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LECCIONES
1427095Carlos Guevara MannEl nuestro no es un país de estadistas ni pensadores. Una politiquería chapucera y barata –sustentada en la corrupción, el militarismo y una seudointelectualidad mediocre, acomplejada y charlatana– impera en la esfera pública.
A semejante pobreza moral e intelectual podemos atribuir, en medida nada despreciable, las malas políticas públicas, la conculcación de nuestros derechos y el menoscabo de nuestras condiciones de vida característicos del Panamá contemporáneo. Por ello, cuando del ingenio de algún compatriota emanan análisis sensatos y orientaciones lúcidas, una sensación de que no todo está perdido alienta el espíritu cívico de quienes sentimos hondamente la panameñidad.
Ha sido esa, precisamente, mi reacción a la publicación de una colección de artículos periodísticos y ensayos del Dr. Carlos Iván Zúñiga por la Editorial Libertad Ciudadana, titulada Testimonios de una época. Sus cuatro volúmenes recogen el pensamiento perspicaz del apóstol de la democracia panameña y valiente expositor de los postulados históricos del civilismo, la probidad, la soberanía y la justicia social.
La obra del Dr. Zúñiga contiene los elementos necesarios para el buen gobierno y el logro del bien común. Por ello, si a nuestros “políticos” les interesara promover esos objetivos, la consultarían con interés y entusiasmo. Encontrarían en sus páginas opiniones inteligentes y recomendaciones juiciosas al respecto de una multitud de temas de actualidad.
Escritas en 2002, las líneas que siguen –por ejemplo– transmiten una excelente observación al respecto de la política partidista, tan válida entonces como ahora: “Si los partidos políticos no toman, bien dosificado, el depurativo que reclama su organismo enfermo de cleptomanía y de gula, podría venir en acción recurrente el nocivo purgante totalitario que, además de extinguir al enfermo, se llevaría de calle a la precaria democracia obtenida con grandes sacrificios por el pueblo panameño (“La depuración de los partidos”, Vol. I).
Ante un estallido ocurrido hace una década, similar –aunque no tan intenso– como el de julio pasado, el Dr. Zúñiga se preguntó: “¿Qué hacer con esos levantamientos sospechados pero inesperados como el de Bocas del Toro?” Su respuesta fue contundente: “Ir al lugar de los hechos, pisar la tierra embravecida, presentarse al mismo ojo de la tempestad, como Daniel en el foso de los leones, tomar el toro por los cachos, dialogar, ejercer la autoridad, encontrar soluciones razonables y pactar con la pobrería que arrastra su dolor de centurias” (“Entre la tranca y el diálogo”, Vol. I).
Una preocupación por la ecología inspiró estas palabras, escritas en 2007: “Las cabeceras de ríos y quebradas deben ser inventariadas y sembrar en ellas tantos árboles como sea posible. Se debe desempolvar la vieja ley, de la patria vieja, que instituyó el Día del Árbol y en la semana en que cae ese día, todos los estudiantes, maestros y padres de familia de la República deben sembrar árboles en los ejidos de sus pueblos. Pero no sembrarlos para que en el futuro los arboricidas hagan su agosto, sino para dar belleza al paisaje, frescor al ambiente y protección a las aguas. Si yo fuera autoridad, promovería una moratoria de la tala de árboles (“Las virtudes de la solidaridad”, Vol. III).
Y sobre la extraña e inconveniente proclividad de ciertos seudointelectuales, corruptos y militaristas, de convertir a la Universidad estatal en botín político y económico, el Dr. Zúñiga sentenció en octubre de 2000: “No existe mayor lesión al buen nombre de la universidad y a los fines de la cultura superior que el rector se convierta en un dispensador de canonjías o en mago de pactos politiqueros. Los rectores deben estar marginados de la política partidaria y sólo deben estar comprometidos con la política académica. Por eso siempre he creído en las bondades de la no reelección, en nuestro medio aún inmaduro y oportunista (“La identidad y el rumbo universitario”, Vol. IV).
Organizado por Nadhji Arjona y prologado por el director fundador de este diario, I. Roberto Eisenmann, Jr., el compendio de escritos del Dr. Zúñiga trae al inicio una semblanza suya redactada por la Dra. Sydia Candanedo, esmerada poetisa y compañera fiel del extinto patriota durante más de medio siglo de jornadas cívicas y realizaciones familiares. Su lectura –no cabe duda– resultará muy provechosa a todo aquel que la emprenda.
• ¿Nueva era de democracia o tiranía?: Rodrigo Noriega
• Ha muerto la justicia: Vitelio De Gracia Perigault
• Testimonios de una época: Carlos Guevara Mann
• ‘Id, también, vosotros a mi viña’: Carlos A. Voloj Pereira
• Extranjeros en nuestra tierra: Manuel Gaspar Vega Zúñiga
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