DEBATE UNIVERSAL
El misterio de la creación
Julián Alfonso Clarós Morris
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Los recursos de información, sumados a la experiencia personal han tenido para los intelectuales de todos los tiempos un efecto inesperado y diverso. No es cosa exclusiva del día de hoy. Los privilegios o la marginación han estado en el camino de aquellos que, de alguna forma, hayan manejado más datos que la mayoría de los de su alrededor. En efecto, los sabios han sido venerados o perseguidos en todas las edades de la humanidad.
Los conglomerados humanos que, poco a poco, alcanzaron un cierto nivel de prosperidad y paz dieron cabida a los grupos que debatieron, dialogaron o discutieron sobre todo tipo de temas. Babilonia, Atenas, Roma y otras muchas, son ejemplos de ello. Es así como guardamos en nuestras bibliotecas los resultados de esos intercambios, desde los más antiguos hasta los contemporáneos.
El tema de discusión fundamental ha sido el ser humano: su origen, actividad y finalidad última. Obviamente, algunos grupos han propuesto la existencia de dioses. Otros, por su parte la niegan. No es cosa de ahora. Ya, desde tiempos inmemoriales, a los dioses se les opusieron líderes legendarios que los vencían. Esta era una forma sectaria que propugnaba la negación de la necesidad de los dioses ante las religiones socialmente aceptadas, aliadas, generalmente al poder político.
Todavía, en nuestros días, cuando nos comunicamos por celular con cualquier país del globo en segundos, seguimos preguntándonos sobre los mismos puntos que se preguntaban nuestros antepasados. Sin embargo, ya hay un camino recorrido. Ya existen experiencias compartidas y documentadas por otras personas y grupos humanos.
Para los llamados no creyentes la idea de Dios es solo una carga del pasado de la cual debemos liberarnos para poder construir una sociedad próspera. No entiendo como alguna persona puede sustentar que nuestro entorno y la sociedad son productos de una casuística sin sentido. Según ellos, los seres humanos son solo el resultado del devenir del caos. Si tuviéramos como patrón sus afirmaciones, todas las cosas que hagamos o las que no hagamos son tan importantes como no haber existido. ¿Para qué se erigen estatuas?, ¿para qué reconocemos trayectorias?, ¿para qué nos preocupamos por la organización de la sociedad? ¿Para qué le hacemos caso a ellos si según ellos, nada tiene sentido?
Sustentan lo insustentable. Proponen las normas de lo caótico. ¿Es posible eso? Dicen que debemos hacer esto o aquello basados en que no existen normas. Si no las hay ¿por qué habría que aceptar las suyas como válidas? Pero, es ésta, la base sobre la cual construyen su mundo de medias verdades: “a falta de principios, inventemos algunos que nos sirvan por el momento”.
Pero, esta base da pie a que cada quién haga de su vida lo primero que se le ocurra. Es una idea sin fundamento lógico. Una idea que se opone a la búsqueda filosófico-trascendente de milenios en la humanidad. ¿Su soberbia desconoce la opinión de millones de personas a través de la historia porque ellos son los dueños de la verdad?
Varias veces he leído la frase de San Pablo “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos porque mañana moriremos” (I Corintios 15, 32) la cual es una mínima fracción de un amplio debate en tierras griegas acerca de la finalidad mística de los seres humanos. Una frase que nos hace darnos cuenta de la necesidad que tenemos de enfocar nuestros pensamientos y obras en la construcción de una sociedad más humana, compasiva y libre.
Una frase que nos hace plantearnos que el día a día es un eterno planteamiento acerca de los deberes humanos frente al Universo. Una frase que nos hace tomar partido por la construcción de una mejor sociedad, basados en que sí hay una finalidad suprema, una esperanza última, una realidad meta-histórica que construimos y evaluamos comparando lo que somos con aquello que queremos ser.
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