Opinión

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ABUSOS

Esta vez, con rabia

Xavier Sáez–Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Esta es una historia de la vida real que pronto llegará a las pantallas de cine. La película utilizará nombres ficticios para proteger la identidad de las innumerables víctimas. Será únicamente apta para adultos. Pablo es un padre humilde que tiene un hijo sordomudo. Después del trauma inicial, decide utilizar todos sus esfuerzos y ahorros para brindarle a Pablito las herramientas educativas necesarias que lo conviertan en un individuo feliz y exitoso.

Como vive en una familia fervientemente católica, el angustiado progenitor se resigna al adverso destino y lo interpreta como producto de un designio superior. Lo acepta pensando que una vida mejor le espera a su vástago en ese espacio virtual llamado cielo. Para venerar al creador, obliga al muchacho a ser un asiduo visitador de la Iglesia para que asimile, desde temprana edad, las enseñanzas cristianas inculcadas por los sacerdotes, esos privilegiados emisarios de la palabra divina.

Pablito, guiado por ingenuidad pueril y adoctrinamiento parental, se hace amigo íntimo de un párroco idolatrado por el pueblo. En el fondo de su inocente mente, piensa que así estará más cerca del Señor. Después de ganarse la confianza plena del joven, el capellán empieza a manosear su órgano genital hasta incitarle placer.

El cura le dice que el goce experimentado es sólo una prueba de lo que obtendrá en el paraíso cuando abandone la vida terrenal, pero advierte que esas manipulaciones deben quedar en total privacidad para que Dios no se moleste. Con el pasar del tiempo, sobreviene masturbación mutua, sexo oral y coito anal. La sordomudez del joven resulta ser la mejor aliada del depravado para proseguir sus abusos. En una ocasión, Pablito llegó a dibujar imágenes de cruces, sotanas y falos pero Pablo lo castigó, presumiendo que eran cosas que aprendía en la escuela al juntarse con niños traviesos pobremente orientados en sus hogares. La sanción consistía en ir más veces a misa para sanar sus pecados.

Pablito, ahora a sus 29 años, es una persona triste, insegura, con baja autoestima y frustrada en sus relaciones con mujeres. Cansado de vivir en silencio y afectado por una espantosa depresión, decide finalmente contar sus anécdotas. Pablo se entera 17 años después. Se descubre, además, que el arzobispo había tapado los hechos y enviado cartas secretas al Vaticano para obtener directrices. El presbítero implicado fue trasladado cuatro veces de parroquia. Allí abusó de más niños. Los planes superiores incluían, además, dinero disponible para indemnizar en caso de que hubiese reclamos o rumores sonoros.

Si usted fuera Pablo, ¿qué le provocaría hacer con ese sacerdote? ¿Y con el arzobispo? ¿Y con el pontífice? El amor por un hijo no tiene precio. Alguien debe pagar por causarle este daño irreversible. Si Pablo es un padre promedio, lo mínimo esperado sería darles a los tres una soberana paliza. Si es agresivo, las consecuencias podrían ser lamentables, aunque se exponga a encarcelamiento prolongado. Si es pacífico, le bastaría con una entrega a la justicia de los involucrados. Aunque el encubrimiento viene desde la época de JP-2, ese carismático Papa ya falleció y lo único posible sería negarle el mote de santo. B-16 está vivo y debe renunciar si tiene algo de dignidad. La defensa publicada por el nuncio Carrascosa fue una bofetada a la inteligencia de los panameños. Tratar de minimizar cifras, culpas y ocultaciones, argumentando que la pederastia es un problema global, representa una actitud vergonzosa, típica de políticos corruptos.

Según mis afines lectores, la carta que le escribí al monseñor Ulloa fue muy tierna para mi cotidiano estilo. Pude ser más enérgico pero decidí otorgarle el beneficio de la duda ante su inminente cargo. Tampoco fustigué a la jerarquía católica el domingo de semana santa. No quería ser tildado de provocativo. Mi conciencia, empero, ya no me permitió más indiferencia o prosa dulce. Cada vez que atiendo a niños en el hospital, afectados de pobreza, malnutrición, sida, sífilis o embarazo indeseado, me pongo en sus pellejos y sufro mucho pensando en nuestras fallas como sociedad civilizada y comunidad sanitaria. Tan solo con imaginar el abuso sexual de un crío discapacitado, la ira invadió toda mi pluma. Decidí no retocar ninguna frase para que expresara fielmente la rabia que siento.

Seguramente, pronto habrá un concilio para reformar profundamente a la Iglesia y evitar que siga perdiendo adeptos. Mis consejos para erradicar las aberraciones sexuales del clero. Se debe reconocer que la homosexualidad no es enfermedad sino un legítimo proyecto de vida personal. Hay muchos homosexuales que acuden al sacerdocio porque no se atreven a salir del clóset para evitar burla o discriminación en el vecindario.

Se deben realizar pruebas sicológicas exhaustivas a los seminaristas, de cualquier inclinación sexual, para identificar potenciales pederastas desde fases incipientes. Se debe eliminar el celibato, para que aquellos que se cuelen, pese al filtro, o que se destapen, durante el internado apostólico, puedan descargar sus naturales instintos hormonales fuera del claustro eclesial. Se debe instaurar certeza de castigo severo para los abusadores de menores de edad. El mensaje es que una vestidura beata no brinda impunidad. Por último, se debe permitir a las mujeres que participen en las cúpulas clericales. Ellas, por su sentido protector maternal, no tolerarían el maltrato de niños. Una estrategia sabia sería designar una Papisa. Parafraseando a Maureen Dowd, columnista del NY Times, la próxima fumata blanca debe proclamar “Habemus Mama”.


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