RECICLAJE

La basura que no es basura

John A. Bennett Novey
opinion@prensa.com

Hace cinco años La Prensa me publicó un artículo de opinión intitulado: “Nuestra basura, un tesoro escondido”, que tuvo sus reacciones, pero se disiparon para seguir la monotonía de un problema que se agrava. Ahora en 2009 es bueno volver a enfocar este tema. Un sitio en donde lograron soluciones efectivas fue en Curitiba, capital de Paraná en Brasil, en donde además se ideó un metrobús, tecnología latinoamericana que luego se expandió hacia los países del primer mundo.

Mucho se cacarea acerca de la “creatividad”, pero solo es eso, cacareo y nada de posturas. El problema es que las restricciones presupuestarias y la cantidad de demandas sociales impiden darle prioridad a la eliminación de los desechos sólidos.

En Curitiba, frente a lo que parecía un problema insuperable, el asunto se abordó con creatividad, involucrando al sector informal de la economía; ese sector que olvidamos, pero que está allí y que, en muchos casos, vive de la recolección de los desechos sólidos. En Brasil tres experiencias han tenido éxito al combinar la incorporación de la economía informal con otro factor clave: la participación ciudadana a través de incentivos, basada en el comportamiento humano. Comenzaron enfocando eso que llamaban “basura”, pero que en realidad era un tesoro. En Curitiba en 1980, sus 2.2 millones de habitantes producían mil 70 toneladas de basura al día. Lo primero que hicieron fue separar lo más valioso de lo menos y, para ello, se requería el aporte ciudadano, teniendo en cuenta que el problema es más solucionable en la fuente que luego. Con esto redujeron el problema de sus vertederos de 700 a 147 toneladas por día. Luego vino un plan novedoso, más que nada sencillo, consistente en “la compra de la basura doméstica” a sus productores, los ciudadanos; en otras palabras, si es un tesoro, ¿por qué botarlo? Como ya señalé, se trató de un sistema de incentivos con la participación de las autoridades en busca de la simplificación, lo que logró una rápida aceptación. La clave: intercambiar boletos para el transporte por bolsas de basura.

Después se inició un programa en las escuelas para concienciar a los jóvenes, intitulado: “Basura que no es basura”, de orientación ambiental. Con estas iniciativas fue posible pasar a una segunda etapa de incentivo, consistente en la compra de material segregado con reciclables por un lado. En los barrios pusieron tanques para reciclaje y les pagaban a los residentes con boletos para el bus; con ello, las empresas recolectoras redujeron y simplificaron su trabajo y costos. Todo lo anterior le valió a Curitiba el título de la “capital ambiental” de Brasil. Se reciclaban 2/3 de sus desperdicios al día. El asunto se volvió una fuente de trabajo para muchos ciudadanos, con un 70% de la comunidad participando en la actividad.

En Panamá hay una comunidad importante que labora en el sector informal como pepenadores en cerro Patacón. Ellos podrían emular proyectos de reciclaje como el de La Reina, en Chile, en donde han sido asimiladas al sector formal de la economía, negociando con empresas no estatales en la actividad del reciclaje. Los “cartoneros”, como los llaman, se encargan de promover su actividad en sus comunidades. En La Reina, los papeles, cartones, vidrios y metales no son basura. Luego vienen los plásticos y otros elementos reciclables. El resto es una fracción muy disminuida de los desechos, con lo cual se facilita el trabajo.

Con el advenimiento de un nuevo sistema de transporte público en Panamá, sería oportuno emprender esta clase de proyecto para evitar seguir viviendo entre la basura. Estaríamos incorporando al sector formal un valioso conjunto de emprendedores. Esta es una oportunidad de ir pasando del dicho al hecho.


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