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Las vueltas de la rueda de la fortuna

En épocas de crisis económicas, hay individuos que caen inocentes en ofertas que le prometen sacarlos de la ruina con bastante facilidad. La trampa está servida por culpa de la necesidad.

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TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
LÍMITES Y MÁRGENES

Junto al torrente de mensajes electrónicos indeseados que a diario me ofrecen toda clase de milagros químicos, financieros y turísticos, ha empezado a repetirse en mi casilla, con alarmante insistencia, la buena nueva de que soy el ganador de distintas loterías.

No acostumbro responder a esos e-mails para evitar el aluvión de imitadores que me prometerían fortunas en bandeja.

En tiempos de crisis económica y desconfianza en el sistema como los que se viven, suelen multiplicarse las ilusiones de salvación por medio del dinero.

Es otra de las formas que asume el pensamiento mágico para proteger el corazón humano de las incertidumbres del desempleo creciente, las jubilaciones evaporadas por estafadores como el insuperable Bernie Madoff y las ejecuciones hipotecarias con que comenzó esta inesperada derrota del futuro.

Si la previsión no puede dar certezas, ¿por qué no lo haría el azar?

En Slumdog Millionaire, la película que ganó este año ocho de los premios Oscar (incluyendo mejor cinta), una joven llamada Latika le explica a su enamorado Jamal que la gente confía en que solo el dinero le permitirá “huir de la vida que tiene”.

Quien cree que ganó millones de dólares en la lotería no se preocupa por reparar en gastos.

UNA DIRECCIÓN POSTAL

Excepto por la diferencia tecnológica, la historia con la que voy a distraer al lector de esta columna podría suceder mañana. Sucedió, sin embargo, hace 15 años, antes del auge de la internet y de la decadencia del correo estadounidense.

Desde entonces el mundo ha dado muchas vueltas, pero la credulidad desesperada de los seres humanos es la misma, aunque multiplicada por las ruedas de la fortuna online.

Cierta mañana, a fines de junio, un amigo venezolano, al que conocí en Caracas cuando llegué exiliado y sin un peso, fue a visitarme por sorpresa a mi casa de Highland Park, en New Jersey.

Aun antes de que lo abrazara y lo invitara a pasar, pidió que le permitiera usar mi dirección postal.

“Pronto voy a ser rico”, me dijo Franklin (ese es su nombre). “Voy a ganar el gran billete con el sweepstake.

Hasta el momento, esa palabra significaba para mí apenas una herramienta de promoción comercial que aparecía con fatigosa puntualidad en mi correo.

UNA APUESTA SEGURA

El sweepstake de mi amigo, en cambio, estaba lleno de misterio.

No podía negarle ayuda, pero quería entender mejor lo que necesitaba.

Le pregunté por qué no tomaba una casilla de correos en Miami. Cuestan poco, son seguras, y la misma oficina podía desviarle las cartas a la dirección que él quisiera.

“Voy a ganar 10 millones de dólares y una casilla de correos no me sirve”, explicó, “porque necesito un lugar físico en el que se puedan almacenar objetos”.

Como advertí que mi reticencia lo ofendía, le dije que contara conmigo: con mi dirección postal y un altillo para los objetos.

Le informé que el rincón se derretía en verano y se congelaba en invierno.

“No importa. Son cajas de acuarelas, radios, tijeras de podar”, me tranquilizó. “Nada que te desvele. En un par de meses me llevo todo”.

Mi curiosidad aumentó. Busqué en el diccionario Oxford el significado de la palabra sweepstake. Allí se la define como “lotería en la que una sola persona gana las apuestas de todos”.

Una perfecta fuente de inspiración para los estragos futuros de Wall Street y Bernie Madoff.

UN SELECCIONADO

Las cosas empezaron a suceder demasiado rápido, antes de que pudiera orientarme en las rutinas de la realidad.

Recibí el primer sobre del sweepstake a mediados de julio. Me sorprendió la velocidad con que mi amigo había dado en el blanco.

“Urgente”, decía una gran leyenda, junto a las estampillas. “Usted ha sido seleccionado como uno de los 10 finalistas para ganar 10 millones de dólares. Llene los formularios adjuntos y espere nuestro aviso”.

Le pregunté a qué azares se había sometido antes de llegar a una final de solo 10 personas que le permitiría embolsar más dinero que Donald Trump en dos semanas.

“Poca cosa”, me respondió. “Compré una pala mecánica para la nieve y unos patines con doble cuchilla de acero para hielo. Gasté solo 900 dólares. Si con eso puedo ganar 10 millones de dólares, hice el negocio de mi vida, ¿no te parece?”.

“Tal vez”, le dije, “si acaso puedes usar alguna vez la pala y los patines en Caracas”.

Disipó mis últimas dudas cuando me explicó que el reglamento del sweepstake le garantizaba una o dos compensaciones monetarias y le aseguraba que no era necesario seguir comprando para mantenerse en carrera. De todos modos, le sugerían que evitara quedar rezagado.

La enorme pala con motor y los patines llegaron tres días después. Tuve que pagar el flete y casi me partí la espalda cuando llevé al altillo la caja pesadísima.

No sé por qué hice todos esos sacrificios. Ahora me consuelo pensando que fue solo para poder contarlo.

TODOS RECIBEN ALGO

Mi amigo se mantenía airoso en la carrera. A fines de octubre figuraba ya entre los cinco finalistas. Los mensajes se tornaban cada vez más perentorios:

“Conteste en 24 horas”. “Llene y devuelva los 35 formularios adjuntos antes de mañana a las 9:00 a.m.”.

Cada uno de esos mensajes me obligaba a pagar franqueos urgentes a Venezuela. Por teléfono, Franklin me daba ánimo.

De vez en cuando, el cartero me entregaba la correspondencia con una risita sobradora. “Y, ¿su amigo ya ganó algo?”.

Yo no le contestaba.

Por fin, un sábado llegó el primer cheque, cruzado, para cobrar en un banco panameño.

El monto era irrisorio: 3.75 dólares. Lo revisé más de una vez, incrédulo. Esa era la cifra: El sweepstake aseguraba que todos los participantes recibirían algo y allí estaba la prueba.

A la semana, enviaron otro cheque por 500 dólares, que solo servía si con él se compraba un televisor que costaba 900 dólares.

Llamé a mi amigo para recomendarle que no se metiera en ese baile. En mi casa había decenas de folletos que ofrecían el mismo aparato por 350 dólares.

“Tengo que comprarlo”, me explicó él, resignado. “Si no lo hago, voy a perder mi lugar en las finales. Ahora quedamos solo tres”.

“¿Cuánto has gastado ya?”

“Unos mil 900 dólares”, me dijo. “Eso no es nada comparado con los 10 millones”.

INFINITOS FORMULARIOS

A mediados de enero, recibí una carta urgente y entusiasta, que anunciaba la llegada de Franklin a la recta final:

-“Usted es uno de los dos finalistas”, decía una gran leyenda impresa en el sobre. Lo llamé para darle la noticia.

“Voy para allá en el primer avión”, me anunció, excitado.

Lo esperé con todos los papeles. Mientras le servía café, lo escuché gritar.

En el vuelo, su compañero de asiento le había dicho que, si no era residente o ciudadano de Estados Unidos, debía moderar su entusiasmo.

Prefirió no creerle entonces, pero al final descubrió, en uno de los infinitos formularios que debía completar y firmar que, en efecto, por residir en otro país y tener otra nacionalidad, siempre había estado fuera de carrera.

Perdí un par de días consolándolo. Antes de partir, puso avisos en todos los diarios suburbanos para vender las armas de guerra contra la nieve y el hielo que a nadie interesaron, ni aun a precios de liquidación.

Todavía están allí esperándolo, arrumbadas en mi altillo.



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