Cómplices de la desgracia
Las conductas permisivas y negligentes de los padres con sus hijos favorecen comportamientos que los pueden involucrar en hechos lamentables.
El reemplazo de afecto por bienes materiales crea en los hijos un vacío que los convierte en personas manipulables o manipuladoras, con valores invertidos.
FLOR MIZRACHI ANGEL
flor@prensa.com
Siempre que se pierde un hijo, los padres sienten culpa. Según los expertos, ese sentimiento es normal, aunque no en todos los casos tiene asidero en la realidad.
Sin embargo, explica la socióloga Mercedes Díaz, “hay muertes motivadas por la falta de atención de los padres, o por exceso de libertades. Por padres enfocados en darle a su familia lo mejor, que reemplazan lo afectivo por lo material”.
Es que los padres, dice el sociólogo Juan Pérez A., “no quieren ser ogros el poco tiempo que están con ellos”.
A eso se suman los “mandatos sociales que exigen a la mujer ser exitosa, delgada, buena esposa. Eso las lleva a sentimientos ambivalentes: ¿Quedarse en casa o ir al gimnasio?”, describe la psicóloga Haydeé Toronchik en un artículo publicado en el diario argentino Clarín.
El reemplazo de afecto por bienes materiales, dice la psicóloga Yercia Rivera, de la Fundación Piero Martínez, “crea en los hijos un vacío que se traduce en personas manipulables o manipuladoras, exigentes y agresivas al no recibir lo que quieren”.
Casi siempre, asegura, los hijos que reciben lujo y libertad en vez de amor se sienten atraídos a situaciones de riesgo, como regatas, salidas y adicciones. Su escala de valores “muchas veces queda invertida”, lo que, sostiene, puede matarlos.
La psicóloga Nilda Santamaría coincide: “darles un carro sin que sean maduros, cubrir con dádivas la poca o nula atención que les dan y transmitirles una cultura de juega vivo y consumismo son conductas que hacen ver que la culpa le corresponde principalmente a los padres”.
Los progenitores, agrega, deben educar a sus hijos conforme a su edad, “para vivir con calidad hasta que el proceso natural de vida concluya, sin tener que culpar a nadie por las decisiones que la naturaleza o el azar tomen”.
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