
[DESEMPEÑO PRESIDENCIAL]
Instalado en el Olimpo de la pureza conservadora, Bush plácidamente toleró la corrupción que condujo al país a la crisis hipotecaria con todas sus secuelas.
Sergio Muñoz BataA pocos días de que oficialmente termine la pesadilla creada por la imprudencia y la impericia del presidente George W. Bush, se impone revisar el lamentable legado que sus ocho años en el poder le dejan al país y al mundo.
Desde mi perspectiva, Bush es directamente responsable del desprestigio moral del país y de la declinación de su influencia en el mundo por su irresponsable decisión de invadir a Irak. Detesto su desprecio a las convenciones y tratados que norman las relaciones entre Estados soberanos; su abominable justificación de la tortura; su imperdonable condonación a las violaciones de los derechos humanos de los prisioneros y a los derechos civiles de las personas a quienes el Gobierno espía sin causa legal justificada o les ha “transportado”, en operaciones secretas, a otros países para que ahí sean torturados. Bush es también responsable del deterioro económico del país, porque su rigidez ideológica le impidió intervenir a tiempo para rectificar la ruta. Instalado en el Olimpo de la pureza conservadora, Bush plácidamente toleró la corrupción que condujo al país a la crisis hipotecaria que generó las dificultades del sistema bancario nacional, de la industria aseguradora y de la automotriz.
Evidentemente, mi visión del desempeño de Bush no es compartida por los operadores políticos del presidente que hoy se afanan masajeando un delirante mensaje sobre los “logros” de su administración. La misión de rescate la encabeza el propio Bush, quien este lunes afirmó: “Estoy totalmente en desacuerdo, con la afirmación que sostiene que la estatura moral del país ha disminuido”.
Con su acostumbrada bravuconería, salpicada esta vez con pequeñas dosis de sentimentalismo ramplón, Bush resucitó la tesis de su ex secretario de Defensa sobre la decadencia de la vieja Europa para señalar que su impopularidad entre las élites europeas le tiene sin cuidado. En África, India y China, dijo Bush, él y el país siguen contando con altos índices de aprobación.
Evadiendo su responsabilidad por la crisis económica en la que deja inmerso al país, Bush lamentó haber tenido que flexibilizar su inquebrantable fe en los principios del mercado libre al autorizar que se utilizara el dinero de los contribuyentes para rescatar a la industria bancaria nacional.
De la invasión a Irak lo que lamenta es el letrero de Misión Cumplida en el portaaviones en el que aterrizó disfrazado de piloto de guerra semanas después de la invasión a Irak. No le aflige la muerte de miles de iraquíes y soldados americanos. Dos temas que le incomodan son el trato dado a los presos en Abu Graib y haber descubierto, tarde, que Irak no tenía en su poder las famosas armas letales. Pero sigue pensando que sin las detenciones extrajudiciales y las confesiones obtenidas mediante tortura no hay manera de proteger la seguridad nacional.
El presidente tampoco muestra remordimiento por el desinterés que mostró en agosto de 2005 por las víctimas del huracán “Katrina” en Nueva Orleans. Indiferente ante la destrucción de Nueva Orleans, Bush tardó días para visitar las áreas afectadas y hoy sigue diciendo que es injusto criticar a su administración por su caótica y tardía intervención de rescate a las víctimas.
Repitiendo accidentalmente la famosa frase de autodefensa de Fidel Castro en octubre de 1953, Bush ha dicho que la historia le absolverá. Haciendo a un lado la ironía de la concordancia, para mí es evidente que ambos se equivocan. El juicio de la historia será implacable con los dos.
• La herencia
• La ‘guerra del gas’, sin final a la vista
• La crisis llega a China