Opinión

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EL MALCONTENTO

El infierno en casa

1467838Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Es relativamente fácil olvidarnos del dolor y la explotación que se esconde detrás de muchas de las cosas que disfrutamos. Se trata de un asunto de supervivencia porque sería suicida reflexionar sobre las maquilas donde se confeccionan nuestras ropas; sobre los esclavos que han montado el iPad que nos regalarán esta Navidad; sobre las hectáreas de selva devastadas para que nuestro carro circule o para que nos sirvan una hamburguesa biónica en el restaurante donde explotan a unos inmigrantes que a malas penas pueden echar para adelante por la propina que damos sin mucho entusiasmo.

Me parece fácil olvidar todo eso y seguir viviendo. Yo lo hago, parece que lo hacemos todas y todos. Pero se me hace más complicado obviar los infiernos domésticos, los que tienen nombre y apellidos, rostro, historia conocida.

Quizá le suene la historia. Esta mujer debe levantarse temprano, aproximadamente a las 4:30 a.m. Se baña de manera casi automática, sin disfrutarlo, empujada por un automatismo urgente y por la lista de tareas. Prepara desayuno para su familia y el lunch para los tres niños y el marido. La casa, a eso de las 5:30 a.m., es un hervidero. Ella debe salir de su hogar a eso de las 5:45 para caminar unos minutos hasta embutirse en un Diablo Rojo que la lleve a la ciudad y le permita alcanzar su trabajo antes de las 7:30 a.m.

Su trabajo no es un empleo. Es decir, se parece: tiene horario fijo (nunca menos de nueve horas al día), tiene jefe o jefa, se debe poner uniforme y debe cumplir con una serie de obligaciones. Pero no es un empleo porque no tiene ficha del Seguro Social, no acumula para la jubilación, no le pagan decimotercero ni nada parecido y las vacaciones se resumen en una semana que ella no decide.

Además de estas características, debe estar de buen humor todo el día porque si no “molesta a la señora”, debe tener destrezas múltiples (desde limpieza pasando por cuidado de niños y ancianos, sicología de pareja o gestora de recursos) y estar dispuesta a algunos sacrificios extras (como pasar la noche en el trabajo) cuando al jefe o a la jefa se le ocurre invitar a amigos o familia a una cena que ellos no harán. Lo curioso es que todos los miembros de la familia que la emplean consideran que ella debería estar agradecida. Tiene trabajo, no la tratan mal (desde su óptica) y, además, le suelen regalar ropa que a ellos ya no les sirve o algún electrodoméstico chueco por si a ella le sirve de algo…

Una noticia publicada en este diario hace poco explicaba que el 90% de estas esclavas caseras no tiene Seguro Social, también que se estima que algo más de 70 mil mujeres están en estas labores. Viven infiernos caseros por el salario mínimo (eso si tienen suerte) y lo deben hacer para aportar a la familia propia a la que ni ven ni disfrutan.

Abner Benaim, que es de los que no pudo soportar ver el infierno en casa y se indignó y contó, está cosechando ahora los réditos del documental Empleadas y Patrones, filmado en Panamá y construido con las voces de la realidad. A ver si en esta ocasión, los telespectadores no se ríen de su propia realidad (como ocurría en Chance) y comienzan a tomar decisiones.

La primera debería ser que uno no tiene empleada doméstica si no puede pagarlo (es un lujo, no una necesidad). Y hay que pagarlo como se merece, teniendo en cuenta el increíble aporte de esa mujer (u hombre) a nuestra calidad de vida, la dureza del trabajo y cómo esa persona abandona a su propia familia para mejorar la nuestra. La segunda y paralela es cumplir con la ley y dar de alta en el Seguro Social a la empleada (o empleado) y respetarle todos sus derechos laborales. La tercera es abrir los ojos del alma y dejar de ser indiferentes a los asuntos personales de las personas que nos rodean, aunque estén cerca, porque hacen un trabajo para nosotros.

Los explotadores cotidianos tienen una oportunidad de ponerse al día, al menos en lo que se refiere a la Caja de Seguro Social en la feria que se celebrará el 21 de noviembre en Atlapa. Muchos de los que aplaudieron que se pusiera en orden (aparentemente) el tema de los inmigrantes ahora deberían hacer lo propio con la empleada del hogar. Yo, en mi caso, solo puede denunciar esta injusticia. Normalmente, quien tiene empleada puede pagar mejor y ser más justo. Así que es hora de ver el problema propio y dejar de hacerse el loco.


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