ABORDAJE
Estructura y cultura de la violencia
Federico Meléndez Valdelamar
opinion@prensa.com
La espiral de violencia que se vive, estimulada por las celebraciones de Navidad y año nuevo, concita una profunda reflexión, porque la delincuencia común y la organizada, evidencian conductas temerarias nunca antes vistas en Panamá y Colón. Diversos enfoques emergen de diferentes sectores y personalidades, atendiendo a los intereses que representan; unos hablan de mano amiga, otros de mano dura, pero no se integra a la discusión el concepto preventivo, que debe ser el principal eje de discusión. Estos hace que tanto el tratamiento mediático como político se ciña al examen del efecto y no de las causas, y genera que un porcentaje significativo de la población se atemorice por la audacia de la “canalla” que, inclusive, mide fuerzas con la Policía.
Lidiamos con una violencia de carácter estructural y cultural, en donde las nuevas generaciones se han quedado huérfanas de íconos, Si esto es así, es pertinente observar que el tratamiento no es nada fácil, toda vez que al analizar este tipo de comportamiento tenemos que echar mano de ciertos antecedentes históricos que al examinarlos nos sugieren actos de dominación que favorecieron la presencia de dos tipos de colonialismos (primero España y luego EU), basados en acciones de barbarie y conquistas cuyos protagonistas tienen mucho en común con la actual delincuencia en todas sus manifestaciones: la acumulación de capital teniendo como norte que el fin justifica los medios.
Según Galtung J. (1998) el nivel de expresión de la violencia depende del nivel de violencia cultural, cuando ésta avala en la actualidad el uso de la violencia y no permite ver las salidas pacíficas al conflicto.
Esta dicotomía tiene que ser analizada en su justa dimensión, equilibrando acciones coyunturales. Es necesario imponer respeto sin excesos, pero pensando que se tienen que consensuar dispositivos que nos lleven a ver el problema de manera integral. En este aspecto se debe tener claro que la estrategia para enfrentar al crimen organizado no puede ser similar a la de la delincuencia común. La primera medita, planifica y actúa, lo que sugiere que tiene que ser tratada de forma drástica, atendiendo al cumplimiento certero de las penas; mientras que la segunda, no deja de ser peligrosa, pero hay que recordar que tiene un fuerte vínculo social más que policial, ya que se mezclan circunstancias, económicas, sociales y ausencia de valores.
La experiencia de otras latitudes nos pone en condiciones de señalar que la mayoría de los jóvenes involucrados en delitos menores son reinsertables en la sociedad, si se les toma en cuenta en programas de prevención; el deporte y la cultura son un buen dispositivo. Todas las iniciativas que implemente el Estado para desvanecer el delito, no tendrán el efecto deseado ni el éxito esperado, si no se empieza por la base del sistema.
Es decir, invertir la pirámide y considerar a los municipios y a la comunidad organizada, como los verdaderos actores en seguridad en el marco de un adecuado proceso de descentralización de los servicios.
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