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EJERCICIO DEL PODER

Autocracia

1511680Carlos Guevara Mann
opinion@prensa.com

La autocracia, explica el Diccionario, es el sistema político “en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley”. La autocracia es el polo opuesto de la democracia, pues en el sistema democrático las políticas públicas están inspiradas en los deseos de la colectividad, periódicamente expresados en las urnas.

La autocracia guarda relación con la tiranía, uno de los regímenes degenerados identificados por Aristóteles. El tirano usurpa las riendas del poder –se las apropia por medios ilegítimos– y ejerce el mando absoluta y exclusivamente según su voluntad.

Aunque todos los tiranos son autócratas, no todos los autócratas son tiranos. Algunos individuos acceden al poder mediante fórmulas legítimas –mediante el voto popular, por ejemplo– pero al desempeñarse en el gobierno descartan los controles al ejercicio del poder. Así se transforman en autócratas.

El gobierno autocrático puede ser autoritario o totalitario. En un régimen autoritario, el poder se ejerce sin limitaciones en el ramo político, pero se permite alguna autonomía en otros ámbitos de la vida humana, como la esfera familiar, cultural o religiosa.

En un régimen totalitario, las decisiones de la cúpula penetran todos los espacios de la vida humana para erradicar toda manifestación de autonomía. Stalin, Hitler y –más recientemente– Pol Pot figuran entre los autócratas totalitarios de mayor nombradía.

Para imponer su voluntad, el autócrata suprime toda voz que le sea contraria. Hostiga, persigue, amenaza, encarcela, tortura y asesina a sus adversarios y opositores. Somete, absorbe o clausura todo espacio disponible para la libre emisión y recepción de opiniones políticas.

Los medios de comunicación social son los “ojos y los oídos de lo que siente el pueblo”. Así lo destacó, hace poco, el arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa (La Prensa, 24 de enero). La lógica autocrática sugiere neutralizar esos medios, a fin de que la ciudadanía no posea vehículos para expresar sus puntos de vista sobre los asuntos que el autócrata aspira a controlar.

La autocracia es un sistema político primitivo e inconveniente, que se presta a las malas decisiones y a la corrupción. A pesar de ello, persisten las autocracias alrededor del mundo.

Países como Túnez y Egipto han tenido regímenes autocráticos desde hace décadas: en el primer caso, desde la fundación del Estado, en 1956 y, en el segundo, desde el derrocamiento de la monarquía, en 1952. La esperanza de la comunidad internacional es que los levantamientos populares que recientemente derrocaron a los autócratas de ambos países hayan abierto las puertas a la democracia.

Panamá, tristemente, no ha escapado a la autocracia. Según Polity IV, una clasificación de regímenes políticos ampliamente utilizada, entre 1968 y 1989 estuvimos sometidos a un régimen autocrático sin precedentes, que usurpó el poder a través de medios ilegítimos (un golpe de Estado). El régimen fue autocrático y tiránico: una peligrosa combinacióncuyas consecuencias para el país resultaron desastrosas.

Un aspecto muy evidente de la autocracia es su vínculo con la corrupción. El barón de Acton explicó las razones fundamentales de ese nexo: “El poder tiende a corromper”, señaló”, “y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La autocracia depende de un ejercicio absolutista del poder. Ese absolutismo promueve la corrupción, no sólo de quienes detentan el mando, sino del cuerpo político en general. El signo inequívoco de la corrupción es el abuso del poder para beneficio personal.

Es raro el autócrata que no se enriquezca escandalosamente y haga ricos a sus adláteres y aduladores. En 30 años de autocracia, Mubarak, por ejemplo, acumuló una fortuna estimada en 5 mil millones de dólares (Huffington Post, 11 de febrero).

En Panamá, cientos de millones de balboas se desviaron a los bolsillos de los favoritos de la autocracia. A pesar de los reclamos ciudadanos, este tema jamás se ha investigado a cabalidad.

Hace 20 años que el catedrático y economista Alberto Quirós Guardia –uno de los más persistentes críticos de la autocracia y sus efectos nocivos– viene ofreciendo dirigir una auditoría para determinar con exactitud el impacto económico del régimen autocrático. Pero ha faltado voluntad política para emprender la tarea.

Como puede usted ver, estimado lector, sobran las razones para rechazar la autocracia con la mayor contundencia. Las jornadas populares en Túnez y Egipto nos muestran que es posible derrotarla.


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