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¿Loco como una cabra? Pues sí, pero Michael Jackson fue también un genio visionario. Toma como ejemplo el tema de su álbum más vendido, Thriller. Los tres primeros sencillos: “The Girl is Mine”, “Billie Jean” y “Beat It!”, éxitos inmediatos. El álbum, 600 millones de copias vendidas. El recuerdo perdurable, su pista epónima: además del thrill (emoción) y morbo que produjo en la adolescencia mundial su fabulosa coreografía en medio de un cementerio, pocos recuerdan que el rap narrado lo realizó Vincent Price, amo –junto con Bela Lugosi y Christopher Lee—de las tinieblas de celuloide y de mi infancia. No recuerdo cómo, y no podía yo tener más de ocho años, pero me escapaba con una de las “muchachas” de la casa que debía ser más morbosa que yo. Esos colmillos de Drácula y sus novias del inframundo, con caras más pálidas que la tez final de Jackson, conllevaban a pesadillas, y a que papi hiciera cortar los papos cuyas sombras afuera de mi ventana, creaban siluetas, como un Rorscharch macabro. Cómico, que lo que al público le infundía terror, a los protagonistas les era hilarante. David Henes, propietario de La Posta, de niño protagonizó al pequeño David Collins en la serie Dark Shadows, aquel del vampiro Barnabás Collins, y que él tomaba sus siestas dentro del féretro de utilería.
Desde las antiguas China y Mesopotamia existen supersticiones sobre los muertos vivientes, aunque con diferentes atributos. El vampiro, en su morfología popular moderna, nace en los Balcanes y Europa Oriental. Etimológicamente, tiene versiones en griego (vrykolakas) y rumano (strigoi), aunque la más difundida entierra sus raíces en el proto-eslabo opyr, con dos vocablos derivados en casi todas las lenguas eslavas: con “o” (opyr) o “v” (vampyr). Tanto el término como el folclor saltó al alemán y luego al inglés. Se cree que el padre del género literario es Bram Stoker, con su Drácula inspirado en el sanguinario príncipe Vlad III de Valaquia, pero lo precedió John Polidori, médico y escritor italoinglés, al publicar The Vampyre en 1819.
Ahora, décadas de seducción galáctica en celuloide fueron superadas por una ola de fantasía literaria y cinematográfica basada en la tierra, no en los astros: comenzó con la magia (trilogía de Tolkien y Harry Potter) y ahora, surge un tsunami de colmillos insaciables, listos para chuparles sangre y dólares a nuevas generaciones: a estos vampiros modernos, la plata les hace daño pero a sus creadores, ¡les encanta! La cabeza de playa en cine la tomaron los clásicos de culto The Hunger de Tony Scott (donde Catherine Deneuve y David Bowie se comían a Susan Sarandon de cabo a rabo) y From dusk till Dawn de Tarantino; en literatura, Lestat & Co. de Anne Rice; y en televisión, series como Buffy, Angel y Moonlight.
Cuando en Harry Potter y el cáliz de fuego, Voldemort mata a Cedric Diggory, vi a Robert Pattinson, que lo encarnó y pensé que tenía futuro y después resucitó como el romántico héroe de Crepúsculo, primera adaptación de las novelas de Stephanie Meyer. En la tele, tenemos la actual True Blood de HBO (de las novelas de Charlaine Harris) y la venidera serie The Vampire Diaries de los libros de L.J. Smith. Pero los clásicos son inmortales; amortales; atemporales. Jackson pasó al Olimpo; ídem Tolkien y George Lucas. Que la pubescencia se quede con sus vampiritos llenos de angst, que pasarán al olvido. En cuanto a mí, dame a un Christopher Lee que aún con sus malos efectos especiales, tomaba esos cuellos trémulos con regodeo, que es como se deben satisfacer los apetitos.