Opinión

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RESPONSABILIDAD

Las madres de la tierra

Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net

El calendario anual tiene una larga lista de días para celebraciones y conmemoraciones. Una de ellas rinde homenaje a la señora que nos trae al mundo y que, al momento de alumbrar, se convierte (o la convierten) en un ser especial: a partir de ese día, y hasta que muera, será madre. También rinde tributo a las que, sin tener hijos, acogieron con amor maternal al hijo de otra mujer. La historia muestra que las palabras “mujer” y “madre” eran casi sinónimos; la mujer estaba para servir en el hogar, complacer al marido y darle hijos; las circunstancias cambiaron ese patrón, especialmente desde que se incorporó a la fuerza laboral y empezó a contribuir con el presupuesto del hogar.

La mujer ganó terreno y hoy se le reconocen derechos impensables en otras épocas. Un artículo, muy propio de cierto tipo de revistas, dice que la madre de hoy es una mujer con vida propia, autónoma y eficiente; profesional y trabajadora, en constante interacción con otros; tiene conciencia de sus derechos, tanto emocionales como sexuales y laborales y aspira a una relación de pareja en la que se valoren las diferencias y exista una distribución de las tareas. Ese primer mundo femenino que describe la articulista no es el de Panamá. No obstante, esa madre ya no es rara avis, y de ello podemos enorgullecernos.

Plantear la maternidad como el “estado perfecto de la mujer”, sin considerar la importancia de la edad, madurez, situación económica, y el entorno para criar y educar un niño, es mensaje equivocado que se envía a las adolescentes que se convierten en niñas-madres, generalmente sin el apoyo de un compañero. La mujer que voluntaria y conscientemente busca la maternidad, estará mejor preparada para la nada fácil tarea de criar hijos. La mamá de los comerciales, linda, paciente y feliz, que besuquea la botella de detergente cuando los niños llegan a casa con la ropa enlodada, es cuento. Las madres terrenales regañamos, gritamos y nos cansamos, porque en los tiempos que corren, aun para la que no trabaja fuera de casa, ser mamá no es “relajo”. Para la que trabaja, y tiene limitaciones económicas, el día es más largo y agotador (madrugar, dejar la comida hecha, aguantarse los “diablos rojos”, dejar el niño en la escuelita, etc.). Con papá, o sin papá en casa, nos arreglamos para múltiples y variados papeles. No clasificamos dentro de ninguna especialidad porque hacemos de “tetita”, maestra, doctora, modista, cocinera, psiquiatra, chofer, administradora, dibujante y, entre muchos otros servicios, también de punching bag para los hijos.

Bien ganados tenemos las madres los agasajos (hasta del hijo ingrato) del Día de la Madre; bienvenidas tarjetas y mensajes llenos de palabras lindas de agradecimiento “por tus desvelos… etc.”; y los regalos (electrodomésticos y ollas, ¡qué fijación con mamá en la cocina!). No faltarán los manoseados mensajes gubernamentales ensalzando las virtudes de la maternidad y la importancia de la madre en la sociedad. Todo muy bonito, emotivo y merecido. Este día, además de ir a visitar a mamá (que tendrá preparada una rica comida, como agradecimiento), de llevarle serenata o regalos, o invitarla a almorzar, debería servir para reflexionar sobre lo que ella representa para nosotros y nosotros, los hijos, para ella.

La vida doméstica y las relaciones madre–hijo han sufrido transformaciones, algunas positivas, otras negativas. No soy la clase de madre que fue la mía, ni ella, la que fue la suya. Nuestro rol ha cambiado a través de los años. Y nos adaptamos porque tampoco nuestros hijos son como los de hace 50, 100 años. Hemos tenido que aprender a soltarlos más temprano. Cuando ya les hemos dado las herramientas para que caminen por su cuenta, no queda más que desearles lo mejor. Y es que los hijos de hoy, incluso los buenos hijos, ya no ven la autoridad materna con los mismos ojos con que la veían los chicos de antes. ¿Quedarán muchas mamás que le digan al hijo: “Párate aquí y aprende cómo se plancha una camisa”; o que, cuando le pidan permiso para quedarse a dormir en casa de una amiga, plante pie firme y diga: “Antes del permiso, dile a la mamá de tu amiga que me llame”.

Creo que los hijos, al convertirse en padres, empiezan a entender “porque mamá era como era”. Comprenderán que las madres no somos seres celestiales. Somos madres de esta tierra; imperfectas; a veces impacientes o duras; otras veces, tiernas, complacientes. Así somos. Los tiempos cambian, pero no cambia la esencia de la maternidad: el amor por los hijos.


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KATHY
12/7/2009 2:06:41 PM

Comparto plenamente su opinión: los tiempos cambian, pero lo que no cambia es la esencia de la maternidad: el amor por los hijos, que perdura por toda nuestra existencia. Felicidades!





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azucena
12/7/2009 5:52:35 AM

Berna,
¡Qué lindo artículo para un día tan especial! Felicidades a ti y a las mamás de mi Panamá que celebran con gratitud y regocijo un día tan lleno de emociones. A los que ya no la tienen, el recuerdo de sus atenciones y desvelos nos sirve de bálsamo para decir que sigue viva en el recuerdo.
2

JOSÉ
12/7/2009 5:18:28 AM

Conmovedor , realista y tierno a su vez , me ha nublado los ojos. ¡FELICITACIONES !... Doña Berna .
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