Opinión

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APEGO AL PODER

Obscenas perpetuidades

Xavier Sáez–Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Los gobiernos civilizados deben ser herramientas políticas para desactivar odios, iniquidades e injusticias. Además de capacidad, honestidad y humildad, una clave fundamental para lograrlo es mediante la renovación periódica de sus líderes. El apego al poder exacerba los desprecios y los conduce por rumbos impredecibles. Montesquieu enseñó a la humanidad lo conveniente que era fijar límites de tiempo al ejercicio de la magistratura.

El poder corrompe, simple razón ética. Muy pocos dirigentes pasan la prueba de la persistencia sin practicar extralimitaciones o abusos. No se trata únicamente del riesgo, casi seguro, de que los amigos y partidarios se llenen las alforjas de dinero; el problema principal surge del trastorno psicológico que acontece, cuando los cabecillas se creen dueños de la voluntad popular y del destino colectivo. La tentación de sentirse imprescindible es el primer síntoma de la locura del poder, una enfermedad terriblemente contagiosa. Aquellos que se aferran al trono y no advierten sus traidoras asechanzas,  terminan ahogados en el desprestigio o enlodados en el fango de un efímero resplandor.

Todos los mandatarios que se han perpetuado en el poder han terminado siendo déspotas, corruptos, violadores de derechos humanos y forjadores de vergüenza o miseria para muchos de los habitantes de sus pueblos. Los ejemplos abundan. Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Mao, Pinochet, Gaddafi, Stroessner, Castro, Somoza, Duvalier, Noriega y, recientemente, Chávez. Afortunadamente, por más popularidad tras de sí, la Corte colombiana cortó los megalómanos deseos de Uribe. La gente que alcanza niveles jerárquicos debe entender que toda obra humana es perecedera y que la democracia es un sistema imperfecto, fiel reflejo de los falibles ciudadanos que la conforman. Por tanto, los políticos y caciques sindicales/gremiales deben supeditarse a la noción de que nadie está por encima de la ley y que, por más ilustre o meritorio que parezca un funcionario, ninguno puede arrogarse el derecho de asumir la condición de Mesías sin hacerle un grave daño a la sociedad en la que vive.

Un periodo de cinco años puede ser escaso cuando tenemos un buen Presidente pero es una eternidad cuando nos gobierna un tirano.  Si Martinelli lo hace bien, yo no tendría ningún inconveniente en apoyarlo por un periodo adicional pero ninguno más. Le falta mucho, sin embargo, para convencerme del beneficio de esa hipotética prórroga. Más temprano que tarde nuestro dignatario debe restaurar una clara separación de poderes, resolver los problemas más apremiantes del país (inseguridad, educación, transporte, salud, pobreza), manejar la cosa pública con mayor transparencia, no estrangular a la clase media con tributaciones por doquier, atender sugerencias de la sociedad civil mejor organizada y respetar a los medios de información. Exhorto, eso sí, a las agrupaciones civiles a neutralizar voces extremistas y propiciar genuinas representatividades; los canales de comunicación, por otro lado, deben informar y evitar crear protagonismos mediáticos o morbos innecesarios para aumentar ratings. Todos queremos un Panamá próspero, justo y pacífico.

Los nefastos afanes reeleccionistas tocan también a las puertas de la Universidad de Panamá. Su sempiterno rector no ha logrado convertir esta institución en un centro vanguardista de adquisición y generación de conocimientos. Durante su extensa gestión, la enseñanza sigue desfasada de la era moderna, la calidad de la investigación científica es deprimente y la aportación de verdaderos talentos al desarrollo nacional es escasa. Para muestra, dos datos. En el ranking internacional de universidades (www.webometrics.info), este centro figura en la posición 5,256 en todo el mundo y en un penoso puesto 99 entre establecimientos académicos de América Central y Caribe.

Una investigación efectuada, hace tres años, por la firma consultora Goethals Consulting Corporation, a petición de Fudespa (Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá), encontró que el 80% de los cargos gerenciales en empresas radicadas en el istmo estaba cubierto por extranjeros o por nacionales con estudios realizados fuera del país. El mercado laboral tiene techo de cristal para los panameños educados localmente.

Tal parece que formamos individuos para consolidar nuestro subdesarrollo y no para salir de la mediocridad que nos asfixia. El doctor García de Paredes parece contar, no obstante, con los votos para continuar en la cúpula, gracias a un séquito de aduladores colocados en cómodas jefaturas y una cofradía de estudiantes “profesionales” en planillas de conveniencia. Ante una auditoría independiente, no me extrañaría que salga mugre por debajo de la alfombra administrativa. Uno de sus más sonoros logros es haber sabido controlar a los revoltosos y aislar a los anárquicos, una baza política que agrada a los gobernantes de turno. Triste miopía presidencial.

Las personas que se resisten al retiro poseen usualmente un extraordinario ego. Por su bien, les recomiendo adentrarse en los saberes taoístas que exhortan a dedicar la primera mitad de la vida a crear un ego muy fuerte, para forjar seguridad y autoestima, como gran ventaja para defenderte en un mundo cada vez más competitivo; la segunda mitad, empero, debe emplearse para deshacerse de ese ego, porque las desventajas son múltiples, implacables y superiores. En este sentido, felicito al patriota Bobby Eisenmann por su atinada decisión de cambiar su crítica de recurrente a esporádica y disfrutar de un merecido ocio. Que triste debe ser que en las postrimerías de la existencia, los subalternos se mofen de uno por apoplejías faciales, derrames de saliva, frases demenciales, esfínteres incontinentes, marchas arrastradas y torpezas motrices. Para ya vamos todos. Un hombre sabio da paso al relevo generacional. Ya basta don Gustavo. A casa.


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