PLANIFICACIÓN
El gobierno que hará la diferencia
José Manuel Fajardo Salinas
opinion@prensa.com
El año pasado comentábamos con el portero de la Universidad Alberto Hurtado de Chile las dificultades que había ocasionado la implementación del sistema de transporte Transantiago. Colas interminables en un metro congestionado, nuevos buses pero en cantidad insuficiente para atender a la urbe de casi seis millones de habitantes, paradas a medio hacer o irregularmente distribuidas… en fin, un plan hecho por tecnócratas desde cómodas posiciones burocráticas, pero sufrido por el ciudadano común.
Al final de nuestra conversación, sabiendo que pronto regresaría a Panamá, don Ramón me dijo: “Cuando regrese a su tierra, adviértales”. A pesar de ser extranjero en Panamá, tomé el consejo de este amigo chileno y reflexioné sobre los peligros y consecuencias indeseables de los procesos de modernización acelerados. Chile es una magnífica vitrina para aprender sobre esto y asimilar lecciones de las vicisitudes sufridas por los hermanos del sur del continente.
Ahora bien, centrándonos en el caso panameño, es interesante ver cómo los fenómenos de una modernización asumida como un deber taxativo, sin las mediaciones de humanidad necesarias, puede dar como resultante un espectro de cambios sociales característicos que se van acentuando y incrementando en intensidad según el proceso avanza. Desde los espacios más íntimos como el núcleo familiar, y pasando por los estadios meso y macro, barriadas de vecinos, poblados, provincias y el conjunto de la nación, se empieza a experimentar una sensación de desconfianza y ansiedad al sentirse incluidos en un proceso que afecta, pero en el cual no se tiene la oportunidad de opinar.
En el III Índice de Desarrollo Humano de Panamá, publicado por el PNUD en septiembre de este año, se nos habla de un capital social menoscabado por una institucionalidad que no logra asentarse en los principios de justicia social y democracia compartida. Destaca el mismo informe que los ciudadanos confían en que los cambios deben ser liderados por el Estado. Pero a la vez, los ciudadanos experimentan frustración en los ejercicios de gobierno.
Ello lleva a una banalización de la actividad política, donde votar por uno u otro candidato parece indiferente, pues las promesas del cambio se han repetido insistentemente desde el retorno a la democracia, pero no han logrado concretizarse satisfactoriamente.
¿Cuál es el trasfondo? ¿Qué impide a la nación panameña dar el salto a la modernidad con un modelo que equilibre desarrollo económico y justicia social? ¿Dónde están los resortes de confianza y capital social para sortear los desafíos y dar golpes de timón sostenidos hacia este ideal del desarrollo humano?
Esta respuesta solo la pueden dar los mismos panameños, que debiesen ser los primeros y los últimos que decidan el tipo de país que desean para el presente y para el futuro.
Podemos tener muchos informes de instancias internacionales, estudios de impacto económico, reportes de estabilidad o inestabilidad financiera, etc., pero la definición del tipo de desarrollo que se desea para Panamá debería consultarse a su población.
Quizá este proceso abierto de consulta sostenida e institucionalizada –con la categoría de estructura estatal– sería lo que marcaría la diferencia entre “otro gobierno más” y “el gobierno” que necesita esta nación para ser ella misma.
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