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Quedé huérfana de padre a los 14 años y nunca tuve la experiencia de convivir con un padrastro.
Así que de eso no sé mucho: después de esa madrugada en que papi nunca se despertó, mami no nos impuso a un “papá nuevo”.
Conversando con una queridísima amiga, quien contrajo segundas nupcias con un muy, muy buen hombre, me dice lo difícil que fue para su retoño adaptarse: psicólogos, atender las dudas y temores del niño, todo lo que conlleva un cambio en la estructura familiar. A ella el suyo le salió de lujo, pero luego están los padres de ruleta, esos que entran y salen de la vida de muchas mujeres con una rapidez que trae a la mente las puertas giratorias de los grandes emporios comerciales.
Por supuesto, esto también les pasa a los hombres cuando eligen mujeres menos que perfectas, como las pillas que engatusan a los pobres bobalicones que les creen sus lisonjas y zalamerías para darles una patada cuando no los necesitan.
Y nosotros, como ciudadanos, cada cinco años también botamos de la casa al paterfamilias de turno, al presidente que hemos elegido como gobernante, y le aplicamos el voto castigo.
“No te quiero porque no fuiste bueno conmigo; porque me prometiste a Santa Claus y nunca vino con su bolsa llena de juguetes; porque trajiste contigo a todos esos otros ‘tíos’ que también se aprovecharon de mi mamá Patria, que le robaron sus alhajas, la plata que estaba ahorrando para mi educación y, como si fuera poco, hasta las estatuas del parque donde juego”. “Eres un mal papá, y no te quiero”.
Y ahora viene la lingüística: Padre y Patria, tienen las mismas raíces, así como aquel cuento de “hacer como un buen Paterfamilias” o padre de familia. Y en el caso macro que nos ocupa el primero de julio, un buen padre de la patria.
Entre las lenguas romances tenemos: Español e italiano = padre; francés= père. En las germánicas: inglés= father; alemán= vater y holandés= vader; en las antiguas, el griego y el latín ambas tienen pater, y todas las anteriores provienen del sánscrito pitar.
El sánscrito, para decirlo de manera sencilla, es la expresión culta del grupo indoario: en él, los gramáticos indios del siglo IV a.C. codificaron los elementos lingüísticos, amén de los textos sagrados e históricos, épicos y dramáticos que permitieron establecer que todas nuestras lenguas tienen, en efecto, un ancestro común.
Y casi todos los políticos tienen un ancestro en común, y cada lustro vamos a las urnas esperando que este papá nuevo que nos toca, este, este tal vez funcione. Me recuerda las tristes escenas dickensianas de los huerfanitos con la nariz pegada a los cristales mientras observan a las parejas que llegan a adoptar a uno de ellos, esperanzados, cruzando los deditos detrás de la espalda, y rongando: “Diosito, por favor, que esta vez me escojan a mí un buen papá y una buena mamá”. Y de muchos, pocos se sacan esa “lotería”. Pero nosotros seguimos esperanzados, y el próximo 1 de julio también tendremos la nariz pegada a los cristales, los deditos cruzados, y a ver cuánto dura la esperanza.
Señor Martinelli, no defraude a sus conciudadanos, que por los próximos cinco años lo hemos elegido de mandatario. Ya sabemos que doña Marta es una dama con cualidades que la harán una espléndida primera dama, y que usted es un empresario sagaz: sea también un buen paterfamilias y vele por el bienestar de los millones de panameños cuyo futuro reposa en sus manos.