
Cerraron para volver a abrir tres restaurantes excelentes, y debutaron otros no menos meritorios templos del buen ‘yantar’.
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¿Que 20 años no son nada? Traten solamente 10. Sí, amigos queridos, en abril esta humilde columnita cumple 10 años de existencia: eso significa que la de hoy es mi décima carta a ustedes, los sibaritas. ¿Novedades? Se registraron varias en el patio. En orden de publicación, las dos primeras fueron la panadería Petit Paris, en El Cangrejo (ahora reubicada a Marbella), donde además de dulces y chocolates deliciosos hacen unos quiches espectaculares, que son una excelente opción para servir en casa, como plato principal en un almuerzo o como entrada para una cena.
Luego, en Vía Argentina y muy cerca del local original, abrió Cheese Cheese, donde unos canadienses muy simpáticos venden quesos importados -principalmente de Francia- que son un verdadero deleite.
Vale mencionar la inserción del “Panama Restaurant Week”. Tan buena acogida tuvo el evento, celebrado en marzo, que se repitió en septiembre. Las aperturas más sonadas del año fueron Viso 52, en Punta Paitilla, donde el chef Mario Castrellón hace alarde de sus proezas culinarias, y La Vitrola, sucursal del epónimo restaurante cartaginés, pero con un ambiente más tipo “South Beach”.
Otra apertura digna de mención, con menos fanfarria, pero mejor gastronomía, fue Cardamomo, donde el venezolano Javier Lamarca muestra gran dominio de texturas, sabores y temperaturas, aprendidos con Ferrán Adriá y Santi Santamaría, con precios sumamente decentes. También vale mencionar la apertura de Índigo, en el Casco Viejo, que a pesar de la marcada afición del chef por la sal, tiene sus aportes. Fabien Migny abrió una pastelería que aún me falta reseñar.
Cerraron, para volver a abrir: Fuji, hoy en vía Porras, con menú y espacio reducido, pero sushi espectacular. Can Masoliver (en El Cangrejo), con predios pulcros y un bar genial y acogedor, y Limoncillo (en San Francisco) que cambió no solo el nombre –ahora se llama Pony Club- sino la fórmu-la: yo la llamo “cantina yeyé”, y cuando vayas verás por qué. Mucho menos formal que su precursor, la oferta gastronómica es más tipo bistrot, pero con las combinaciones inesperadas que son el sello de la chef Icaza.
Volví a visitar Las Américas después de años y vi un menú con precios muy razonables. El último restaurante que reseñé fue D’Lirio, en calle 52, que, aunque tiene cosas que resolver, perfila bien. A todos, un sabroso 2009. Dixit.
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