POBREZA INTELECTUAL
Burocracia criminal
Alfredo Ernesto Pascal
opinion@prensa.com
Los protagonistas del actual proceso electoral pareciera que hubiesen hecho votos de pobreza intelectual en cuanto la seguridad. Bien conocida es la retórica de varios candidatos que se obligan ante el pueblo en periodos de campaña a reducir la corrupción y la pobreza para luego convertirnos en testigos de comportamiento real de dichos candidatos una vez electos; apadrinan a caciques políticos, servidores públicos que se saltan los límites legales para beneficio propio y, por otro lado, la rígida aplicación de normas inútiles.
La delincuencia surge luego de un largo proceso embrionario. Por mucho tiempo nuestras instituciones toleraron las formas menos violentas del tráfico de drogas por lo cual al instalarse un sistema empresarial ilícito como el narcotráfico, este se convirtió en un factor generador de conocimiento criminal, corrupción y violencia.
Por ende culpar a la Policía Nacional por ineficiente solo sirve para desviar la atención del público. La acción preventiva de una Policía se sustenta en otras instituciones civiles que también deben velar por la seguridad nacional.
Solo basta con ver cuán eficiente fue la Policía Nacional al capturar a David Murcia Guzmán, acción alabada por el Gobierno colombiano y, por otro, lado. El incompleto actuar y hasta criminal negligencia de otras instituciones de orden civil, agencias reguladoras, superintendencias y ministerios, que debían estar atentas de conductas irregulares, las cuales ahora se quieren librar de toda culpa alegando que Murcia Guzmán no era investigado por ningún delito hasta que el Gobierno colombiano le notificó a sus colegas panameños.
El Estado panameño se convirtió en el principal productor y aprovechador de la anomia social existente. La burocracia, formada por servidores públicos cuyo andamiaje ético deja mucho que desear, es la raíz de la corrupción existente, creadora de un ambiente propicio para alentar a aspirantes del oficio criminal.
El sociólogo alemán Peter Waldman describe cómo las ideas de izquierda de la década de 1960 y 1970 argüían que el origen del subdesarrollo era externo, distorsionaron el interés público sobre conductas impropias del cuerpo burocrático nacional, situación que se sumó al alegato propio de las dictaduras en que el funcionamiento estatal no era de la incumbencia del pueblo. No es casualidad que países con dictaduras en 1970 sean presas actuales del crimen, por ejemplo Brasil y México.
El descalabro estatal abonó el terreno para una criminalidad silenciosa, hizo al ciudadano panameño dependiente del poder, sujeto a arbitrariedades y consecuentemente le imprimió la sensación de sentirse indefenso sino era protegido por un régimen militar.
La retórica actual no difiere mucho a la de hace 30 años, inundar las calles de policías, limitar los derechos ciudadanos y arrojar a las cárceles personas a diestro y siniestro no impedirá que una banda de lavadores de dinero con sicarios a su servicio y amparados por un sistema corrupto e ineficiente sigan delinquiendo a sus anchas.
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