MEDIO AMBIENTE

Las lluvias del mes de noviembre

Raúl Arias de Para
opinion@prensa.com

Durante la segunda parte del mes de noviembre del año 2008, la República de Panamá sufrió los embates del tiempo en forma cruel e inusitada. Durante 14 días y 14 noches llovió incesantemente, desde Cabo Tiburón hasta Punta Burica, llovió, llovió y llovió.

En más de una ocasión recordé a Macondo y sus aguaceros interminables. Hubo muertos y desaparecidos en las tierras altas de Chiriquí, hambre y desesperación en las tierras bajas de Bocas del Toro, angustia y dolor en las costas del norte de Veraguas y Colón, inundaciones en Darién y Coclé, deslizamientos de tierra que impidieron el paso a la ciudad capital, pérdidas millonarias en la agricultura y el turismo en todo el país.

Fue un verdadero desastre cuyas dimensiones, según los entendidos y guardando las proporciones del caso, fueron equivalentes a los daños que ocasionó el huracán “Katrina” en Nueva Orleans en agosto del año 2005.

Durante esos días tristes y grises, sin luz ni sol, pensé en las múltiples advertencias que nos vienen haciendo los científicos desde hace años sobre los efectos del calentamiento global, advertencias que desafortunadamente han caído en los oídos sordos de nuestros gobernantes y de nuestros conciudadanos en general.

El agujero en la capa de ozono, el efecto invernadero, el cambio climático, el calentamiento global no pueden ser ya términos abstractos o esotéricos, pues acabamos de sufrir en carne propia los efectos de esos fenómenos, los cuales, por cierto, eran ampliamente conocidos en los círculos científicos y ambientalistas desde hace décadas.

Así pues, las épocas lluviosas en los trópicos serán más intensas en los años venideros, no hay remedio, la suerte está echada. Lo que sucedió la segunda parte del mes de noviembre del año 2008, volverá a suceder. Desgraciadamente así es.

No es placentero ser ave de mal agüero, pero es irresponsable ser un avestruz. Así como tomó décadas de abuso e irresponsabilidad llegar al lamentable estado en que estamos ahora, igualmente tomará décadas de desprendimiento y moderación sanar el medio ambiente.

Ciertamente, las lluvias de noviembre tienen que reforzar nuestro compromiso con la protección de la naturaleza, tienen que abrirle los ojos de una vez por todas a los gobernantes y a los gobernados, tienen que servir de prueba irrefutable de que el bienestar de la familia humana no es independiente del estado del aire, del mar, de los ríos y de los bosques.


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