Opinión

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GUERRAS

El síndrome de Ícaro

1435757Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com

PANAMÁ, R.P. –El presidente estadounidense, Barack Obama, declaró el martes que Estados Unidos ha retirado sus últimas tropas de combate en Irak. Unos 50 mil militares estadounidense se quedarán en Irak un año más, pero supuestamente son para apoyo y adiestramiento, no para combate.

La guerra en Irak ha sido un error trágico y muy costoso para Estados Unidos. Además de un billón de dólares en costos directos y una gran pérdida de credibilidad internacional, duele escribir que el costo humano ha sido terrible: 4 mil 400 militares estadounidenses murieron y 30 mil fueron heridos, junto a 100 mil muertos iraquíes y dos millones de refugiados iraquíes.

Según encuestas de la semana pasada, 59% de estadounidenses reconoce ahora que su país “no hizo lo correcto” al invadir a Irak y 72% piensa que esa guerra “no valió la pena en cuanto a vidas perdidas y otros costos”.

Para mí, el único misterio en esas cifras es por qué los norteamericanos no comprendieron el error en 2002/2003, antes de lanzarse la guerra, o en 2004, cuando reeligieron a George W. Bush a pesar de que ya se sabía que su guerra en Irak estaba empantanada y que las justificaciones para ella habían sido fraudulentas.

Desde 2003, bastante se ha planteado que los “neoconservadores” alrededor de Bush hijo llegaron al poder con la idea fija de derrocar a Sadam Husein; solo buscaban la excusa y la encontraron en los ataques de septiembre de 2001 en Nueva York. A esa premisa, un libro nuevo agrega la tesis de que la invasión de Panamá fortaleció la arrogancia estadounidense sobre uso del poder militar, culminando en la invasión de Irak.

El libro es The Icarus Syndrome: A History of American Hubris [El sindrome de Ícaro: una historia de arrogancia estadounidense]. El autor, Peter Beinart, repasa los últimos 100 años de historia estadounidense y concluye que arrogancia y timidez por parte de Estados Unidos en el uso de su poderío militar se han alternado de manera cíclica.

Así, los triunfos de Estados Unidos en las dos guerras mundiales dieron lugar a que Washington se sintiera invulnerable militarmente (aunque el presidente Dwight Eisenhower –a pesar de ser un militar– intentó advertir del peligro de ese triunfalismo).

El resultado fue una guerra inconclusa en Corea y otra desastrosa en Vietnam, derrota que, según Beinart, comenzó un ciclo de relativo “anti–intervencionismo” por parte de Washington. Es cierto que Ronald Reagan invadió a Grenada y se inmiscuyó en Centroamérica, pero el público norteamericano se opuso por gran margen a enviar tropas de combate a El Salvador. Al mismo tiempo, la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética contribuyó a que Estados Unidos se sintiera omnipoderoso.

Según Beinart, eso motivó la invasión de Panamá, que Washington consideró un triunfo. A su vez, eso inspiró que George Bush padre lanzara la primera guerra del Golfo Pérsico, que para los norteamericanos fue otro triunfo, y uno que sepultó a los fantasmas de Vietnam. Cuando Bill Clinton le arrebató la Casa Blanca a Bush padre, un episodio trágico en Somalia reintrodujo timidez intervencionista –severamente criticada por los conservadores– pero Clinton eventualmente se recuperó del golpe con una operación exitosa en Bosnia.

De modo que ese triunfalismo norteamericano había vuelto a estar fuerte cuando Bush hijo llegó al poder, rodeado de “neoconservadores”, y el 9–11 les abrió la puerta a todo lo que querían hacer. “Tenemos que ver esto como una oportunidad”, dijo Bush a su gabinete la misma mañana de los ataques. Bush y sus asesores debatieron si debían atacar primero a Sadam; decidieron lanzarse contra Afganistán primero pero irse pronto después contra Sadam.

La arrogancia de esa decisión le ha costado caro a Estados Unidos, y ha introducido un periodo de timidez intervencionista bajo Barack Obama. Los conservadores tildan esto de debilidad.


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