Viernes 11/1/2008

La cordura en tiempos de locura

Por: María Luisa Amado I.

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Hace aproximadamente un mes terminé de leer la novela El pergamino de la seducción, de la escritora nicaragüense Gioconda Belli. Como las buenas obras literarias, esta novela invita a profundizar sobre una variedad de temas y abre la imaginación a múltiples interrogantes de interés histórico, sociológico, psicológico y filosófico.

Uno de los temas que sirve de hilo conductor a través de la novela es “quien fue Juana la loca”. La presente reflexión, se ocupa de un asunto más específico, a saber, la locura como concepto socialmente construido.

El pergamino de la seducción intercala y entrelaza episodios de la vida de la reina Juana de Castilla (quien vivió a finales del siglo XV y principios del XVI) y de personajes ficticios del siglo XX (Lucía y Manuel), interesados en descifrar el contexto político y la psicología de la reina Juana.

La parte histórica de la obra, gira, pues, en torno a quien ha sido conocida como “Juana la loca”, hija de los llamados reyes católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Juana se unió en matrimonio a Felipe I de Habsburgo, también conocido como “Felipe el hermoso”, cuando era apenas una adolescente de acuerdo a los parámetros de nuestra época.

Igual que en el caso de sus hermanos y de muchos miembros de la nobleza de su tiempo, el matrimonio de Juana fue dispuesto por sus padres en función de intereses políticos, como una estrategia que se esperaba beneficiara las relaciones entre España y la “Casa Habsburgo”, dinastía que controlaba varios estados de Europa Central. Cuenta la historia (y así lo relata la novela) que Juana se enamoró intensamente de Felipe desde el primer encuentro con su prometido. La novela describe cómo la relación entre Juana y Felipe se deterioró debido a las infidelidades de Felipe y las intrigas de una multitud de actores políticos en las cortes de Flandes, España e, incluso, Francia.

Juana fue declarada “loca” cuando tenía alrededor de 28 años y desde entonces, y hasta el final de sus días, vivió encerrada en un castillo en Tordesillas, España, aislada de su entorno familiar, social y político.

La autora de la novela, Gioconda Belli, nos lleva a poner en tela de duda, a través de su narración, la verdadera condición mental de Juana, cuya supuesta locura, según se pone de manifiesto en la novela, favoreció políticamente tanto a Fernando de Aragón como a Felipe “el hermoso”.

En particular, Gioconda Belli induce al lector a entender y empatizar con las condiciones existenciales de Juana, quien se vio rodeada de deslealtad, intriga, manipulación, engaño y episodios de abuso y abandono durante una época de su vida en que las expectativas de su estatus social y político requerían de ella refreno emocional y atención a las “apariencias”.

Además de invitar un análisis del contexto social y psicológico responsable del estado mental y emocional de Juana, el subtexto del relato motiva a reflexionar críticamente sobre asuntos tales como ¿quién la llamó loca y por qué? ¿Cuál fue el razonamiento, “lógica” o justificación que se usó para declararla loca? Más aún, ¿a quiénes se tildaba de locos (pregunta análoga a quiénes eran las “brujas”, los herejes y parias sociales) en su época? Personalmente, la lectura de esta novela me incitó a cuestionar ¿qué es la locura?, no como condición clínica, sino como estigma y como concepto socialmente construido.

Tanto la novela que nos ocupa como la historia de la época en que vivió Juana ponen en evidencia que los estándares de “normalidad” de su tiempo estaban controlados por las correspondientes fuentes de poder político y económico.

Que el rey Fernando de Aragón y el Archiduque Felipe de Borgoña, conde de Flandes y varios otros estados, declararan a Juana loca por mutuo acuerdo e hicieran pública la noticia no es una anécdota o episodio fortuito en la historia de Europa, sino un resultado y un ejemplo más de la relación histórica entre hegemonía, ideología y realidad.

Es de muchos conocido que las relaciones sociales, espaciales, laborales, matrimoniales y de género de los personajes de aquella época estaban supeditadas a una rígida estructura de castas que sostenía el poder de la nobleza, especialmente el de sus “patriarcas”.

Asimismo, las normas de etiqueta conductual e, incluso, aquellas emociones como el amor, el deseo o los celos se producían y manifestaban dentro de un contexto de “normalidad” delimitado por parámetros de casta y género.

La historia de Juana, “la loca”, lo ejemplifica bien. Su madre, Isabel de Castilla, la “instruye” sobre el amor antes de partir a desposarse con un hombre a quien Juana nunca había visto.

Años después, su padre y su esposo la diagnostican loca. En el ínterin, Juana supuestamente ama como una loca y enloquece de amor (y de celos). Su imputada locura la lleva, según relata la novela de Belli, a gritar improperios en momentos de rabia, encerrarse en el mutismo durante episodios de frustración y descuidar su aseo en ataques de rebeldía.

En una época en que los límites entre creatividad y herejía eran difusos y, muchas veces, arbitrarios, ¿cuál era la diferencia entre el amor y la locura? ¿Es el amor que “enloquece” una enfermedad? ¿Es la locura una negación de la realidad o un enfrentamiento con esta?

La locura de Juana, en la novela de Belli, es locura en tanto desafía los esquemas de normalidad de su época y ámbito social. Sus gritos dicen más del receptor que del emisor. Su mutismo, más que una instancia de silencio, es una manera de vociferar y sus episodios de descuido personal son más un ataque contra su entorno que una violación de sí misma.

La implicación de este enfoque es que la locura y la normalidad bien podrían ser vistas como caras opuestas de una realidad socialmente construida. Si invertimos la ecuación, cabe preguntarse, ¿cuándo, y hasta qué punto, es la cordura una forma de locura (y viceversa)?

Al margen de sus resonancias filosóficas, esta interrogante conlleva cierta relevancia y actualidad en nuestro medio. Ella invita a evaluar, con imaginación y disposición crítica, una realidad normativa establecida por medios de producción ideológica, quizás menos coercitivos que los de la Edad Media europea, pero probablemente más efectivos, por ser menos obvios.

Revaluar nuestra definición social de “lo normal” también nos impela a reconsiderar y revalorar la “locura” o disidencia de quienes se rebelan contra símbolos de estatus, modelos de consumo y sistemas de movilidad social contemporáneos.

Nos estimula a respetar a aquellos que desafían ─mediante sus puntos de vista, sus acciones o modos de vida─ etiquetas sociales, patrones estáticos de femineidad o masculinidad o formas esquematizadas de soñar, expresarse o desarrollarse a nivel individual y como parte del género humano.

En nuestro Panamá, valdría la pena preguntarse hasta qué punto la “normalidad” imperante ─el desarrollo compulsivo que se manifiesta en las calles de nuestros principales centros urbanos, en los medios de comunicación y, muchas veces, en el estilo de vida de las clases medias y altas─ no será más bien un claustro que nos impide apreciar realidades alternativas, quizás menos estresantes y “enloquecedoras” que las que ya conocemos.

Recomiendo la novela El pergamino de la seducción y los invito a meditar sobre los muchos temas de interés social y humanístico, histórico y contemporáneo, que la autora nos regala a través de su fluida narrativa.

Referencia Bibliográfica

Belli, Gioconda. El pergamino de la seducción/ Nueva York: Rayo-Harper Collins, 2006. 336p.

(La autora es directora del Departamento de Sociología y Antropología del

Guilford Collage en Carolina del Norte, es catedrática de Sociología y Estudios Latinoamericanos y pertenece la membresía del Círculo de Lectura Guillermo Andreve).

 

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