
Opinión |
|
TRANSICIÓN
Y colorín, colorado, este cuento no se ha acabado. Apenas está empezando. El 3 de mayo fue el cierre del capítulo “Campaña electoral”. Hasta ahí todo bien. El Tribunal Electoral demostró, una vez más, que merece nuestra confianza; la ciudadanía salió a votar con mucho entusiasmo y, siguiendo el patrón de 20 años, le cerró el paso a la continuación del gobierno en el poder.
A Ricardo Martinelli le dio buen resultado calzarse las zapatillas y caminar sin tregua en “los zapatos del pueblo” posando como herrero, carpintero, zapatero, “cascaroso”, raspadero, pescador, albañil, bailarín, chichero, estrella de televisión y miembro destacado de una junta de embarre, para lo que se quitó las Converse; ignoró las críticas a su estilo y siguió adelante, haciendo lo que hacen nuestros candidatos: besar niños, ancianitas, repartir abrazos y sonrisas, y comer a lo Pablo Pueblo.
La candidata Balbina Herrera también besó niños y ancianos, participó en un embarre, bailó, caminó y fue puro corazón; Guillermo Endara, por razones obvias, menos activo, regaló besos y abrazos; caravaneó al lado de su bienamada Ana Mae; y, al final, nos deslumbró con unas llamativas botas western que nada tuvieron que ver en las broncas con su vicepresidente. La familia de los candidatos, esposa, hijos, hermanos y hasta las mamás también hicieron lo suyo. Todo al estilo de los “de acá”.
¿Puede alguien imaginar a la alemana Angela Merkel repartiendo sauerkraut a los colegas del Bundestag para conseguir votos? Ni soñarlo. ¿O al presidente francés, Sarkozy, con un gorro de cocinero, amasando una bola de masa para hornear un rico baguette en el Barrio Latino de París? Y menos, a los hijos de Putin, y a su padre, Vladimir Putin, primer ministro, danzando una polka rusa en un barrio de Moscú, o repartiendo blinis cerca de la Plaza Roja. Si bien Obama y McCain repartieron besos y abrazos a tutiplén cuando se disputaban la Presidencia de Estados Unidos, no recuerdo haberlos visto preparando hot dogs o cocinando hamburguesas para sus electores.
El polémico y arrogante Silvio Berlusconi, primer ministro italiano, ha optado por una fórmula que disgustó tanto a su esposa, Verónica, que hasta el divorcio desea: escoger a chicas jóvenes y guapas para las elecciones del Parlamento Europeo en junio. Comparando, diría que los nuestros, a lo mejor por efectos del clima tropical, son mucho más coloridos y creativos. Pero, hasta ahora, a ninguno de los nuestros se le ha ocurrido una “berlusconada”.
Grandes retos esperan al nuevo presidente, que prometió resolver los complejos problemas que nos traen por la calle de la amargura: inseguridad, educación, comida cara, corrupción, transporte. Además de los grandes problemas, existe un sinfín de situaciones que nos afectan desde el momento en que ponemos pie en la calle, ¡y hasta en casa! Entre éstos, el ruido excesivo y la contaminación visual; el abuso de comercios y edificios que se han apoderado de calles y aceras; la baja y ofensiva calidad de algunos medios de comunicación con programas con farsantes promoviendo la superchería y la estafa; el cierre de calles como medio de presión hasta por un “quítame allá esas pajas”; la mendicidad. Ninguno de estos problemas y otros de naturaleza similar, están fuera del alcance del Gobierno y no deberían ser ignorados. A propósito de contaminación visual, el único que ha empezado a retirar su propaganda es Miguel Antonio Bernal que, aunque no resultó ganador, demuestra lo que ya sabíamos: que sabe honrar sus compromisos. Veo difícil que lo hagan los perdedores, que deben estar “limpios” como una patena. Y los ganadores, ya casi en el poder, ¿estarán por encima de lo que ordena la ley? Veremos.
El período de transición parece haber empezado bien, con elogios mutuos y cortesía ejemplar de parte del gobierno saliente. Las nominaciones para el gabinete inaugural deberían ser la primera muestra de buen tino del presidente electo. Por otra parte, sería costoso error que para acomodar amigos y copartidarios, siguiendo perniciosas prácticas, el nuevo gobierno se deshaga de funcionarios valiosos y capacitados en los que el Estado invirtió.
Es lamentable que Panamá carezca de una verdadera carrera administrativa, tarea que no debe posponerse; es perjudicial para la buena marcha del gobierno que los empleados públicos estén en la cuerda floja (y casi todos lo están) cada cinco años. Con una asamblea de diputados favorable, la voluntad del Ejecutivo, y lo que los buenos ciudadanos puedan aportar, el futuro presidente, Ricardo Martinelli, tendrá cinco años para cumplir sus promesas de cambio. Por el bien de todos, ojalá lo logre. Lo prometido es deuda.
• Lo prometido es deuda: Berna Calvit
• Lecciones electorales: Eduardo Espino
• El verdadero desafío: Irene Giménez
• De las palabras a la acción: Amarilis A. Montero G
• Se acaba nuestro patrimonio: Javier Edwards