Hoy finalizan los cinco años de gobierno del presidente Torrijos. Las cosas buenas que hizo en su administración quedan empañadas no por causa de otros, sino por sí mismo. No pudo él ni sus allegados resistir la tentación de hacer negocios con el Estado. Termina su período salpicado de escándalos, con promesas incumplidas, y otras rotas, destruidas por ese insano deseo de anteponer los intereses personales y políticos sobre los de la colectividad. Además de la costosa cinta costera, su administración también nos deja un detestable legado: corrupción, impunidad e inseguridad ciudadana.
Será recordado como el que abandonó a su suerte la educación, como el que pudo mejorar el transporte y no tuvo la estatura política para hacerlo; aquel en cuya administración murieron más de un centenar de personas con medicinas envenenadas de la Caja de Seguro Social sin que nadie fuese responsable por ello; o ese que nunca sancionó a los funcionarios de su gobierno que cometieron un “error” que nos costó más de 30 millones de dólares. En fin, fue otro quinquenio perdido para el pueblo panameño: un costal de compromisos que solo sirvió para mantener a Martín Torrijos en el poder. Pudo ser un estadista y terminó siendo otro más de la Patria Vieja.