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EL MALCONTENTO
1426571Paco Gómez NadalEntiendo muchas de las pasividades que medran el ánimo del país. Quién va a protestar por el dolor que le produce a los campesinos del río Santa María en Veraguas la pérdida de su cauce y de sus tierras “en pro del desarrollo”; por qué se iba a movilizar la sociedad ante un nuevo tramo de la cinta costera que confirmará el extraño empeño de nuestros gobiernos de acabar con el Patrimonio de la Humanidad que ha sido el Casco Viejo; qué motivaría a los que están entretenidos en la difícil tarea de sobrevivir a hacer vigilia a favor de la Procuradora, víctima del juicio express y de la vendetta del Ejecutivo; en qué momento un movimiento ciudadano se tomaría la Asamblea Nacional para tratar de refundarla desde sus ya humeantes cenizas…
La pasividad no es casual. Son décadas, si no siglos, de educación adormecedora, formadora de seres sumisos que aceptan los golpes del poder con ese extraño silencio del que nos ha provisto ese mismo poder enfermo y enfermante. La vida se ha convertido, sin más, en un tránsito bastante aburrido del trabajo a la casa hacinada y de la tristeza a la borrachera del olvido; las protestas ya no son derecho sino el revés de unos cuantos tildados de antisistema, de enemigos de lo correcto. El país va camino del desbarrancadero mientras la mayoría sonríe en la fiesta de la desmemoria y el sinfuturo. Pero… ¿y las élites? ¿Dónde están las élites?
No es que yo sea un patrocinador de esos clubes de empresarios que dicen velar por el desarrollo de nuestros pueblos, ni que crea que una teletón sea la solución para nuestros desvelos… pero sí pensaba –de forma ingenua, probablemente- que las élites económicas del país querían proteger la gallina de los huevos de oro, sus inversiones, sus cuentas de ahorros abultadas por la desigualdad y la injusticia. Por eso, insisto, pensaba que las élites le pondrían freno a esta locura a la que estamos asistiendo. Es cierto que no frenaron a Martín Torrijos, pero es que este trabajó directamente para ellas: Martín fue el mejor CEO que podían soñar los millonarios reales y los potenciales, les parceló el país, hizo las leyes a su gusto y beneficio, los protegió y, además, logró dar una apariencia de cierta paz democrática –mentirosa, pero eficaz-.
Sin embargo, con el gobierno que se hace el loco las cosas no van bien. Cualquier empresario inteligente entendería que el golpe de Estado de facto con el que el Ejecutivo se ha metido en el bolsillo a la justicia supone la defunción oficial de la tan cacareada “seguridad jurídica”; sabría que por mucha plata que se reparta a punta de contratos directos para las megainfraestructuras prometidas se está generando una bomba de tiempo en barrios y poblaciones afectadas por los mismos; comprendería que sin un mínimo marco democrático la prosperidad de las élites se verá amenazada por embargos, bloqueos económicos o juicios internacionales; intuiría que, si la imagen internacional de Panamá se empaña –como ya está ocurriendo-, muchos de los negocios que precisan de inversión extranjera o de compradores fulitos se irán apagando; temería por este rearme policial que ya parece militar y que dejará sin poder real a quien no controle esas “tropas”.
Creo que ha llegado el momento de las élites. Las hay egoístas y acaparadoras, y esas deberían estar moviendo ya sus hilos para cambiar el rumbo de este gobierno y provocar cambios a su favor. Hay élites, y soy consciente, preocupadas sinceramente por su país y el futuro de los suyos, y a esas les tocaría fomentar una reforma profunda del sistema que no se haga en el clóset del cabildeo sino a la luz de las mayorías. Pareciera que este gobierno estuviera en su cuarto año, pero no es así. Y las élites, al igual que el pueblo, no van a salir indemnes de esta locura política que parece no tener límites.
Cuando se dice que con este actual gobierno los dueños del país se han puesto al frente de lo público se miente. Quien dirige el actual gobierno es la élite tradicional, el gamonal en su más pura expresión, los finqueros del ayer jugando a los gobernantes del presente. Debe haber, y las hay, élites modernizadas que entienden que sin un marco democrático donde las mayorías reciban algo del cake y tengan los derechos básicos asegurados lo que peligra no son sus fortunas sino su tranquilidad, sus vidas, el mismo sistema. Salgan del clóset y ayuden a enderezar este entuerto.
• ¿Qué le sucedió a Valentín Palacios Palacios?: Mauro Zúñiga Araúz
• De la fase bilateral a la multilateral: Euclides E. Tapia C.
• ¿Dónde están las élites?: Paco Gómez Nadal
• La recuperación económica en América Latina: Benjamín Colamarco Patiño
• La teoría del aprendizaje y los tipos de educación: Ricardo Cochran Martínez
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