La Asamblea Nacional necesita renacer, renovarse y fortalecerse. Así lo planteó en su discurso inicial el nuevo presidente de la cámara legislativa, quien parece tener bastante claro el mensaje que el pueblo panameño envió a los políticos en las elecciones del pasado 3 de mayo. En consecuencia, el diputado dirigente prometió impulsar reformas que desataron la furia en varios de sus colegas, quienes –sin disimulo alguno– hicieron gestos de palpable desaprobación.
Algunos de los compromisos, dijo, serán reducir los sobresueldos de la junta directiva de la Asamblea; descontar el día de salario a quien no asista a las sesiones; eliminar las dietas diarias que se cobran durante las sesiones extraordinarias. No olvidó los vergonzosos abusos de las exoneraciones fiscales en la compra de vehículos de lujo, que adquieren los diputados para su posterior reventa a particulares.
El presidente del Órgano Legislativo habló de reducir el abultado presupuesto de la Asamblea, de cumplir con su deber de fiscalizar, y de una verdadera independencia frente a los otros órganos del Estado. Son compromisos trascendentes que suponen un cambio significativo. Es una oportunidad de oro y desperdiciarla sería un golpe fatal para los electores.