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REFLEXIONES
Durante algunos años –en este y otros diarios– he escrito sobre la política nacional, con algunas referencias a los asuntos internacionales. Me he dedicado a comentarla e interpretarla, desde la perspectiva de la democracia y los derechos humanos, porque entiendo que es mi deber ciudadano y profesional, deber que –como una vez dijo el Dr. Ricardo Arias Calderón– se acentúa cuando se ha tenido el privilegio de recibir una educación esmerada.
Desde que tengo uso de razón me han interesado los asuntos públicos, al punto de escoger la política comparada e internacional como áreas de especialización de mi doctorado de filosofía (PhD). Pero a usted, fidelísimo lector de estas líneas quincenales, tengo que confesarle que –en lo que a escritura respecta– mi verdadera predilección es por una temática más sensible y mística.
Esta, pues, es una columna que hace mucho tiempo he querido escribir, pero que hasta ahora me animo a publicar, quizás alentado por una acumulación de intensas experiencias –algunas recientes y otras más añejas– en las que no han faltado errores garrafales y dolorosos desengaños. Parto, entonces, por reconocerlo: más que de política, quisiera escribir de otros asuntos: de viajes y ocurrencias, de amistades y ausencias, de naturalezas y vivencias. Y de amor.
De amor al terruño en que nacimos, ciertamente. No en vano hay enterradas, a lo largo y ancho de la tierra istmeña, al menos 12 generaciones de mis ascendientes. Es imposible no amar una tierra cuyo seno alberga las cenizas de tantos antepasados. Es imposible, además, no sentirse impelido a combatir por ella, a defenderla hasta el extremo contra los que pretenden despojarla, ultrajarla y saquearla.
De amor a esa parentela a la que acabo de aludir, cuya vigencia humana ya expiró, pero cuyo afecto quedó permanente e indefectiblemente depositado en la memoria de sus sobrevivientes. A esa parentela que se la recuerda con especial sentimiento, como mi tío Francisco, cuyo aniversario se conmemora en estas fechas, o mi abuelita Rosaura, quien me ha inspirado un pensamiento íntimo y silencioso cada día de mi vida.
De amor por los amigos, en todos los rincones de la República y muchos confines del mundo: de los que se mantienen firmes en la amistad, que son legión; de los que fueron y, por tristes diferencias, ya no lo son; e, inclusive, de los que han podido serlo pero con quienes –por malos entendidos o jugarretas del destino– aún no se ha establecido una relación.
Del amor que nos motiva a fines más personales, familiares y humanos. Del amor como bálsamo que todo lo cura, como siempre lo repite mi amigo Andreas. Del amor que nos hace superar los infortunios, incluyendo las agresiones más fuertes, como las enfermedades que afectan en la actualidad a personas apreciadas, entre ellas, tía Maritza –cuyos rasgos distintivos son la originalidad, la alegría y el optimismo– y a Fernando Berguido, director de este diario.
De amor por la música: desde el sencillo y solemne tañer de la campana rural hasta las más consumadas expresiones de la polifonía barroca, que regeneran el ánimo. Del amor que, como lo enuncian aquellas maravillosas rimas de Antonio Zaragoza, impulsa al artista, con potencia y energía, hasta las esferas más sublimes de la creatividad: “Mientras Amor al corazón enciende, / la poesía, aroma de idealismo, / en purísimas nubes se desprende, / llegando al cielo mismo”.
De los torrentes de amor que fluyen cuando se imparten conocimientos a quienes los buscan con avidez: al hijo al que se le aclara un complicado acertijo, al estudiante al que se le revela algún concepto nuevo. Yo, que soy padre e hijo, discípulo y maestro, lo puedo corroborar.
Del amor que es desprendimiento total y entrega heroica en bien de nuestros semejantes, como en épocas contemporáneas lo hicieron Maximiliano Kolbe y sor Teresa de Calcuta. Del amor que, como lo explicó san Pablo a los cristianos de Corinto, no se mide ni tiene límites –disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites– y no pasará jamás.
Del amor que es el primordial atributo del supremo creador, como lo proclama aquel himno tradicional del oficio del Jueves Santo, que así nos incita: “Cantemos al Amor de los amores, / cantemos al Señor”. Del amor que es parámetro por excelencia, tal cual lo aseveró san Juan de la Cruz: “En la tarde de la vida, te examinarán en el amor”.
Yo no sé (nadie puede saberlo) si estoy en el amanecer, el mediodía o el atardecer de la vida. Sólo espero –cuando me toque rendir el examen– lograr aprobarlo, a pesar de tantas faltas acumuladas.
Y, mientras llegue ese momento, también espero tener la oportunidad –de vez en cuando– de escribir un poquito acerca del amor, lo mismo que de otros temas que purifican la mente y vivifican el espíritu.
• La presencia de Arkansas: Luis H. Moreno Jr.
• La selección de magistrados de la Corte: Michelle Simpson Alemán
• En la tarde de la vida ...: Carlos Guevara Mann
• Esclavitud en el siglo XXI: Arturo D. Melo S.
• Cobro de flujo libre agilizaría el Corredor Sur: Diego Hernández Martins
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Supone que ellos han derrochado el mismo verdadero amor en sus entornos a lo largo de su vida.
10/14/2009 9:19:07 AM
10/14/2009 8:15:25 AM
10/14/2009 7:12:42 AM
Su escrito refleja un alma profunda y noble. Gracias por darnos un poco de bella melodía porque el acto de escribir también es musical.
10/14/2009 6:35:24 AM