Opinión

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VEREDICTO

Noriega en París: epílogo

Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com

PANAMÁ, R.P. – Antes de escribir más sobre el juicio a Manuel Antonio Noriega en París, estuve esperando que sus abogados anunciaran si iban a apelar la condena, porque pensé que a la vez se conocería exactamente cuánto tiempo adicional de prisión el ex dictador tendrá que servir. Él fue sentenciado a siete años y le darán crédito por los 34 meses que lleva preso desde que acabó con la condena estadounidense, pero entiendo que en el sistema francés (como en el norteamericano) ningún reo cumple el tiempo completo.

El día que dictaron el veredicto, en los pasillos del Palacio de Justicia en París hubo quien comentara que una sentencia de seis años sería equivalente a libertad inmediata; pero desde entonces, nadie ha dicho cuál es el efecto exacto de una sentencia de siete años. Solo podemos suponer que es poca cosa, dado que los abogados defensores han decidido que no vale la pena interponer una apelación.

Que esta información no esté disponible ilustra lo primitivo del sistema procesal penal en Francia, que tiene un sorprendente retraso tecnológico. En Estados Unidos, la fecha en que Noriega terminaría su sentencia estuvo disponible por internet y en los últimos años, también estaban disponibles por internet los documentos principales del caso. Aun durante el juicio en Miami, hace casi 20 años, era relativamente fácil ver el expediente y copiar de allí los documentos que uno quisiera. Los documentos presentados como prueba en el tribunal llegaban con fotocopia para todos los abogados y para los periodistas también. Además, los micrófonos y el aire acondicionado funcionaban maravillosamente, los traductores trabajaban cómodamente, y los servicios sanitarios para el público no eran unisex.

En París, por contraste, los micrófonos en el tribunal no funcionaban el día que Noriega dio sus declaraciones. Se perdió tiempo tratando de arreglar el problema y por fin obligaron que Noriega hablara sin micrófono; afortunadamente pudo hacerlo en voz alta y clara, y de pie, aunque a las finales pidió permiso para sentarse. No era de sorprenderse que él estuviera agotado al final de la faena porque su traductora parecía estar al borde del colapso. En Estados Unidos, los traductores usualmente trabajan sentados y se rotan cada cuantas horas, pero a la de París la tuvieron parada y sin relevo por sesiones de hasta seis horas. En una sala sin aire acondicionado o abanicos.

Por razones que no comprendo, los tribunales franceses detestan la fotocopiadora. Un día, mientras esperábamos que retomaran el caso Noriega, el tribunal dictó sentencia a unos 16 miembros de un complot. Pero la presidenta del tribunal anunció que no daría copia del veredicto y sentencia a cada uno de los acusados; solo habría una copia para cada dos. Esa misma magistrada se pasó un tarde interminable leyendo del dossier Noriega en vez de repartir copia a todos los interesados; cuando en el dossier habían gráficas mostrando el movimiento de los fondos, ella tuvo que describirlas verbalmente en lugar de tener una pantalla o cartulina en grande para mostrarlas. Al final del juicio, un abogado defensor me mencionó un alegato escrito que ellos habían presentado con argumentos adicionales; pedí copia del alegato pero se me negó por considerarse confidencial. En Estados Unidos, los alegatos no son confidenciales y son fácilmente obtenibles por internet en los tribunales federales.

Otro aspecto confidencial es cómo se pagó la defensa de Noriega en París. En Miami se sabía que el Gobierno norteamericano le estaba pagando la defensa a Noriega, por considerarlo indigente. En París, Olivier Metzner, el abogado principal, es uno de los juristas más prominentes de Francia; las cámaras de televisión lo persiguen como si fuera un rock star y figura casi a diario en los titulares sobre juicios de alto perfil. Su defensa de Noriega, aunque infructuosa, debe haber costado caro y sería interesante saber quién le pagó.


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