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Panamá, domingo 30 de noviembre de 2008
 

TRAGEDIA. FALLECIDOS, EL SALDO IRREPARABLE DEL DESASTRE.

Lo que las lluvias jamás devolverán

La historia de tres de las primeras víctimas de los deslaves en Chiriquí y cómo ocurrieron sus muertes ilustra la fragilidad humana ante la naturaleza.

ESCOMBROS. Las viviendas de las víctimas no soportaron los deslizamientos provocados por el exceso de lluvias en la cordillera Central. LA PRENSA/Víctor Arosemena.1126167
ARISTIDES CAJAR PÁEZ
acajar@prensa.com

A Pablo Atencio Caballero le gustaba el campo. Jugar con los pollos, los puercos y las ovejas. Tenía ocho años. Su vida discurría en medio del verde intenso de las laderas frías, cubiertas de hortalizas, de pastos y de árboles, entre los que creció y a los que aprendió a amar desde temprano.

Admiraba a su abuelo, Roberto Caballero, agricultor del área de Guadalupe Arriba, en el distrito de Cerro Punta, Chiriquí, donde ambos vivían.

Pablo cursaba el cuarto grado en la Escuela Adventista de Cerro Punta. Era un niño alegre, cariñoso y buen estudiante, según recuerdan vecinos y familiares. Pero últimamente le había dicho a su abuelo que quería dejar de estudiar para ayudarle en el trabajo de la tierra. Sin embargo, ese sábado 22 de noviembre, el destino tenía otros planes para él.

Una quebrada que pasa detrás de lo que quedó de su casa no había inquietado a sus ocupantes en los 43 años que su familia tenía de habitar en esa zona.

Vicente Caballero, de 29 años, era tío de Pablo y está en las ruinas de la vivienda. No quiere hablar de la tragedia. “Por favor, no quiero que se haga de esto…” se interrumpe y calla. Luego dice, con la mirada apagada en sus ojos claros: “fue una cabeza de agua”. Y sí. Ese día el curso de agua sufrió un cambio brusco, inesperado.

Ya eran las 6:30 de la tarde, y el cielo nuboso y cerrado había acentuado la oscuridad de esa hora. Llovía mucho. Como nunca. Sin embargo, la familia, reunida bajo el techo del hogar, confió en un muro de contención ubicado detrás de la casa, que siempre la había protegido del castigo del agua.

Sin embargo, esa tarde bajó de la montaña un flujo inusual, repentino y furioso, con lodo, piedras y palos.

La corriente golpeó implacable contra el muro, que no soportó el peso del alud.

Las paredes de concreto y el techo de zinc se vinieron abajo y cayeron sobre los ocupantes de la casa. Todos quedaron heridos, pero el pequeño Pablo se llevó la peor parte. Cuentan que alguien intentó sacarlo de entre los escombros, pero que el niño, cubierto de lodo resbaloso se le zafó de las manos y quedó sepultado. Su vida se apagó irremediablemente.

La abuela de Pablo, María de Caballero, sufrió varias fracturas, así como el abuelo Roberto. Su primo Luis Caballero, de 10 años, también resultó con una pierna rota. Los tres fueron llevados al Hospital Regional de David.

Ayer, sábado 29 de noviembre, fue el sepelio de Pablo.

El martes 25 de noviembre tuvieron lugar los funerales de otra víctima de los derrumbes provocados por las intensas lluvias: Guillermo Joel Ríos, de 19 años, también de Cerro Punta. Ese mismo día, parientes y vecinos de Pablo subieron hasta lo que quedó de la vivienda. Dos camiones pick-up están allí para cargar lo que aún sea útil. Lo que no sirve se amontona como basura. Es un trabajo arduo, sucio y triste.

La comitiva prefiere que Vicente sea el vocero de la familia. Son amables, pero distantes. Vicente habla con frases breves y puntuales. Pese a su estoica serenidad, es evidente que no le es fácil hacerlo.

De pronto, entre los escombros, aparece una botella de sidra intacta. El grupo celebra el hallazgo y hay algunas risas que quiebran por un momento la tristeza. Pero el día sigue siendo gris en Guadalupe Arriba y el agua sigue bajando del cielo, por la ladera y por el camino lodoso, como un llanto incesante, eterno.

El súbito adiós de dos amigos

Mario Eliodoro Jordán dice que él trató de salvarlos, pero no pudo. Enseña un dedo vendado para demostrar sus palabras. Lenin Eladio Aguirre, Oscar Edwin Cubillas y Guillermo Joel Ríos, tres jóvenes agricultores, se encontraban en la casa de un vecino en el Alto de los González, en Las Nubes, Cerro Punta. Acababan de almorzar. Era la 1:30 de la tarde de ese sábado 22 de noviembre. Una lluvia intensa caía sin tregua. “Un señor vio que se estaba deslizando la tierra en la montaña y fue a avisar”, dice Jordán. Los ocupantes de la casa empezaron a salir. Los visitantes fueron los últimos. No alcanzaron a reaccionar a tiempo. La casa, vencida por la fuerza de la avalancha, cedió y los aplastó.

“Nos llamaron y fuimos a ayudar”, cuenta Jordán. A las 7:30 de la noche pudieron rescatar con vida a Cubillas. A los otros dos, la suerte no los acompañó. La oscuridad y las condiciones climáticas no ayudaron. Ya no había nada que hacer.

© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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