Opinión

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EL MALCONTENTO

La banca de la sabiduría

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Tenemos un día para casi cualquier cosa. El colectivo o la realidad que no tiene un día mundial es como si no existiera. Pero es razonable, un juego ancestral como el del cumpleaños, la boda o el bautizo… un ritual, un punto de inflexión en el que recordamos que somos gente, o que somos gente junto a otra gente o que la etiqueta bajo la cual nos clasifica esta humanidad de gesto torcido tiene algún sentido más allá de la clasificación en el archivador de la variedad humana.

Acaba de pasar el día de los pueblos originarios, el día de una minoría que alguna vez fue lo único y que luego fue aplastada, excluida o ignorada por los mezclados como yo, por los que parecemos tener patente de corso, la arrogancia agazapada tras los párpados y alma forrada de acero.

No quiero hoy discutir sobre el nombre (indígena, originario, aborigen…), ni sobre los defectos que arrastran los pueblos originarios que no pueden ser más perfectos que el resto de los humanos. Más bien, escribo para reconocer lo que nunca he puesto en palabras, mi suerte, mi privilegio: el de haber podido estar cerca y el de haber bajado las prevenciones para escuchar, ver y aprender.

No voy a caer en el juego del “buen salvaje” al que algunos europeos como yo entraron de cabeza con mala conciencia y peor autoestima. Yo he aprendido y mucho de los pueblos originarios de esta América donde la sangre ha sido batida para crear otra raza hermosa que es la del mestizaje, si no la raza cósmica de Vasconcelos si la utopía del encuentro, del anacionalismo, de construir algún día –ya que ahora es una ficción política o una categoría de biblioteca- una Latinoamérica plural y sin más fronteras que las de los jardines particulares.

Mi primer contacto con pueblos indígenas fue ya hace 14 años y pasito a pasito me fui acercando como el invitado que se sabe intruso y el heredero de una fortuna manchada de sangre que carga con la responsabilidad de lo hecho por sus antepasados, pero no con la culpa de lo que él no hizo. La mayor lección de acercamiento me la dio Víctor, un cacique Uitoto de la Amazonía colombiana. Me hizo trabajar jornadas enteras junto a él y a su familia en la construcción sagrada de una sagrada Maloka. Hablaba poco pero me miraba mucho y preguntaba (esa sabia forma de aprender si se tiene la capacidad de escuchar las respuestas). Varios días después consideró que ya éramos gente lista para hablar y nos sentamos en una diminuta dependencia fría y luminosa al tiempo. Me regaló la paz de su alma y los consejos de sus ancestros, tejidos en las noches de La Chorrera, su comunidad, al ritmo del mambeo de coca y el estruendo de la noche callada.

Víctor fue quizá el que me invitó por primera vez a tomar asiento en la banca de la sabiduría, esa donde indígenas y no indígenas debemos reconciliarnos y compartir saberes y desconocimientos. Fue el primero de muchos encuentros, con él, con sabios emberá, kunas, aruacos o nasos… qué más da. Los diferencian muchas cosas pero los acercan algunas raíces compartidas en sus cosmovisiones, esas que corren riesgo de perderse porque lo que las armas y la explotación no han logrado lo puede conseguir la televisión y el dinero.

De ese conocimiento precapitalista rescato varias enseñanzas. Un ser humano que camina hacia la coherencia debe lograr que lo que piensa no se modifique al pasarlo por el filtro de los sentimientos, debe verbalizarlo en palabra dulce y luego traducirlo en acciones coincidentes. Tarea titánica pero necesaria si queremos ser gente. La libertad, me dijo una vez Víctor, esbásicamente responsabilidad, la responsabilidad del amor, del amor al resto y por tanto respetar su libertad, la del otro, para, a través de ella, ser libres nosotros. Finalmente, me quedo con el temor a la plata como símbolo del egoísmo, de la acumulación, de la codicia individualista que nos aleja de nuestra comunidad de afinidad y nos vuelve perversos y peligrosos.

Qué raro suena este conocimiento tan básico al tiempo y tan escaso de encontrar en el mundo occidental. Si nos pasamos por estos filtros, la mayoría saldrá mal parada. Crecer no es tener más sino saber más, de uno y de los otros. El día de los pueblos originarios debería servir para acercarnos todos y todas a la banca de la sabiduría y dejar de ver a las personas de estos pueblos como un fenómeno folclórico o exótico, o como personas con incapacidad que precisan de nuestra protección y conocimiento. Ser iguales es tan difícil que deberíamos conformarnos con ser equivalentes.


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