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Panamá, lunes 24 de noviembre de 2008
 

CRIMINALIDAD

Por la vía rápida

Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net

Ha dejado de tener validez aducir que la pobreza y el desempleo son las causas principales de la creciente criminalidad en Panamá. Y es falaz señalar a los pobres y a los desempleados como actores principales de la delincuencia. Los hechos contradicen plenamente tales aseveraciones; sostenerlas como buenas es mirar en una sola dirección, salida injusta y simplista que pasa por alto la dimensión total de una situación que permea todos los estratos sociales. La verdadera razón, creo, es que se han debilitado los valores que dan sustento a una sociedad sana.

Entre las diferentes manifestaciones de la delincuencia, la que más atemoriza es la que conlleva violencia física y armas. La constante sensación de estar en peligro altera nuestro estilo de vida; perturba nuestra paz mental y libertad de acción; casi no hay lugar en el que nos sentimos seguros; y ocasiona costos extra (seguridad personal, para el auto, la casa, la oficina). Nada ni nadie está a salvo de los delincuentes, realidad tremendamente perturbadora que convive con ricos y con pobres; que alcanza ciudades, pueblos y campos. Los robos “por hambre” ya no existen, no son los de hoy.

Para “parar la olla” trabajan los “bien cuida’o”; los buhoneros ambulantes en casi todos los semáforos de la ciudad; los carretilleros, y los que en fondas ambulantes se movilizan por todas las barriadas, construcciones, oficinas. Escogieron la opción del trabajo y aunque a veces resulta molesto su acoso para vendernos sus productos, es encomiable que para “sacar para el día”, en vez de delinquir arropados con la excusa del desempleo o la pobreza, aguantan sol, agua, y largas horas en pie. Ellos aún conservan algunos de los valores que le arrebatan terreno al delito.

El crimen se ha convertido en un oficio y, en muchos casos, en “profesión”, especializada, lucrativa, con horario flexible. Según la especialidad, se puede robar de día o de noche; no se paga impuestos y si es bien ejercida, hasta coloca al delincuente en privilegiadas esferas sociales, profesionales y políticas. Ya no son los “cacos”, los “arranca carteras”, o los que hacían el “corte de bolsillo” los que nos amenazan; ahora somos víctimas de despiadados malhechores, vagos urgidos de dinero fácil para pagarse la droga, “la rumba, el guaro y las hembras” (dicho por un pandillero); no les interesa el trabajo o el estudio porque, ¿para qué agachar el lomo si hay tanto mercado lucrativo para el billete que se consigue con dar un golpe o dos a la semana? Y por la vía rápida, favorecidos por las debilidades de un sistema de seguridad más agujereado que un colador, se han dado cuenta de que en Panamá, el crimen sí paga.

Estos delincuentes (los de cuello blanco quedan para más adelante) ascienden en categoría. El de chancletas “rocanrol”, que roba tapacubos de carros, pasa a asaltar “chinitos”, presa fácil, con dinero en efectivo disponible; el ascenso llevará al secuestro, al robo de vehículos, al robo “express” o al sicariato, delitos que requieren de automóvil y armas de fuego más sofisticadas y potentes. Por ser Panamá centro de descarga y depósito de drogas, aparece una nueva maestría delictiva: el “tumbe” de drogas que, aunque riesgoso, significa cientos de miles de dólares con un atractivo futuro para dejar atrás las chancletas “rocanrol” y los pantalones “caga’os”. La buena pinta, prosperidad “a lo Viteri”, guardaespaldas, pulseras de oro y una 4x4 con todos los hierros se cotiza bien en el mercado de la imagen; sirve para abrir puertas en algunos bufetes que acogen con entusiasmo a esta clientela. También puertas de cárceles. Poderoso caballero es don Dinero.

Para enfrentar tan desolador panorama tendríamos que quitarnos las anteojeras de la hipocresía y aceptar que, en gran medida, son valores dañinos, equivocados, los que promueve una sociedad materialista, promotora del consumismo; que nos convierte en adoradores del dinero porque “cuanto tienes, cuanto vales”. Tener más, no importa cómo, es afán malsano del que no escapan ni los que están en los pisos superiores de la estructura social; la diferencia es que usan recursos más sofisticados (sembrar marihuana en lujoso apartamento, sobornar funcionarios, trata de blancas, servir de “correo” o fachada para transacciones con dinero sucio).

Y quedan los otros delincuentes: los que, turnándose quinquenalmente, sin armas, ni sangre a la vista, impunemente asaltan las arcas gubernamentales mientras que con rostro severo extienden el dedo acusador y dicen: “Hay que acabar con la delincuencia”. En definitiva, que es acertada la frase de Voltaire: “Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”.

© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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