
ACTUALIZACIÓN
Cuando se encara un tema tan sugestivo como la actividad política, es fácil que lo transitorio nos encandile y que omitamos lo permanente. Hemos procurado tener siempre presente que las luchas políticas y los programas económicos se agotan y decaen, que las polémicas que hoy llenan las columnas de los diarios y los programas de radio y televisión, serán mañana imágenes borrosas, y que los supuestos caudillos partidarios terminan por ser nombres apenas mencionados en los libros de la historia. Panamá no es solo una urdimbre de transformaciones y de oportunidades, es también una realidad que, no obstante sus fluctuaciones, posee elementos clave que permanecen inalterables.
Amamos a nuestro país y a nuestra cultura, pero flaco servicio les prestaríamos a ambos y al credo de la democracia si ignoramos los hechos desagradables de la vida panameña. En el mismo sentido, hemos transitado por los ámbitos norte, sur y centroamericano, europeo, asiático y del Medio Oriente, y si hubiéramos dejado de responder a algún argumento esgrimido contra Panamá, no habría sido por falta de diligencia o de realismo.
Pero tampoco favoreceríamos a los críticos más acérrimos de Panamá si les ofreciéramos una imagen distorsionada de la civilización panameña, con el único fin de alimentar el disgusto que ya experimentan. Panamá es, desde cualquier punto de vista, un país significativo en la geopolítica mundial y posee una cultura en proceso de desarrollo, económica, estratégica, social y políticamente aceptable. La presencia de tanta vitalidad condensada en un pequeñísimo segmento de la sociedad humana es prueba de una sorprendente confluencia de la historia, los medios, las pautas institucionales, la voluntad y el impulso colectivo para forjar una nación tan emprendedora.
Por eso, los interrogantes que formulamos respecto a los panameños y panameñas son los mismos que cabría plantear respecto a los pueblos de toda la gran civilización humana: ¿Cuáles son sus tradiciones, su linaje biológico, el medio natural que los rodea? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Cómo se gobiernan? ¿Cómo resuelven los inevitables problemas inherentes al poder y a la libertad? ¿Cómo se dividen en grupos étnicos y de clases? ¿Qué aspectos presentan sus tendencias más profundas y permanentes? ¿Cómo se desarrolla la vida de sus individuos, en sus fases características, de la cuna a la tumba? ¿Cómo galantean y contraen matrimonio, cómo crían y educan a sus niños y niñas? ¿Cómo trabajan, juegan y expresan su espíritu creador en el arte y la literatura? ¿A qué dioses adoran? ¿Qué concepciones los debilitan o les infunden vigor? ¿Qué actitudes adoptan? ¿Qué convicciones los animan? ¿A qué pautas culturales se adhieren? ¿Qué sueños alimentan? ¿Qué mitos los conmueven? ¿Qué incentivos los impulsan? ¿Qué temores los contienen? ¿En qué formas de poder cristalizan sus esfuerzos? ¿Cuáles son las tensiones y los problemas que los dividen? ¿Qué sentido social los unifica?
Conviene examinar las curiosas, si bien relativamente efectivas, formas de gobierno –y desgobierno– de los panameños. Hay que partir del “estilo político” panameño, la subestimación de la política, el desprecio por el político, la negativa a encarar una política de “gran estilo”, al mismo tiempo, no obstante, que se imponen la audacia política y el experimentalismo de carácter práctico. Nos corresponde preguntarnos cuáles son las contribuciones fundamentales realizadas por los panameños a las artes del gobierno en una sociedad libre. Después, podremos examinar más atentamente el concepto de democracia en su doble sentido de constitucionalismo republicano y de fe en el hombre y la mujer común, y, si se quiere, analizaremos por qué ese concepto ha sufrido tan frecuentes frustraciones en el curso de la historia panameña.
Se requiere, además, un profundo análisis de la más poderosa oficina del país –el Palacio de las Garzas– y de las fuentes de su fuerza en la relación del Presidente con el pueblo. También conviene examinar la más difícil y esquiva fase del sistema político panameño: el desenvolvimiento de los partidos, la conducta de los votantes y las cambiantes líneas del desarrollo partidario. Este último aspecto lleva a otro problema: el modo de actuación del poder acumulado en el sistema político panameño, su concentración y dispersión, y las consecuencias del mismo. En verdad, el estudio de la política panameña nos parece a todas luces un trabajo de palpitante actualidad, necesario para un mejor entendimiento del contexto histórico en que vivimos y sus posibles evoluciones, y, quizás, para forjar un mejor mañana.
• Hacia un estudio de la política: Paulino Romero C.
• La basura que no es basura: John A. Bennett Novey
• Ay… ¡qué previsible!: Paco Gómez Nadal
• Por sus frutos los conoceréis: Carmen M. García Villalaz
• Problemas que trae e l verano: Hernán A. De León Batista