PROPAGANDA ENGAÑOSA

La corrupción y el poder político

Adriano Mckenzie F.
opinion@prensa.com

A título personal, como principio, no estoy de acuerdo con la reelección en los cargos públicos, aunque la misma sea por medio de elecciones. Mi percepción en relación a este tema está basada en hechos a nivel mundial. Con un sencillo escrutinio de la vida de algunos gobernantes de diferentes países del orbe, nos percatamos de que en su primer mandato crean una pléyade de esbirros incondicionales que su principal función es inflar –el ya inflado– ego de estos gobernantes.

En su segundo período de gobierno, la egolatría de estos gobernantes reelectos llega a rayar en la idolatría hacia ellos mismos, terminando en un vulgar narcisismo. Sus cortesanos han ido aumentando en número y la calidad de sus alabanzas está a niveles divinos, tanto así que el gobernante llega a creer lo que le dicen sus lacayos y aquel que no comparta esta opinión es víctima de la más cruel persecución.

Como le sucedió a María Antonieta, la esposa de Luis XVI, previo a la Revolución Francesa, los gobernantes o funcionarios reelegidos se desconectan de la realidad que viven sus gobernados. Su mundo gira en torno a satisfacer sus caprichos personales y creer que los fondos del Estado están destinados a financiar sus viajes, adquirir vestidos y joyas de lujo, halagar a sus amigos incondicionales y a reprimir a todo aquel que no esté de acuerdo con ese estado de cosas.

La corrupción también es progresiva, los que gobiernan necesitan cada vez más que sus períodos de poder aumenten (supuestamente para terminar proyectos inconclusos), es por eso que inicialmente fueron tres años, después cuatro y ya en algunos países –incluyendo a Panamá– son cinco años de gobierno central y esto también se ha extendido a instituciones autónomas, lo que crea un cuerpo de corruptos tan voraces que al gobernante muchas veces se le escapa de las manos contener tanta voracidad.

En este año electoral, los panameños debemos sopesar muchos elementos de juicio que nos ayuden a elegir de los candidatos disponibles... el mejor de todos ellos. La tarea es ardua, existen elementos distractores; la publicidad es uno de ellos y ésta es costosa, así que los que cuenten con mayor disponibilidad de recursos económicos tienen más probabilidad de ser elegidos, aunque no sean necesariamente los mejores.

La publicidad es repetitiva, y por lo tanto es engañosa. Goebbels, el vocero oficial de Hitler decía que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad. (Sobre todo para los receptores de esa mentira) el mensaje subliminal inherente en toda campaña publicitaria conlleva un lavado cerebral que va convenciendo o creando una necesidad donde no existe.

El ver, leer, u oír un mismo mensaje en diferentes medios de comunicación como lo son: prensa escrita, televisión, radio y hasta en las páginas de internet, va logrando de manera paulatina convencer a un pueblo deseoso de un cambio, de las supuestas bondades del candidato/a emisor de esos mensajes.

Demostremos, como siempre lo hemos hecho, que somos más inteligentes de lo que creen los políticos. La publicidad es un negocio y como tal, ninguna empresa dedicada a este menester va a desperdiciar este auge de anuncios políticos pagados, vengan de donde vengan, a nosotros nos toca discernir qué es verdad y qué no lo es.

A pesar de lo anterior, siempre existe la posibilidad de que nos equivoquemos. El poder político es un veneno que transforma a la oveja más mansa en un lobo feroz que debe mantener a muchos lobitos corruptos, sedientos y hambrientos de poder.


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