TRIUNFO DE LA HUMANIDAD
Obama y el embrión ideal
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Ando contento. Ganó Obama. Ahora falta, por más utópico que parezca, que gente inteligente y honesta invada la política panameña. Regocija saber que habrá un cambio en la ideología norteamericana de cara a su entorno local e internacional. Fue un triunfo de la humanidad entera. A los valores de democracia, libertad y oportunidad (pilares del pensamiento de Estados Unidos), se agregarán los de diplomacia, justicia social y respeto a minorías (pilares de la Europa occidental).
Anticipo un gobierno que dará preponderancia a las ideas sobre las balas, a los libros sobre los fusiles, a la prevención sobre la curación, a la igualdad sobre la diferencia, a lo humano sobre lo intangible. Bastaba ver el perfil de las personas en las convenciones para intuir las esencias subyacentes. Con McCain, una masa homogénea de individuos de tez blanca, adinerados, de cristiandad evangélica, con la mente enfocada en sus propios intereses. Con Barack, una turba alegre y heterogénea de blancos, negros e hispanos, ricos y pobres, creyentes y agnósticos, heterosexuales y homosexuales, ejemplo de una auténtica diversidad que clama por bienestar colectivo.
No espero, tampoco, un viraje hacia una izquierda desmedida, propia de países con complejos de inferioridad, mediocridad educativa y corrupción generalizada. Presiento, eso sí, una inyección vigorosa a la investigación científica. Historias como las que les voy a contar sucederán más a menudo a partir del liderato que asumirá el Partido Demócrata.
El nacimiento de un bebé deseado, producto de una concepción natural o artificial, representa uno de los más espléndidos acontecimientos humanos. Toda una gama de sensaciones, gobernadas por ansiedades negativas o positivas, se conjugan para lograr un suceso único e intransferible. Lo más estresante, desde luego, es lo relacionado a si el niño vendrá sano y completo. Al ocurrir el exitoso desenlace, los padres alivian su temor inicial y empiezan a indagar por detalles secundarios (sexo, rasgos, ojos, genitales, etc.). Imaginen, por un momento, que si además de la emoción que causa tener una criatura hermosa y saludable, este embrión puede salvar la vida de un hermano aquejado por una enfermedad incurable. El éxtasis es doble. Esto, precisamente, acaba de suceder en Sevilla, España.
Una pareja estable, felizmente casada, decide tener su primer hijo. Poco tiempo después, se descubre que el niño padece talasemia mayor, una enfermedad sanguínea grave que requiere trasfusiones bimensuales de eritrocitos, vacunas especiales, antibióticos para combatir infecciones frecuentes y que se asocia a una expectativa de vida corta y miserable.
Al confirmar el grotesco diagnóstico, los padres se percatan de que ambos son portadores del trastorno genético. Se enfrentan a la cruel disyuntiva de tener un hijo que morirá pronto y padecerá lo indecible con la idea de buscar más descendencia. El problema es que el riesgo de que se repita el caso anterior en un nuevo vástago es extraordinariamente elevado, un juego de ruleta rusa. Paralelamente a la tragedia, la ciencia les oferta un método que puede solucionar esos dos castigos naturales, mediante una técnica, de fines terapéuticos, denominada diagnóstico genético preimplantacional. Al meditar ampliamente sobre el asunto, reconociendo que ellos son los únicos dueños de su destino, se someten al procedimiento ginecológico. La estrategia consiste en obtener cigotos por fecundación in vitro y cuando los incipientes productos tienen apenas unas pocas células, se extraen dos de ellas para analizar la dotación genética. Los potenciales embriones que cuentan con el gen defectuoso son desechados o congelados, según criterio de los gestores, implantándose en el útero solo los sanos. Tan pronto nace el bebé ideal, se extraen células madre del cordón umbilical y se trasfunden al hermano enfermo, procedimiento con 90% de probabilidad de éxito curativo. El 10% restante necesitará trasplante de médula ósea de su mismo hermano. Final feliz.
Aunque no lo crean, hay gente que califica esta acción de inmoral. Ellos afirman que hay que aguantarse el sufrimiento terrenal porque el dolor es una prueba que nos impone alguien situado por arriba de las nubes para optar por domicilio en el paraíso inmortal y que la vida, aunque solo sea mitocondrial, está regida por directrices celestiales. Curiosamente, nadie le pide permiso a ese hipotético rector, a la hora de satisfacer tormentas hormonales e intercambiar, de paso, material biológico entre un óvulo complaciente y un espermatozoide habilidoso.
Figuren ustedes la escena cuando el niño en cuestión le comenta al papá “estoy cansado de sufrir, de ir más al hospital que a la escuela, de ingerir más medicinas que caramelos, de ver a los demás compañeros jugar y reír, de saber que moriré joven, de llorar; y ahora que sé que puedo curarme y vivir dignamente como el resto, tú dices que por culpa de unas células, que no tienen conciencia, que no sienten dolor, que no tienen un destino claro, no tendré esperanza porque lo dicen unos señores dogmáticos que ni siquiera conozco ni se han sometido a idéntica experiencia”.
Prefiero dudar que alguien, por más fanático que sea, pueda obedecer doctrinas maquiavélicas que dejan morir a un hijo en situación similar. Detestaría escuchar que es así.
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