
[ATAQUES]
Carlos Orellana, un trabajador de la construcción proveniente de Ecuador, quien caminaba a casa tras salir de su trabajo en un pequeño poblado de Long Island el 14 de julio, contó, cuando aproximadamente una docena de adolescentes en bicicletas lo derribaron, patearon y golpearon, gritándole: “Regresa a México”. Orellana dijo que había perdido el conocimiento y que cuando volvió en sí, no tenía zapatos y le faltaban 20 dólares. Se comunicó con la policía. Dijo que había reconocido a algunos de los jóvenes, quienes a menudo pasaban el tiempo cerca de Main Street. Sin embargo, las fotografías policiales que le mostraron no fueron de ayuda. La policía clasificó el caso como un robo en segundo grado, dijo, y nadie fue detenido.
Este tipo de ataques han captado atención desde que Marcelo Lucero, otro inmigrante ecuatoriano, fue apuñalado de muerte el 8 de noviembre cerca de Main Street. Los fiscales dicen que siete adolescentes de entre 16 y 17 años de edad, en su mayoría del vecino Medford, estaban atacando a Lucero cuando uno de ellos corrió hacia él con un cuchillo. Los ataques eran un pasatiempo establecido a grado tal que los jóvenes, quienes se declararon inocentes, tenían un nombre derogatorio para dicha actividad: “asalta-frijoleros”.
Esto no es nuevo para los latinos en Patchogue, quienes dicen que los casos de acoso, robos y asaltos los mantienen atemorizados; 11 hombres hablaron a The New York Times sobre 13 ataques, nueve de ellos en los últimos dos años. Sin embargo, el comisionado de policía del condado de Suffolk, Richard Dormer, dijo que “no se había percatado de esta situación”.
Si bien algunos inmigrantes de origen hispano dicen que se muestran reacios a reportar crímenes, porque están en el país de manera ilegal y temen a la discriminación, ellos y sus defensores creen que la policía no vio un patrón, porque no quiso verlo.
El 3 de diciembre, el grupo de activismo hispano de Estados Unidos y la Iglesia Congregacional de Patchogue invitaron a las víctimas a sus instalaciones para que reportaran los casos a los defensores y las autoridades, incluida la Policía, el procurador de distrito, el FBI y el Departamento de Justicia. La mayoría de los hombres estaba entre quienes reportaron sus historias en la iglesia.
Orellana contó su historia, y al día siguiente la policía llevó más fotografías a su casa. Esta vez, él identificó a varios de sus atacantes.
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