
La tragedia ocurrida días atrás en el Pacífico, cerca de las costas de Darién –en la que desaparecieron 11 personas tras el naufragio de una embarcación–, pone en evidencia la fragilidad de nuestros controles: está comprobado que ninguno de los que abordó la nave contaba con salvavidas, un accesorio que seguramente habría salvado a muchos de ellos. Y si a ello le sumamos el hecho de que en Panamá no hay una cultura de seguridad, los riesgos se multiplican.
Esta calamidad, como reconocen los especialistas, es comparable al accidente del SAN-100, solo que aquí los que viajaban no eran autoridades, sino desplazados. Solo es cuestión de tiempo para que nuestra usual despreocupación por los asuntos de seguridad, la falta de inspectores y la carencia de una verdadera política en esta materia converjan una vez más, y una fatalidad de igual o peores proporciones se repita. Por ello es urgente que las autoridades presten más atención a este tipo de accidentes y presenten los correctivos a las actuales deficiencias. Quizá no sean de alto perfil las personas que abordan esos botes, pero no por ello sus vidas valen menos.