RADIOGRAFÍA

La partidocracia criolla

1145587 Luis Wong Vega
opinion@prensa.com

Un análisis del espectro de los partidos políticos panameños revela cosas muy interesantes. Cosas terribles, también, considerando que (salvo algunas candidaturas independientes) representan el grueso de las magras opciones del electorado nacional, que irá a votar en unos meses para escoger la dirigencia de un país en grave descomposición social y política, al borde de un nuevo ciclo de depresión económica que afectará a nuestro pobre Panamá, en formas y magnitudes insospechadas aún.

Si nos basamos en la tipología de Richard Gunther y Larry Diamond (Species of Political Parties, publicado en Party Politics, Vol. 9, No. 2, 167–199, 2003) vemos que aquí hay ejemplos bastante curiosos de partidos degenerados prototípicos, principalmente de dos tipos. Por un lado, los partidos de masa “desnaturalizados”, que en nuestro país, surgieron al amparo de circunstancias históricas particulares (Movimiento de Acción Comunal, dictadura militar, 1968–1989, etc). Se sustentaban sobre una base ideológica amorfa, matizada de elementos de su propia mitología y simbología (y mitomanía) particular. Luego de la desaparición física de sus líderes históricos, han devenido en colectivos heterogéneos más o menos estables, relativamente grandes, en donde coexisten diversas tendencias y cacicazgos, sin ideario real pero (excepto pocas excepciones) fuertemente amalgamados por la comunidad de intereses voraces hacia el asalto electorero del poder y de sus prebendas.

Por otro lado, los partidos electoralistas tipo “escoba” o “atrapa–todo”, que mantienen un discurso variable, según el auditorio al que se dirijan, pero que utilizan un lenguaje igualmente demagógico, con un fuerte matiz pseudo–rupturista, contradictorio y, como es de esperar, muchas veces incoherente. Su estructura organizativa es intermitente y se activan y movilizan de cara a las campañas electorales. Recogen en su seno a “disidentes”, expulsados, tránsfugas y oportunistas de toda laya, reunidos en torno a un liderazgo caudillista autoritario y unipersonal, que supuestamente les une en torno a la posibilidad del acceso coyuntural al poder.

En ambos casos, las cúpulas dirigentes de estos “partidos” están integradas por personas que detentan o que representan a significativos grupos de poder económico (mayormente grupos de fortunas coludidas aunque hay también casos de peculios unipersonales). Por ello, y como es de esperar, estos partidos responden a los individuos y/o grupos de interés que los financian, de manera velada o descarada. En ambos casos, unos nacieron y otros se han convertido en partidos con “dueño” o “dueños”, más o menos conocidos, usualmente industriales acostumbrados al subsidio, comerciantes especuladores, burócratas–cleptócratas devenidos en millonarios y otros operadores del poder de similar ralea (tecnócratas neoliberales, bufetes de abogados, sectas, lavadores de dinero, todos con oscuras agendas paralelas).

Lo peor es que hoy día, unos y otros se asemejan demasiado en sus prácticas politiqueras cotidianas: ejercen una representación no imperativa, es decir, sus líderes no consultan a sus membresías para tomar decisiones sino que deciden el curso partidario mediante arreglos de antecámara o negociaciones arbitrarias, totalmente antidemocráticas. Y su modus operandi es el mismo de la partidocracia clásica, típicamente marrullera y tercermundista: para intentar ganar el voto, recurren a la componenda mafiosa y al soborno pecuniario en la cooptación del voto, a las promesas de repartición de prebendas sectarias, a la demagogia clientelista, a los golpes bajos utilizando la manipulación mediática, a la mentira generalizada y desvergonzada y a la mercadotecnia electorera, pura y dura. Y cuando tienen chance, al fraude.

Todo esto no pasaría de ser otro recuento circunstancial anecdótico más en nuestra larga y fea historia de decepciones, si sus implicaciones no fuesen tan serias como, en efecto, lo son. Vivimos una etapa crítica en la historia nacional, de peligros enormes para una democracia débil como la nuestra, degradada y traicionada por quienes, por falta de vergüenza, de dignidad y de honestidad, han preferido hacer dejación de sus deberes como ciudadanos y como políticos responsables para aprovecharse del statu quo y dedicarse a robar y a pelechar, durante los últimos cuatro gobiernos post–dictadura.

En su tragedia Julio César, William Shakespeare advertía: “¡Cuídate de los idus de marzo!”. Cuidémonos de los idus de mayo de 2009 y de los fariseos que nos saturan la vista y el oído apelando a la amnesia colectiva inducida, al insulto diversionista y a la falacia televisada repetitiva. No nos queda tiempo para seguir postergando este tipo de decisiones.


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