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PLANEACIÓN
PARÍS, Francia –Hace 10 años entrevisté al ilustre arquitecto Frank Gehry bajo unas toldas azules de plástico en Fuerte Sherman (ver columna del 4 de julio de 1999). Él me habló críticamente de la arquitectura en Panamá y enfatizó que nuestro país debiera tener un plan de desarrollo que no destruya “el eco–patrimonio de Panamá, que es único en el mundo”. Desde entonces he albergado muchas esperanzas de que el museo que Gehry ha diseñado para Panamá, y que se está construyendo en Amador, sea algo esplendoroso que tenga para Panamá ese “efecto Gehry” que muchos tildan más bien de “efecto Bilbao”. La frase se refiere al boom turístico y económico que el Museo Guggenheim, diseñado por Gehry, tuvo en Bilbao, España. He visitado ese museo en Bilbao dos veces y el miércoles dispuse visitar el único museo Gehry que hay en París.
Descubrí que no todos los edificios Gehry son exitosos, por bellos que puedan ser, y que el ejemplo parisino es aleccionador. El edificio Gehry en París es interesantísimo –lo encontré lindo, a decir verdad– pero su construcción causó la bancarrota de sus dueños y hoy pocos se acuerdan de él.
En los años 80, los dirigentes del Centro Americano en París dispusieron vender su edificio viejo en un área comercial pero elegante y construirse un edificio llamativo que fuera símbolo del prestigio estadounidense, según señaló The New York Times. Contrataron a Gehry con un presupuesto de 41 millones de dólares pero tuvieron mucha dificultad en reunir el dinero. La venta del edificio viejo solo produjo 20 millones de dólares y a puro pulmón lograron recaudar 22 millones de dólares adicionales, pero eso los dejó con casi nada para gastos de operación; a los 19 meses, el centro tuvo que declararse en bancarrota. El edificio se cerró mientras buscaban un comprador y permaneció cerrado más de 10 años. Finalmente, el Gobierno francés lo compró a precio de ganga en 1996 (un año antes de que abriera el Gehry de Bilbao), pagando solo 21 millones de dólares por el edificio. Hoy día, ese edificio es sede de la Cinémathèque Française, que incluye un pequeño museo de la historia de la cinematografía, junto a una colección importante de filmes, objetos, y archivos, y un conjunto de teatros para presentaciones especiales.
Lamento decir que el museo me pareció pobre y la ubicación del edificio aun más pobre; queda en un área relativamente fea e inaccesible. El edificio en sí, como ya dije, me pareció lindo. (Foto en www.cinematheque.fr y otras páginas web.) Por fuera, tiene ese estilo inconfundible de Gehry pero con la distinción de estar construido de piedra; según leo, el mismo Gehry lo ha descrito como “una bailarina que se está levantando el tutú” (descripción que me parece poco halagadora). Por dentro, he leído que inicialmente había gran luminosidad y distintos niveles que se intercalaban; hoy queda poco de eso, porque el interior fue rediseñado para la cinemateca.
El Museo Guggenheim en Bilbao, por contraste, es simplemente espectacular. Por fuera, el visitante queda boquiabierto ante la silueta inesperada, el cambiante brillo del sol sobre el exterior metálico, y mucho más que no sé explicar porque no soy arquitecta. El entorno es muy atractivo, al borde de un río y con un despampanante puente de Santiago Calatrava a pocos metros; el barrio alrededor se ha engalanado para estar a tono con tanta belleza. Adentro, los espacios son enormes y llenos de luz, aunque no con exposiciones de primera.
Tengo muchas esperanzas que nuestro museo Gehry –con su ubicación privilegiada y contenido único– tenga el éxito de Bilbao pero el ejemplo parisino me ha ilustrado que un exitoso “efecto Gehry” no ocurre por sí solo. Requiere que promotores y gobernantes se unan para planear muy bien el financiamiento, el entorno, y todos los demás detalles esenciales a la magia de un edificio icónico. Quiero pensar que así hemos hecho.
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