
Viernes 11/21/2008
Nuevos programas para compartir bicicletasPor: Elisabeth Rosenthal
A lo largo de los últimos años, los programas han surgido por doquier y han despegado en docenas de ciudades, en una escala que nadie creyó posible y en lugares donde el ciclismo nunca antes había sido popular. Entre los planes para compartirlas se incluye no solo al Velib de París, con sus 20 mil bicicletas, sino también programas que gozan de amplia popularidad con miles de bicicletas en grandes ciudades como Barcelona y Lyon, en Francia. Además, hay programas en Pamplona, España; Rennes, Francia; y Dusseldorf, Alemania. Incluso Roma, cuyas estrechas calles empedradas y caótico tráfico parecerían inapropiados para pedalear, lanzó en fecha reciente un pequeño programa de prueba, conocido como RomanBike, que planea expandir en fechas próximas. Para los alcaldes que buscan reducir la congestión vehicular y demostrar su buena fe en cuanto al ambiente, compartir las bicicletas ha suministrado una solución simple: por el precio de un autobús, ellos invierten en una flota de bicicletas, evitando años de construcción y aprobaciones requeridas para un tren subterráneo. Para los pasajeros, sumarse al programa equivale a una reducción lo que pagan por transportarse y una oportunidad de contribuir al bienestar del planeta. Los nuevos sistemas son exitosos, en parte, debido a que se extienden a lo largo de ciudades con grandes números de bicicletas disponibles, pero el verdadero eje es la tecnología. Auxiliados por tarjetas electrónicas y puestos computarizados de bicicletas, los ciclistas pueden tomar y dejar bicicletas en segundos, en cientos de ubicaciones, al tiempo que sus pagos son deducidos de cuentas bancarias. “A medida que algunas ciudades lo han hecho, otras se están dando cuenta que también pueden hacerlo”, comentó Paul DiMaio, el fundador de MetroBike, empresa consultora de transportación en bicicleta con sede en Washington, D.C., que lleva un registro de los programas en todo el mundo. “Existe una trayectoria increíble”. Las gigantescas redes nuevas en Europa, en las cuales se comparten bicicletas, funcionan menos como una forma de recreación y más como transporte público alternativo. La mayoría de los programas (aunque no el de París) excluyen a turistas y personas que hacen viajes diurnos. En Barcelona, las calles durante la hora pico están llenas de personas que se transportan y gente que sale a mandados en las bicicletas rojo brillante del programa de la ciudad, mismo que empezó hace 18 meses. Bicing ofrece 6 mil bicicletas de 375 puestos, los cuales están distribuidos cada pocas calles: es como si las bicicletas estuvieran en movimiento constante. “Yo lo uso a diario para desplazarme; todo mundo lo usa”, dijo André Borao, de 44 años de edad, empresario vestido con un traje gris y corbata naranja, mientras se preparaba para andar hasta su casa para el almuerzo. “Resulta conveniente, y me gusta la perspectiva de avanzar por las calles”. El programa en crecimiento en Barcelona es típico de los de nominados programas de tercera generación, que se apoyan considerablemente en la tecnología. (En su primera generación, la forma de compartirlas consistía en distribuir viejas bicicletas por las calles, donde podrían ser usadas sin costo alguno; los programas de segunda generación aceptaban monedas.) Aquí, un cliente compra una membresía anual por aproximadamente 30 dólares y le es expedida una tarjeta inteligente que permite al ciclista destrabar una bicicleta de un muelle mecanizado. Los primeros 30 minutos son gratis, al tiempo que cada cobro subsiguiente es de 30 centavos de dólar por cada media hora. La bicicleta debe ser devuelta a cualquier puesto de bicicletas en la red luego de dos horas o la tarjeta podría ser desactivada. La mayoría de los programas en Alemania y Austria funcionan con un sistema diferente: los miembros reciben mensajes de texto en sus teléfonos celulares que les suministran códigos para destrabar las bicicletas.
Desde hace ya largo tiempo atrás, Copenhague y Amsterdam han tenido devotos transeúntes que recurren a la bicicleta para desplazarse. Sin embargo, los nuevos programas han creado la mayor revolución del transporte en el centro y el sur de Europa, donde climas más templados permiten a los ciclistas andar cómodamente durante todo el año. Las bicicletas compartidas en Barcelona, Lyon y París se usan con mucha frecuencia, sumando aproximadamente 10 viajes al día, con base en cifras de funcionarios en dichas ciudades. En Norteamérica, los temas como responsabilidad de la aseguradora, una cultura automovilística más fuerte, viajes más largos para ir y regresar y una preferencia por los cascos han desacelerado la adopción de programas para compartir bicicletas. Ninguno de los programas europeos requiere el uso de casco. De cualquier forma, Washington y Montreal están experimentando con pequeños proyectos, al tiempo que Chicago, Boston y Nueva York están estudiando algunas opciones. Quizá el mejor indicador de que ya llegó el programa de compartir bicicletas es el siguiente: Shanghai, China que hace 10 años estaba intentando eliminar las bicicletas de algunos de sus paseos para abrirle paso a los automóviles, abrió el mes pasado un puesto para compartir bicicletas en un programa piloto. En la mayoría de las ciudades europeas, los anunciantes han recibido contratos para crear y mantener programas enfocados a compartir bicicletas a cambio de los derechos para la venta de anuncios en estructuras pertenecientes al Ayuntamiento, como estaciones de autobuses. “Nosotros proporcionamos un programa listo para usarse”, dijo Martina Schmidt, directora del programa para compartir bicicletas Clear Channel Outdoors, que actualmente dirige programas en 13 ciudades europeas y en fecha reciente lanzó su primer programa en Estados Unidos, el de Washington. “Nosotros le damos a la ciudad lo que está buscando, y ellos nos dan espacio para vender”. En Barcelona, el programa Bicing ha tenido sus fallas, reflejando, parcialmente, su inesperada popularidad. En las afueras de Barcelona, los usuarios se quejan diciendo que en las mañanas, las estructuras para bicicletas, con hasta 36 de ellas, pueden agotarse hacia el final de la hora pico, dejando a los clientes varados temporalmente. De manera similar, los sitios de estación en el centro de ciudades a veces están llenos, así que los ciclistas tienen que buscar dónde dejarlas. Por su parte, los propietarios de automóviles se quejan de la eliminación de puestos de estacionamiento para darle cabida a nuevos carriles para bicicletas; la ciudad tiene aproximadamente 130 kilómetros de carriles, luego de una acelerada expansión de los mismos en los últimos dos años. El distrito comercial del centro de Barcelona está en un tazón geográfico, comparado con la mayoría de los vecindarios residenciales, así que, si bien muchas personas quieren montarse a una bicicleta para ir a trabajar al centro, menos quieren montarlas para regresar. Siguiendo instrucciones de los controladores en una estación de mando, los 100 empleados de Bicing usan camiones para reequilibrar el sistema, llevando las bicicletas a donde hacen falta. Todo parece indicar que funcionarios de la ciudad están un tanto abrumados. “Por ahora, esto ya no crecerá”, dijo Ramón Ferreiro, funcionario de Bicing. “Ahora tenemos que consolidarnos y empezar a trabajar para que el mantenimiento sea apropiado, aunado a mejorar el sistema en todos sus niveles”.
Incluso con los dolores del crecimiento, José Monllor, graduado universitario, dice que él ahora va a clases en bicicleta en lugar de conducir su automóvil. “Se queda en el estacionamiento”, dijo, refiriéndose a su vehículo. “No tiene ningún sentido usar el auto”. Resulta difícil cuantificar el impacto de compartir las bicicletas o sobre las emisiones, ya que entre los conversos están Monllor, quien habría conducido, así como aquellos que habrían usado el transporte público. Funcionarios en Lyon, una de las primeras ciudades que instituyó un gran programa de bicicletas impulsado por la tecnología, estiman que la práctica de compartir bicicletas ha eliminado toneladas de contaminantes desde su introducción, en 2005. Sin embargo, más allá de esto, destacan, ha modificado el rostro de la ciudad. “Las masas cruciales de bicicletas en el camino han apaciguado el tráfico”, dijo Gilles Vesco, el vicealcalde a cargo del programa en Lyon. “Ahora, las calles pertenecen a todos y debe compartirse de mejor forma. Se ha convertido en un espacio público de mayor convivencia”.
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