Opinión

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DESCONTROL

Un país de locos

1175713Carlos Guevara Mann
opinion@prensa.com

Todo indica que Ricardo Martinelli será el próximo Presidente de Panamá. Su éxito obedece a varias causas. Una de ellas es el nivel de frustración de los que (ilusamente) creyeron en Martín y un “nuevo” PRD en 2004. Hoy, todos coinciden en señalar que la tan cacareada “patria nueva” (de orígenes trujillistas, pues el término lo copiaron de la tristemente célebre tiranía que esclavizó a la República Dominicana durante tres décadas) ha sido un espectacular desastre.

Tenemos, en la actualidad, un país de locos. ¿Quién que esté en posesión de sus cinco sentidos puede pensar que el transporte, la inseguridad ciudadana, el alto costo de la vida, la infraestructura pública y la calidad de los servicios de salud y educación en Panamá son para gente cuerda? Por acción u omisión, en todo aquello tiene metidas sus garras sucias y ensangrentadas el PRD. La “patria nueva” nos ha llevado a la locura.

¿Y qué decir del endeudamiento estatal? De ello se habla muy poco y con pésimo criterio, pero si revisamos sus pormenores es cosa de locos. No sería extraño descubrir en ese renglón un tremebundo caso de cleptomanía. Porque mil 400 millones de balboas, que es lo que según el Ministerio de Economía y Finanzas ha aumentado la deuda pública entre el momento en que Mireya dejó el gobierno y el 31 de enero de 2009, no se fuman en pipa.

Se trata de 26 millones de balboas por mes. ¿En qué se ha gastado esa plata? Una de las tareas iniciales de Martinelli será ordenar una auditoría prolija de la deuda pública. Cuando comencemos a sufrir las consecuencias de la contracción que The Economist predice para 2009 (La Prensa, 6 de marzo), los escandalosos niveles de endeudamiento a que nos ha catapultado el PRD tendrán efectos negativos sobre las posibilidades del próximo gobierno.

Y no hablemos de corrupción. El HP-1430, la casa de Punta Mala y los “durodólares” –a cuya presencia en una nevera aludía Martín, como disco rayado, en su propaganda chapucera contra la corrupción– son un detalle ridículo al lado de la histórica y permanente venalidad perrediana, cuyo repertorio incluye ahora la tragicomedia –no de Calisto y Melibea– sino de la chola ricachona, el bobo de la yuca, el muñeco que pasea y el hombre de la colita.

Ese gatuperio sobre “inversiones” en la campaña perredista, que es la esencia de la tragicomedia, causó la descompostura de la candidata oficialista en el “reality show” de Casimiro: un colapso nervioso nada digno de quien pretende dirigir los destinos de un Estado, pero sí muy a propósito de quien aspira a una actuación telenovelesca de cuarta categoría.

Un “pasado oscuro” (como lo describió el alcalde licenciado en una cuña televisiva de gran circulación) también contribuye a explicar la ascendencia de Martinelli en las preferencias del público votante. “La memoria es más fuerte que el olvido”, solía decir el Dr. Carlos Iván Zúñiga. El recuerdo del historial de su candidata conducirá al PRD a un apoteósico descalabro en la elección presidencial.

Y eso que la campaña no se ha centrado en los estrechos vínculos entre Noriega y la hija del proceso, ni su comparecencia como testigo número 13 en el juicio de Miami (tema al que se refirió Betty Brannan en su interesante columna del domingo último) ni en sus actividades represivas en el Distrito Especial de San Miguelito ni en la proveniencia de los millones que ha declarado tener, ni en su estabilidad emocional ante situaciones críticas.

¿Qué nos depararía un gobierno presidido por ella? ¿Estallidos de furia leonina cada vez que se encuentre en apuros? ¿Manotazos y puñetazos contra sus adversarios, como los que le propinó al diputado Guillén durante la torodictadura? ¿Ataques de histeria con llanto descontrolado? ¿O represión autoritaria de todo lo que se oponga a sus caprichos, como corresponde a la génesis cuartelaria de ella y su compinche Triple D?

El país que tenemos hoy es una verdadera locura. La corrupción generalizada, la falta de respeto a los problemas del pueblo, la destrucción de la institucionalidad democrática, el endeudamiento alarmante y la nefasta candidatura de Balbina explican por qué el electorado está loco por el cambio que representa Martinelli. Tan sencillo como eso.


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