[CONSUMISMO]
Lecciones para una ‘shopaholic’
En la depresión de 1929, los comercios establecieron un plan de pagos para adquirir mercancías, cuando el comprador no contaba con el dinero necesario para obtenerlo en el momento. Gina Montaner
La película Confesiones de una ‘shopaholic’ pretendía ser una comedia ligera dentro del género de lo que se conoce como chick flicks. O sea, con temática dirigida a las chicas jóvenes e inspirada en la novela del mismo nombre de Sophie Kinselle. Un éxito como la saga de Sex and the City, en el que se siguen las peripecias y desventuras de una muchacha alocada que al final encuentra al hombre de su vida. Pero antes de su estreno, el filme ha tenido que volver a la cabina de montaje para cambiar un final que se ajuste a los tiempos de recesión que se viven en Estados Unidos.
Los productores de esta cinta sobre una fashion victim adicta a la ropa de marca y a las tarjetas de crédito temen que la audiencia no perdone la ausencia de una lección moralizante, cuando millones están perdiendo sus empleos y sus hogares. Antes de que los castiguen en la taquilla, están dispuestos a sumarse a la prédica de la austeridad para aliviar la culpa colectiva por la fiebre consumista que ha acabado con el crédito de muchos americanos.
No sé cómo redimirán a la protagonista, dependiente de Gucci y Prada, sin que caiga fulminada por el síndrome de abstinencia en la Quinta Avenida de Nueva York, pero, tal vez, la solución para una ‘shopaholic’ es el retorno de los planes de layaway. Me explico: precisamente fue en la Gran Depresión de 1929 cuando muchos comercios establecieron un plan de pago en efectivo para adquirir una prenda o un artículo que uno deseaba tener, pero no contaba con el dinero necesario para obtenerlo en el momento. Durante un periodo de un mes el interesado entregaba una pequeña cantidad y a cambio le apartaban el producto sin acumular intereses, hasta que entregara la totalidad de su valor. Si el cliente no cumplía con los pagos establecidos, simplemente le devolvían lo que había dado y se quedaba sin su soñada adquisición, pero sin las deudas que genera el abuso de la mágica tarjeta de plástico.
Pues bien, ahora grandes almacenes como K Mart y Sears han desempolvado el layaway con la esperanza de resucitar un mercado con débiles signos vitales a pesar de las luces de Navidad que ya adornan los hogares de suburbia. Estas maniobras de marketing inevitablemente me traen memorias de mi abuela paterna, cuando, siendo yo una niña, pasaba parte del verano en su casa, situada en un barrio de clase trabajadora en West Palm Beach. Durante aquellas estancias solía acompañarla a tiendas donde mi abuela sacaba de un sobre unos cuantos dólares que entregaba a la dependienta y, para mi sorpresa, nos marchábamos con las manos vacías. A mí me resultaban misteriosas aquellas transacciones de las que no nos llevábamos ni un vestido o un electrodoméstico. También la ayudaba a pegar en unos álbumes unos sellos verdes que coleccionaba pacientemente. Cuando completábamos un cuadernillo mi abuela y yo íbamos a unos establecimientos donde, a cambio de las libretas, ella elegía una batidora o piezas de cubertería. Si no recuerdo mal, los sellos los obtenía a modo de puntos por compras que hacía en el supermercado. Estoy segura de que a ella, que tanto le gustaba conocer mundo, le habría gustado viajar más, pero los green stamps no ofrecían tours a París, sino poncheras que acumulaban polvo en la vitrina del comedor.
Con los años comprendí que su sueldo de costurera en una boutique de la lujosa Worth Avenue no le alcanzaba para derrocharlo alegremente con una engañosa tarjeta de crédito. De hecho, mi abuela murió sin deudas y con su vivienda pagada. Fueron el fruto del esfuerzo, el ahorro y la prudencia. Así de simples y básicas son las lecciones para una impenitente ‘shopaholic’.
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