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Panamá, viernes 21 de noviembre de 2008

En tres casos, al menos, el fiscal electoral ha tenido posturas condescendientes a favor de figuras prestantes del oficialismo, entre ellas la candidata presidencial Balbina Herrera. Solicitudes de sobreseimiento, por un lado, y la suspensión de una cuña que cuestionaba el pasado de la candidata presidencial, por el otro, dejan entrever una actuación que marca un patrón que sugiere una peligrosa parcialidad. Actitudes como estas pueden manchar el proceso electoral.

Peor aún, pueden generar dudas sobre la legitimidad del candidato o la del fiscal. De hecho, ya ocurrió cuando, suspendida la cuña en cuestión, la propia Herrera reconoció que fue un error. Aunque la designación del fiscal se haya originado en las entrañas del Palacio de las Garzas, ello no lo obliga a guardarle fidelidad al poder que lo nombró, sino que se debe enteramente al electorado.

Desviarse de su misión únicamente por complacer a algunos no solo pone en riesgo la independencia del cargo, sino que arriesga el necesario rejuego de las ideas. La democracia –debe recordar– es lo que está en juego.


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