EL MALCONTENTO

La desgracia democrática

1146921Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Ya, ya sé que la democracia es la panacea, que estamos felices de votar cada cinco años para que alguien haga lo que se le antoje durante todo el periodo justificando su poder en nuestros torpes votos. Este sistema de sombras nos permite vivir en la mentira con cierta dignidad. Pero, tendrán que reconocer conmigo que es triste el panorama al que se enfrenta Panamá de cara a las presidenciales de este año. Cuando leo que Ricardo Martinelli es el candidato con más posibilidades –aunque se trate de encuestas urbanas y aún poco confiables– se me eriza el pelo. No es que Balbina me guste ni me parezca mejor, pero sería muy triste que Martinelli llegue al Palacio de las Garzas solo gracias a un voto de castigo al PRD o como “mal menor”. No será menor.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el Estado no es una empresa y no se puede gestionar como tal. Los métodos y técnicas empresariales están diseñados para maximizar el lucro personal de los propietarios, no para generar valor o calidad de vida a sus trabajadores. Los ciudadanos y ciudadanas no somos trabajadores del Estado, no tenemos –o no deberíamos tener– una relación subordinada con el Estado –aunque, la mayoría de ocasiones es así–. El Estado debe prestarnos servicio y los políticos a los que damos la confianza en las urnas no pueden convertirse en finqueros por cinco años, sino en servidores públicos con el tremendo valor que tienen estas dos palabras.

Es evidente que ser millonario o ser empresario no pueden ser las credenciales de un candidato presidencial confiable. Por desgracia, este tipo de candidatos han existido y triunfado en Latinoamérica por la falsa imagen de que lo privado funciona y es limpio frente a lo público: enrevesado y corrupto. Ni lo uno, ni lo otro. Así que corresponde mirar con cuidado la propuesta de país que se supone debe tener Martinelli. Si consiste en regalar sillas de ruedas y becas y en una supuesta mano dura tan fascista como inútil –ya se ha comprobado en otros países– estamos mal. Y me temo que es así.

Quizá la opción sí sea, como algunas personas andan planteando, el voto en blanco. Un voto de protesta de verdad, que no requiere de rostro y que de ser masivo toma el rostro del pueblo, del electorado. La democracia es imperfecta como todo sistema, pero se torna en desgracia cuando es tan mentirosa, cuando todo se reduce a una votación cada cinco años y luego un periodo de virreinato donde el ganador hace lo que quiere sin escuchar lo que su sociedad requiere.

Acá, los presidentes, sin excepción, han hecho oídos sordos a todas la propuestas emanadas de la sociedad civil –la última fue la tristemente enterrada Concertación Nacional para el Desarrollo: un manual de vuelo para cualquier presidente y que dudo que siquiera hayan leído los candidatos–. Martinelli no va a ser la excepción, acostumbrado como está a ser la única voz cantante de su empresa y con unos pobres antecedentes en la gestión pública que no hablan bien precisamente de su capacidad de escucha.

Apostemos entonces, con seriedad, en la posibilidad de un voto blanco masivo porque, en todo caso, no es justo que los votantes de ningún lugar se tengan que conformar con el “menos malo”, ni con el “nuevo”. Cuando se habla de cambio lo que hace falta es propuestas innovadoras para construir un modelo de país. Ninguno de los candidatos o candidatas las tiene. Como no se logrará que ese voto en blanco sea tan masivo como para que los políticos calibren su importancia (les recomiendo leer Ensayo sobre la lucidez de José Saramago), nos tocará otra vez apostarle a una sociedad civil vigilante que aumente su presencia y su presión sobre los electos. Tremendo año, ojalá salgamos bien de esta.

[Conmovido de gozo, C. trata de poner a mandar a sus caderas siguiendo la arenga de Luis García Montero: “Levántate / gobierna tus caderas, comienza el día / por una decisión / donde arriesgar tu nombre. / Después / hace falta decir que cambiaste la escena, / que has vencido también / la inocente sonrisa del espejo/ y que prefieres hoy / La nueva brujería de los escaparates. / ˇLevántate! Tienes/ partido el cuerpo como un siglo”.]


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