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ENVEJECER
Los jóvenes olvidan que con suerte y salud algún día serán ancianos. Que el valor de un ser humano sea proporcional a su edad (a mayor edad, menos valor) no causa ni pizca de gracia a los que estamos en edades que, con delicadeza, llaman adultos mayores, tercera edad, años dorados, o despectivamente, dinosaurios, fósiles o momias. Que la juventud evite meditar sobre el inevitable proceso de envejecer es comprensible, mas no sabio.
¿Quién, sintiéndose fuerte, hermoso, triunfador, desea pensar sobre el proceso degenerativo que, inevitable, llegará? Pero, aunque parezca contradictorio, llegar a viejo es lo que todos deseamos; y sabios y prudentes son aquellos que se preparan enriqueciendo su vida con valores que permanecen cuando la piel empieza a arrugarse, las piernas flaquean, y otras fortalezas muestran debilidad.
El deseo de opinar sobre el tema surgió cuando oí a unos señores referirse como “dinosaurios” a ciertos políticos que, pese a no ser jóvenes, se mantienen activos en este quehacer. Este trato es parte de una cultura adoradora de la juventud, belleza física o el último grito de la moda que, a fin de cuentas, son efímeras, algo que olvidan los que no activan ni una neurona para imaginar como será su vida cuando todo (senos, vientre, nalgas, orejas, testículos…) afectado por la “fuerza de gravedad”, empiece a bajar, como dice un amigo, de “la azotea, al sótano”.
En un ensayo de Diana Cohen Agrest sobre el fenómeno de la nueva ancianidad bajo la óptica de la filosofía y la sociología modernas, sin dorar la píldora, ni benevolencia, la autora identifica sentimientos comunes en los envejecientes: la no aceptación, los sentimientos de pérdida que el reloj biológico va marcando; ver “la carnalidad despojada de todo glamour reflejada en el espejo que devuelve una imagen marcada por las huellas del tiempo para comprobar que se es y no se es el mismo”.
Algunos simulan un estado de bienestar y, en añoranzas inútiles, “corren tras los jóvenes y los ideales de la juventud” y, casi obligados, esconden achaques propios de la edad y sentimientos de soledad y aislamiento, para que no se les excluya de una sociedad que ha dejado de considerar la vejez como sinónimo de autoridad, sabiduría y experiencia. Y que, por el contrario, los incorpora al grupo de los discriminados, donde se sienten como un “desposeído en un mundo donde se va quedando solo”. Enfrentados a un proceso natural no fácil de sobrellevar (por dolencias, soledad, falta de ocupaciones, de trabajo), muchos lo asumen con actitudes equivocadas; el abandono del aspecto personal, de la nutrición del intelecto; con resentimientos que agrían el carácter y ahuyenta a familiares y amigos.
No obstante, envejecer no significa renunciar a desear. “El ser humano es su deseo desplegándose a través de proyectos vitales” y, “siendo un deseo sin tiempo, el viejo es tan perfecto como el joven o éste, como el niño, porque en cada estadio de la vida se es todo lo que se puede o se sabe ser”, dice Cohen. Como ejemplo de ancianos que enriquecieron las artes, las ciencias, la literatura y la política, habría que recordar a Charles De Gaulle, Jorge Luis Borges, Bertrand Russell, Goethe, Pablo Casals, Eleanor Roosevelt, Marie Curie, Winston Churchill. Y a Nelson Mandela, que aún vive y es faro de luz en este atribulado mundo.
De los nuestros, Justo Arosemena, Eduardo Charpentier, Tobías Díaz B., Rogelio Sinán, Dora Pérez de Zárate, Diógenes de la Rosa, Carlos Iván Zúñiga, Belisario Porras, Clara González de Behringer, Marta Matamoros. Y de los que aún nos acompañan, Diego Domínguez C., Eudoro Silvera, Carlos Changmarín y Jorge Turner. Con estos “viejos” y otros tan valiosos como ellos, se escribe la historia, la nacional y la del mundo. Una juventud que reclama su espacio en el campo laboral, los cambios sociales y los valores que predominan (belleza física, el goce efímero…) los hace menospreciar a los ancianos olvidando que algún día también lo serán. El hombre deseoso de aprender, abierto a la vida, sensible, adaptado a los tiempos que le toca vivir, seguramente será más sabio al final de sus días. Es un proceso que debe empezar en la juventud. Cuando la vida se “vive”, y se enriquece, la vejez no es tan pesada.
La acumulación de años “no vividos” poco vale. Sobre-valorizar la juventud, desvaloriza la vejez. Es lo que hacen los que creen que nunca llegarán a ser considerados dinosaurios. Creo, como dijo Ingmar Bergman, que “Envejecer es como escalar una gran montaña. Mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, y la vista, más amplia y serena”.
• De tiempos y dinosaurios: Berna Calvit
• La educación como fuente de progreso: Johnny Sáurez Sandi
• Imperialismo bolivariano: Eduardo Espino
• Caso y ocaso del Parlacen: Rubén Pardo
• Los nuevos magistrados de la Corte: Rafael Spalding
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