritmo del planeta. Inventaremos una semántica nueva para soñar un planeta posible.


Además en opinión


Los médicos ya no ríen: Efraín Hallax
Panamá, una frontera en la lucha contra el narcotráfico: Severino Mejía
Diccionario de la hipocresía: Paco Gómez Nadal
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