
Panorama |
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Este año se cumple el 50 aniversario de la toma del cerro tute, en Veraguas
Los rebeldes estuvieron a punto de asesinar al entonces capitán de la Guardia Nacional Omar Torrijos, quien tenía la orden de ‘matarlos’.
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| Nelly Cecilia Murgas1183244 |
william sala
wsala@prensa.com
¡Al suelo! Así le gritó un subalterno al entonces capitán Omar Torrijos Herrera cuando estaban en pleno enfrentamiento con jóvenes rebeldes en el cerro Tute, en Santa Fe de Veraguas. El combatiente había visto al estudiante Rodrigo Pinzón disparar contra Torrijos.
El aviso le “salvó la vida” a su jefe, recuerda la maestra y líder comunitaria Nelly Cecilia Murgas, hermana de Rodolfo El genio Murgas, otro de los jóvenes que participaron en el movimiento armado del 3 de abril de 1959, que se alzó en Panamá en contra del presidente Ernesto de la Guardia Navarro (1956-1960).
El que no se salvó de morir fue Pinzón, quien fue abatido a tiros –el 6 de abril de 1959– por la tropa de Torrijos, tres días después de que comenzó el levantamiento de cerro Tute.
Ayer se cumplieron 50 años de aquella batalla. En Veraguas, el comité pro homenaje a los combatientes del cerro Tute realizó actos para recordar a los caídos.
Registros
Los periódicos de la época –entre ellos La Hora– publicaron que miembros del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) se atrincheraron en cerro Tute como parte de la lucha armada contra el gobierno y la complicidad de éste con el militarismo.
| REMEMBRANZAS DE LA HISTORIA |
LEVANTAMIENTO. El 3 de abril de 1959, un grupo de jóvenes armados se internó en las montañas de Santa Fe, Veraguas. Eran simpatizantes de la revolución castrista en Cuba y luchaban por la ‘liberación de la República’. REACCIÓN. La entonces llamada Guardia Nacional envió, de inmediato, un contingente de unos 40 militares. Apresaron a Euribiades Medina, el guía que ayudó a los rebeldes a llegar hasta el cerro Tute. ENFRENTAMIENTO. El destacamento de la Guardia Nacional, a cargo del capitán Omar Torrijos, entró en contacto con los alzados el 6 de abril de ese año. Hubo un enfrentamiento entre ambos bandos y Torrijos resultó herido. CAÍDOS. Para el 13 de abril se conoció que en el combate murieron cuatro rebeldes: Rodrigo Pinzón, Eduardo Santos Blanco, José Rogelio Girón y Domingo García; y cinco guardias quedaron heridos. Además, la Guardia detuvo a 11 rebeldes, según la obra ‘Estudios sobre el Panamá Republicano’ (1903-1989), de Patricia Pizzurno y Celestino Andrés Araúz. |
En ese enfrentamiento Torrijos resultó herido en “la espalda y brazo izquierdo, como él mismo me lo confesó”, afirma Murgas al recordar cómo ocurrieron los hechos.
Murgas dice que en el levantamiento participaron 38 estudiantes que decían estar cansados de las injusticias sociales que había en el país. Fue por eso que tomaron las armas de la tienda de Saturnino Arrocha y se internaron en las montañas, agrega Murgas.
Tras conocerse en Panamá lo acontecido, el jefe de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino, comisionó al entonces capitán Torrijos, quien estaba en el Cuartel de Colón, para terminar con el movimiento subversivo.
“Vallarino designó a Torrijos porque el capitán había nacido en Veraguas y por su condición de haber estudiado en la Normal de Santiago”, indica Murgas.
La orden de Vallarino –recuerda– era muy clara: “matar a los rebeldes”.
El enfrentamiento entre los jóvenes rebeldes y los militares dejó como saldo cuatro muertos. “Rodrigo Pinzón fue el segundo de los estudiantes en morir. El primero fue Eduardo Santos Blanco”, dice Murgas.
También murieron José Girón y Domingo García.
El genio Murgas se dedicó a hacer guardia en la montaña, junto con sus compañeros rebeldes de lucha.
Algunos se escondieron y otros lograron huir por el río Santamaría, como es el caso de Polidoro Pinzón, quien dos años después murió en un atentado con una bomba, en la Avenida Eloy Alfaro, en la ciudad capital.
Entre los dirigentes del MAR estaban: Jaime Padilla, Samuel Gutiérrez, Rodrigo Pinzón y Augusto Fábrega (actual embajador de Panamá en Rusia), explicó Alcibiades Alcedo, presidente del comité de recordación.
TESTIMONIO
La misión en la selva del cerro Tute
Por esas cosas del destino también estuve allí, aunque más al norte donde nace el caudaloso río Calovébora, y se precipita ruidoso entre gigantescas piedras de basalto hacía el océano Atlántico.
Con un pelotón bajo mi mando de disciplinados miembros de la Guardia Nacional (GN) –sin adiestramiento ni condición física, ¡incluyéndome!–, para afrontar este tipo de misiones de combate de guerra irregular, ya que nuestra misión institucional entonces era puramente policial.
Llegamos a la comunidad de Santa Fe, en la falda del cerro Tute, aproximadamente al mediodía, bajo el comando del capitán Omar Torrijos. Después de hacer un análisis de la situación y reconocimiento del terreno, junto a los tenientes Humberto Ramos, Juan Bernal, el capitán médico Jorge Reyes Medina y el capitán Torrijos, recibí órdenes del capitán de que escalara hacia la cabecera del río Calovébora al amanecer, con un guía lugareño, y estableciera un puesto de control en la comunidad indígena El Guabal. El propósito era cerrar las vías de escape y maniobra a los alzados en armas, todos muy jóvenes e idealistas contagiados por el triunfo de Fidel Castro, en enero de ese mismo año 1959.
La misión incluía interceptar a los invasores milicianos castristas, ya en alta mar, que habían zarpado de Cuba, según los informes de inteligencia aportados por Estados Unidos.
Nuestras evaluaciones y subsiguiente “orden de operación” concluyeron que el desembarco de los invasores cubanos era una acción coordinada con el alzamiento del cerro Tute.
A las 6:00 a.m. del otro día iniciamos el ascenso hacia el norte, en dirección al Atlántico, con suficientes raciones de comida y agua para una semana y un radio de campaña PRC 6.
Después de escalar en marcha fatigosa por la selva boscosa, muy húmeda, esa noche pernoctamos en la ribera del río Mulaba. Llegamos exhaustos y deshidratados. El guía campesino de unos 40 años, (yo tenía 25 años y era la edad promedio del pelotón) enjuto, quien solo ingería raspadura, arroz dormido y tasajo, era el que mejor estado físico lucía.
Al día siguiente, al atardecer, llegamos a El Guabal. Estuvimos por unos 12 días allá arriba, sin saber nunca más del resto de las tropas ni del capitán Torrijos, ya que por la espesura de la selva el radio de campaña no servía.
Cinco días más tarde habíamos agotado las raciones y el agua potable. Hice regresar al guía a Santa Fe para informar al capitán Torrijos que estábamos en el punto de control, pero incomunicados y sin raciones.
Los indígenas siempre guardaban distancia de nosotros con actitud curiosa. Todos de baja estatura, muy delgados y rostros parecidos unos a otros, sin lugar a dudas allí campeaba la promiscuidad e incesto como consecuencia del aislamiento. Era un núcleo de unos 50 pobladores.
Se alimentaban de un maíz primitivo (de mazorca pequeña), yuca, mini plátanos y los peces de los ríos Mulabá, Piedra y Calovébora.
Aunque había una variada fauna silvestre en su entorno como monos, tapires, venados y loros, no tenían escopetas para cazarlos. Nosotros evitamos utilizar las armas para esos propósitos, por seguridad táctica.
Ya no teníamos comida y la tropa comenzó a languidecer. El agua de los ríos, aunque cristalina, nos infectó a todos de tenia o solitaria.
Pocos de la tropa me habían conocido previamente, para ellos era solo el subteniente No. 6 de la GN. Era todo lo que sabían de mí, pues mi pelotón era un “picasay” de varios cuarteles de la capital y del interior seleccionados al “ojo por ciento”.
Ya con hambre decidí pedir qué comer y pagar con algo de dinero por los alimentos. Aprendí que el dinero en aquel caserío no circulaba. Entonces surgió la humanidad de aquellos desdichados y nos alimentaron por otros cinco días.
Las tropas tenían recelo de ingerir aquel guacho de maíz, plátano y yuca, porque aparentaba ser la famosa “chicha mascada”.
A la hora del primer almuerzo pasé la voz: ¡a comer con los ojos cerrados o nos morimos de hambre! ¡Es una orden!
El tiempo transcurría, cero guerrillero ni panameño ni cubano, y seguíamos incomunicados; todos mis hombres habían bajado de peso, estaban resfriados y algunos presentaban brotes de leishmaniasis y otros tenían tórsalos.
De repente, sentimos un tropel que avanzaba desde el Atlántico hacia nosotros. Los indios pusieron los pie en polvorosa y nosotros a la posición de defensa del puesto previamente establecida. Era el teniente Patrocinio Viola, quien había llegado por mar y desembarcó en la desembocadura del Calovébora, con unos 15 guardias. Al verlo, lo saludé militarmente desde la posición de firme –era mi superior en rango–, se acercó, me abrazó y expresó: “Súbete, Paredes, hace cinco días la guerra terminó”.
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