TOCAR PUERTAS
Lo que aprendimos en ‘obamalandia’
Betty Brannan Jaén
opinion@prensa.com
PANAMÁ, R.P. –Entre los seis millones de voluntarios que trabajaron en la campaña de Barack Obama, yo contribuí con un insignificante granito de arena que, aunque minúsculo, me enseñó algo sobre democracia participativa. Creo que los otros voluntarios panameños aprendieron lo mismo.
En tres décadas de vivir en Estados Unidos, nunca antes me había involucrado en una campaña política; me contentaba con enviar chequecitos y mirarlo todo por televisión. Eso cambió este año, porque me inspiré con el ejemplo de mi hija menor, Susana, que era voluntaria a tiempo completo en una de las 50 oficinas que Obama tenía en Virginia. ¿Cómo puedo ayudar? pregunté. “Necesitamos que vayas de casa en casa, a tocar puertas”, contestó Susana. Me resistí –quería algún oficio más a tono con mi auto–imagen– pero ella insistió en que canvassing era lo que la campaña más necesitaba.
Explicaré que en la campaña de Obama, uno no salía a tocar puertas a lo loco; era un esfuerzo altamente organizado, con la meta de identificar votantes pro–Obama y crear una base de datos que sirviera luego para get out the vote (asegurar que esos votantes llegaran a las urnas). Cada voluntario salía con una ruta definida y los nombres de los votantes con quienes intentaría hablar. Uno apuntaba el resultado de cada visita y en la noche, toda esa información era incorporada a una base de datos que se actualizaba diariamente.
En la oficina de Arlington, Virginia, cientos de voluntarios salían todos los días a tocar puertas, muchos más en los fines de semana. El día antes de la elección, en Arlington, se visitó nuevamente a cada uno de los muchos miles de votantes que la base de datos listaba como “votos seguros” para Obama, para instarlos a que no dejaran de votar. El día mismo de elección, bajo lluvia, se pasó cuatro veces más por cada casa para asegurar que todos habían votado. Al que no hubiera votado todavía, uno lo metía en el carro para llevarlo inmediatamente a las urnas.
En otras palabras, la campaña de Obama se luchó “a pie y a pata”, calle por calle, casa por casa, votante por votante. Fue una operación masiva que involucró a toda clase de gente (algunos llegaban en BMW, otros en bus), quienes, como yo, se habían apersonado a preguntar, ¿cómo puedo ayudar? La panameña Sharon Phillips, veterana de otras campanas demócratas, me comentó que esta labor siempre se había hecho, pero que la campaña de Obama estuvo mucho mejor organizada, “realmente impresionante”.
Phillips también fue voluntaria en Arlington, donde me sorprendió descubrir un buen número de panameños (ver noticia del martes en Planas). Algunos se me acercaron porque yo portaba un botón que decía “Panama for Obama”; otros descubrieron el vínculo panameño al conversar con Susana. Todos me dicen que fue increíble la organización grassroots (a nivel popular) de Obama. Para el panameño Greg Staff, la campaña le enseñó “el poder de uno” en el proceso democrático, mientras que Beatriz de Obaldía vio la potencia de esa “organización comunitaria” (en inglés, community organizing) que Obama aprendió a hacer en su juventud (y del que Sarah Palin se burló). Todos hablan también de cómo Obama los inspiró con un mensaje de cambio, inclusión y relevo generacional. Con su triunfo, “me siento esperanzada y optimista”, señaló de Obaldía. “Nunca me atreví a pensar que tantos ciudadanos blancos se unirían a las poblaciones afroamericanas, latinas y de otras minorías para elegir a un afroamericano”.
En síntesis, los panameños en “Obamalandia” vimos de cerca que la participación ciudadana es esencial a la democracia y que “tirarse a la calle” debiera significar mucho más que manifestaciones y piquetes. Debiera significar que cada uno salga del confort de su casa a fortalecer organizaciones cívicas y a luchar por sus principios políticos. Para Panamá, la lección básica es esta: Participación fortalece democracia, apatía la destruye.
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