Una vez más, el compromiso democrático de los gobiernos latinoamericanos queda en entredicho. Un fraude vulgar, de proporciones escandalosas, acaba de propinar Daniel Ortega en Nicaragua y la diplomacia del continente aguarda impávida a que pase el vendaval que consolidará las ansias dictatoriales del comandante sandinista. Ortega, además de burlar la voluntad electoral, ha perseguido a los opositores y reprimido la libertad de expresión,
violando no solo las garantías constitucionales de su país, sino las convenciones interamericanas y la Carta Democrática de la OEA. Bien conocimos los panameños el amargo sabor del fraude electoral y el nauseabundo olor que despiden los rufianes asentados en el poder, servidos por bayonetas y rodeados de sutilezas diplomáticas mientras que el pueblo –saqueado y ultrajado– espera, al menos, una palabra de aliento en su lucha por recuperar la democracia.
Hasta que nuestro Presidente y el Canciller encuentren un momento entre vuelo y banquete para meditar sobre la gravedad de la situación centroamericana, ¡un mensaje solidario para quienes se juegan la vida por la libertad en su país! |