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SANEAMIENTO INSTITUCIONAL

La mafia universitaria

1406559Carlos Guevara Mann
opinion@prensa.com

Tres son las organizaciones del Estado que habría que recuperar, prioritariamente, a fin de reconducir hacia el “primer mundo” a nuestra descompuesta república: la Asamblea Nacional, el Poder Judicial y la Universidad de Panamá. La Asamblea es necesaria para garantizar una adecuada representación popular, ordenar la vida ciudadana mediante la expedición de leyes sensatas, fiscalizar el funcionamiento de los demás órganos del Estado y resolver, a través del diálogo y el consenso, los conflictos que inevitablemente surgen en las sociedades.

El sistema judicial es fundamental para garantizar la seguridad pública y proteger el ejercicio de las actividades económicas. La Universidad es necesaria porque a través de ella –directa e indirectamente (a través de la formación de maestros)– se educa a los miembros de la colectividad para que procuren su propio desarrollo, se estudian los problemas nacionales y se les proponen soluciones.

El sector político, sin embargo, no hace más que degradar, corromper y debilitar estas tres organizaciones. A la Asamblea se la menoscaba respaldando para candidatos a sujetos de pésima calaña, asegurando la elección de los peores entre ellos y –una vez llegados al hemiciclo– sobornándolos para erradicar hasta el mínimo reducto de independencia que logre sobrevivir en sus inmediaciones.

Al sistema judicial se lo perjudica nombrando para magistrados y procuradores a individuos carentes de criterio jurídico, convicciones democráticas y probidad, que siempre estén dispuestos a actuar en favor de quien los designó. A la Universidad se la quebranta dejándola a merced de una mafia que la maneja a su antojo, para beneficio personal de los mafiosos, a cambio del control que esa pandilla supuestamente ejerce para reprimir la disidencia que emerge de los claustros universitarios.

La situación de la Universidad de Panamá es verdaderamente catastrófica. El proyecto iniciado en 1935 con el propósito cívico de permitir el acceso de los sectores populares a una educación superior de calidad fue desvirtuado primeramente por la narcodictadura militar y, luego de su caída en 1989, por la garulilla que controla la Universidad desde entonces.

En diciembre de 1968, la narcodictadura clausuró la Universidad por seis meses, tiempo que sus lacayos civiles emplearon para reestructurarla al servicio del “proceso”, al mejor estilo stalinista. Veinte años de sometimiento a los jenízaros produjeron un notorio deterioro en la calidad de la enseñanza y la investigación, pero eso no importó a la narcodictadura, bajo la cual la Universidad no tenía otro propósito que proporcionarle apoyo “progresista” a la tiranía cuartelaria. El advenimiento del sistema democrático generó en la ciudadanía la esperanza de que la Casa de Méndez Pereira recuperara la misión que perdió en 1968. Mientras fue rector (1991–1994), el Dr. Carlos Iván Zúñiga emprendió una obra de adecentamiento que, infortunadamente, no continuó después de su administración.

Quienes les hacían los mandados a los militares aprovecharon ese período de libertad para erigirse en una mafia perniciosa cuyo objetivo no es otro que pelechar del presupuesto universitario (165 millones de balboas en 2010) y mantener una vigencia inmerecida en el escenario público. El pantano de mediocridad, clientelismo, corrupción y autoritarismo en que está sumida la Universidad no es solo una vergüenza sino, además, una tragedia nacional que, para mayor desgracia, no parece importar a los sectores dominantes.

Antes bien, le hacen el juego al rector eterno, quien hace pocos años tuvo la avilantez de aseverar que la Universidad de Panamá es “una de las mejores de América” (El Panamá América, 10 de agosto de 2005). Semejante demagogia no resiste el más mínimo análisis.

El Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong de Shanghai, China, compila regularmente una lista de las 500 universidades más prominentes del mundo, de acuerdo con criterios bastante rigurosos (http://www.online-universities.us/top500universities.htm).

A diferencia de otras (pocas) universidades de América Latina –UNAM (México), Sao Paulo (Brasil), Buenos Aires (Argentina) y Chile, por ejemplo– la de Panamá ni figura en la clasificación, donde debería estar si es cierto lo que afirmó el rector perpetuo, que es “una de las mejores de América”.

Existen en Panamá los recursos humanos y financieros para convertir a la Universidad Nacional en un centro educativo de prestigio, lo cual coadyuvaría directamente al mejoramiento de las condiciones de vida en el país. Lo que no existe es la voluntad política para lograrlo. La controversia suscitada en torno al afán reeleccionista constituye una oportunidad importante para comenzar a sanear la Casa de Méndez Pereira. Llegó la hora de echar a los mercaderes del templo, de erradicar de una vez por todas a la mafia que tiene secuestrada a la Universidad de Panamá y obstaculiza de una manera tan flagrante el desarrollo nacional.


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