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DERECHO AL DEBATE POLÍTICO
WASHINGTON, D.C. –En el periodismo de opinión hay la idea de que cuando un columnista es criticado por todos los bandos políticos es porque está haciendo bien su trabajo. Según esta perspectiva, hay cierto mérito en que un columnista logre enfurecer a todos por igual.
No necesariamente comparto esa posición. Tengo 20 años de estar viendo que de todos lados me lanzan flechas que poco tienen que ver con el contenido de determinada columna. Una y otra vez he visto que las flechas más hirientes vienen de personas que se refugian en el anonimato y que me acusan de cosas que simplemente no escribí. En gran medida, he aprendido, los lectores ven lo que quieren ver, no lo que está escrito.
Un ejemplo casi jocoso de este síndrome apareció en los comentarios en la versión web sobre mi columna del domingo pasado. Al escribirla, yo consideré que la columna era meramente un repaso bastante mesurado –hasta aburrido, quizás– de las fallas y los aciertos de Barack Obama en la política hacia Latinoamérica durante su primer año de gobierno, y por ello me sorprendió mucho leer que la columna había enfurecido a un lector, quien colocó el comentario siguiente en la página web (copio exactamente): “Nosotros los gringos estamos hartos de gente quejarse de nuestro país. Si no le gusta, regrese a Panamá y venda sus ideas izquierdistas allá”.
Aun más me sorprendió el próximo comentario que apareció allí (también copio exactamente): “Jajjajajaj, betty brannan izquierdista, jajajjaj, ahora sí lo he leído todo”.
Bueno, en aras de esa transparencia que tanto pregono en otras esferas, aclararé una vez más que mi filosofía política se basa en una “izquierda liberal” parecida a la de Gandhi o Mandela. Eso lo he escrito antes (ver las columnas del 25 de enero y 11 de abril de 2004); para contexto les recomiendo el cuestionario de www.politicalcompass.org.
La totalidad de mis columnas revelan que detesto el autoritarismo en todas sus variantes y defiendo hasta lo último las libertades del individuo frente al poder del Estado. Me opongo a que creencias religiosas influyan en las políticas estatales. Soy muy liberal en temas sociales como el aborto y los derechos de los homosexuales. Creo en el capitalismo y mercados libres pero con regulación eficaz que proteja a los consumidores y al público en general. Defiendo los derechos de los indígenas y de los sindicatos.
Creo que los gobiernos deben velar por el bienestar de los pobres y los marginados. Cuando alguien me comentó recientemente –en tono crítico– que Obama es el presidente más liberal en la historia de Estados Unidos, respondí que “el problema con Obama es que no es suficientemente liberal”. Además, no es cierto que Obama es el presidente más liberal que ha tenido Washington; ese honor se lo lleva Franklin Roosevelt.
Creo que muchos lectores piensan que mi postura anti-dictadura significa que soy de filosofía conservadora. No es el caso. Me opuse a la dictadura en Panamá porque fue dictadura, y yo valoro la libertad; me opongo igual a las dictaduras de Fidel y Mao como a las de Pinochet y Micheletti. Además, no acepto que los Torrijos son genuinamente de izquierda; Omar me pareció un demagogo que hacía aspavientos de izquierdista para justificar su tiranía y a Martín no le vi contenido ideológico alguno. En todo caso, no acepto que las dictaduras de izquierda son justificables.
Pero tampoco acepto la intolerancia y tendencia autoritaria de la derecha, como aquel lector que dice que debo “regresar a Panamá y vender sus ideas izquierdistas allá”, como si los liberales no tuviéramos derecho a vivir en Estados Unidos y la izquierda no tuviera derecho a participar en el debate político. Los valores intrínsecamente “americanos” que Estados Unidos fue líder en traer al mundo abarcan, celebran y protegen esos derechos y muchos más. Por eso mismo, los liberales como yo estamos aquí para defenderlos.
• De milagros y expedientes…: Daniel R. Pichel
• Una nueva era constitucional: Carlos Eduardo Rubio
• De izquierda a derecha: Betty Brannan Jaén
• Medio siglo de ciencia marina en Colón: Stanley Heckadon-Moreno
• Para tomar en serio el Carnaval: Dairo Herrera Cotina
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